La fuerza infrahumana: La dominación social a través del control mental mediante trauma

RETAZOS 04 de julio de 2020 Por Exégesis Diario
LA DOCTRINA Y EL CIENTIFICISMO LUCIFERINO (1)

“El Establishment traumatiza sistemáticamente al ciudadano. Si el ciudadano siente mucho dolor, éste pide algo que calme el dolor, que le distraiga del dolor, que le evite el dolor. Entonces, el Establishment ofrece a su esclavo un “analgésico” (una droga adictiva, una ideología política, una confesión religiosa, lo que sea). El dolor del ciudadano cesa por algún momento, y –consecuentemente- cesa también la conciencia en algunas parcelas de su realidad. El ciudadano se “anestesia” así, para no sentir dolor, sin saber que el miembro anestesiado continúa enfermo y continúa siendo torturado. El proceso de control mental y social a través del trauma culmina por lo tanto con la inconsciencia, que puede ser “local” o “general”, dependiendo del proceso en el que se encuentre el ciudadano. En palabras más claras: el ciudadano moderno no sólo no sabe la verdad, sino que no siente ni el menor interés por ella; no sólo no sabe, sino que no quiere saber de ninguna de las maneras. Él ha sido programado para identificar la conciencia al dolor, la verdad al miedo, la realidad al trauma. Quiere permanecer en ese estadio de ignorancia a través de cualquier cosa que pueda ejercer de analgésico, de anestésico, de medio que le evada de un dolor que ha atenazado su cuerpo en una inconsciencia indigna, infrahumana, infame, pero también, muy cómoda”. Con estas palabras, el autor español, IBN Asad define al ciudadano promedio robotizado que compone a los rebaños globalistas. La terrible sentencia no es más que la punta del iceberg de una realidad más traumática. Su libro, La Danza Final de Kali se ha convertido en un éxito dentro de los círculos de masas críticas desde que salió en 2010. Desde Éxegesis Diario compartimos un fragmento de su obra dedicado íntegramente a la fuerza infrahumana y al cientificismo luciferino que impera en la actualidad; el control mental mediante trauma y el miedo ingénito del ser infrahumano.

Por IBN Asad.

Dimensión existencial del dolor según las diferentes tradiciones

A propósito del budismo, se dijo que este no es sino el término que se usa comúnmente para designar una adaptación tradicional a un contexto concreto que requería una actualización. Incluso, no ya dentro del budismo, sino de la tradición vaisnava, al propio Buddha se le considera un avatar (el noveno), siendo precisamente la función del avatar la de “manifestarse” para lustrar y adaptar el conocimiento al ciclo en “momentos de decadencia máxima” (tal y como se indica en Bhagavad Gita, IV, 7 y 8).

Desarrollar estas importantes cuestiones no sólo requiere extensiones que aquí no corresponden, sino que estas conducirían en algunos casos a más de una confusión. Lo que aquí ocupa es la dimensión existencial del dolor humano, y sobre ello, ya se citó al budismo como una expresión clara. Sin embargo, aun siendo una expresión contundente en cuanto al dolor, ella no resulta ser original.

En palabras clarísimas: el dolor humano ha sido el gran interrogante del cual se han desarrollado todas las especulaciones intelectuales y caminos espirituales verdaderos, efectivos y humanos. La ecuación “existencia = dolor” es muchísimo más antigua que el budismo histórico, y se puede encontrar en fuentes védicas, tanto del Rg, como del Sama, Yagur y Atharva Veda. No sólo eso: se puede entrever en expresiones anteriores a estas fuentes, transmitidas oralmente, que se pierden en el tiempo histórico, tales como la doctrina jaina, el tantra, o la doctrina samkhya (llamémosle samkhya “primitivo”, para diferenciarlo del samkhya estructurado posteriormente como darshana de la escolástica hindú). En las fuentes taoístas también se encuentra el dolor en sus premisas especulativas. Se puede decir más: en los cercanos misterios del Mediterráneo (Osiris, Dionisos y derivados) y de Persia (Mitra y derivados), el dolor aparece como protagonista en expresiones (los modernos las llamarán “mitológicas”) sobre el dios de los hombres, no sólo dolorosas, sino sangrientas. Y esta tragedia persa-mediterránea la compartiría sin duda el cristianismo, en donde la “pasión” ocupa un papel central en su misterio (Por cierto, “pasión” derivaría del griego pathos, que expresaría enfermedad, malestar, dolencia, en definitiva, dolor). 

Pero no nos extenderemos con más datos. ¿Qué resulta obvio de todas estas expresiones? Ante todo, que el ser humano siente dolor. A continuación, se comprueba que ese dolor resulta indeseable, horripilante, terrible... pero –al mismo tiempo- inevitable en la medida en la que está unido ontológicamente a la propia existencia. Quizás, ante tal panorama, un carácter débil podría desesperarse o caer en lo que el moderno llama pesimismo. Sin embargo, existe otro punto en común en todas las expresiones aquí citadas: tras el sufrimiento, una ruptura de nivel irrumpe transformando la vieja condición existencial: en el budismo, ya citamos el nirvana; en la doctrina jaina, el kaivalya; en el tantra, el samadhi; en el samkhya, el concepto de jñana; en los upanisads védicos, moksa; en las “mitologías” mediterráneas, el dios (Osiris) es recompuesto y vivificado; e incluso en el cristianismo, la “pasión” culmina con la “resurrección” dominical. Por supuesto, existen diferencias importantes en todos estos conceptos que conviene conocer para no hacer comparaciones inapropiadas y excesivas. Sin embargo, aquí nos concierne lo siguiente: todas estas rupturas de nivel ontológico finalizan –cada una a su manera- un proceso, un misterio, una historia que tuvo como comienzo la realidad del dolor. Por lo tanto, ese mismo dolor –aun pudiendo ser infame, demoledor, injusto- tiene también un papel (una función, si se quiere) dentro de esa misma existencia. Esa dimensión existencial del dolor –tan difícil de comprender para el moderno acostumbrado a la invertida utilidad que después se verá- es la que se pretende aquí introducir, con el mayor rigor posible y subrayando que –en ningún caso- el objeto de este libro es una exposición doctrinal.

Pongamos como ejemplo la perspectiva que quizás pueda expresarse de la manera más lógica: el samkhya, la antiquísima doctrina de discernimiento metafísico. En el samkhya, la especulación comienza con un objetivo claro, a saber, el conocimiento (jñana). ¿Por qué precisamente este objetivo? Porque en el estadio de ignorancia (avidya, en terminología del samkhya), hay dolor y esclavitud. La especulación metafísica culmina con el discernimiento intelectual completo, que conlleva por añadidura, la libertad y la destrucción de la ecuación “existencia = dolor”. Estamos –por lo tanto- ante una estrategia soteriológica, con un objetivo, una diana, una meta. ¿Qué papel tiene el dolor en esta estrategia? En primer lugar, el dolor es algo que se prefiere evitar, pues es precisamente por nuestro rechazo por lo que adoptamos dicha estrategia. Pero no sólo eso: el dolor –precisamente por nuestro rechazo hacia él- es un catalizador que empuja hacia la meta. Se busca otra dimensión existencial porque la ya sabida es repulsiva, es dolorosa. No se trata de una huida de la vida, un escapismo intelectual o un suicidio teorizado; ¡No, no y no! Se trata de una ruptura de nivel existencial, y esa barrera rota supone ser el sufrimiento humano.

Al definirse esta ruptura como un acceso al conocimiento metafísico (jñana), la ignorancia (avidya) es poco menos que un sinónimo de dolor, entendido –claro está- en su dimensión existencial. Desde esta perspectiva, incluso el dolor extremo no es sino un catalizador hacia la meta existencial. Muchos o pocos sufrimientos pertenecen al campo substancial de la cantidad; y poco importan gradaciones que siempre serán relativas. Desde el punto de vista absoluto, el sufrimiento “es”, está ahí, mezclado con la condición existencial; y el ser humano aspira a disociar la naturaleza sufriente y su propia esencia, a través del conocimiento. Así, se entenderá que el ser humano sufre –es cierto-, pero incluso dicho sufrimiento tiene su función en una vida preñada de riqueza. Si el ser humano se identifica como “enfermo”, el dolor le empuja por rechazo hacia la sanación. Si el ser humano se identifica como “esclavo”, el dolor le empuja por rechazo hacia la libertad. Si el ser humano se identifica como triste, el dolor le empuja por rechazo hacia la alegría. No estamos ante un consuelo sentimental, una especulación yerma, o una teoría impracticable. Incluso el dolor –como toda manifestación natural- libera una energía encauzable y dirigible hacia el bien humano.

Esa canalización de la energía liberada por la misma existencia, es la tarea del asceta. Esta energía no es la “energía” de la física moderna –por supuesto-, y las diferentes tradiciones se han referido a ella con voces relativas a “fuego”, “ardor”, “calor” (siendo la voz sánscrita “tapas”, la más conocida y mejor conservada de ellas). El asceta no busca el dolor, sino muy por el contrario: sabe que la única forma de acabar con él es “quemándolo” literalmente de raíz, es decir, agotando sus posibilidades existenciales en este mismo cuerpo y en esta misma vida. La ascesis –por lo tanto- tiene como objeto el dominio de ese “calor”, para ponerlo al servicio de la causa humana, es decir, la libertad existencial, el conocimiento efectivo, la verdad metafísica (los tres conceptos encierran lo mismo).

Esta síntesis ilustra -breve pero rigurosamente- la dimensión existencial del dolor del ser humano desde que se tiene constancia de su existencia. Nada ha cambiado para el ser humano en todo este tiempo. ¿Nada? Ese es el problema que este libro aborda: el Novus Ordo Seclorum da a luz a una criatura que nombra como “nuevo hombre”. Por lo tanto, aunque sea de una manera falaz, mentirosa y monstruosa, algo sí que ha cambiado. En primer lugar, el Novus Ordo Seclorum hará una parodia invertida de esta concepción tradicional del dolor. Después, se completará la inversión tal y como la fuerza infrahumana siempre opera: utilizará ese dolor para sus propios fines luciferinos.

La utilidad del dolor para la fuerza infrahumana

El dolor –tal y como se presentó en el apartado anterior- no puede ser “deseable” por un ser humano. De hecho, el dolor es lo “indeseable” por excelencia, el enemigo existencial a reducir, someter, e incluso aniquilar. Un ser humano que entiende esto, jamás buscará ni su dolor, ni el dolor de un ser semejante. No hay ninguna dimensión moral en esto, sino pura intelectualidad: no se puede desear lo indeseable para un ser (independientemente si este ser es uno mismo, el otro, o un colectivo). “Desear lo indeseable” es una imposibilidad, una pretensión satánica, un síntoma esquizofrénico. Sólo en el contexto moderno, esta enferma expresión tiene cabida; y sólo en el Novus Ordo Seclorum, esta esquizofrenia se alzará como “doctrina”, como “ideología”, incluso como “filosofía”. La crueldad es antigua –sin duda-; la vileza es antigua – sin duda-; la perfidia es antigua –sin duda-; sin embargo, para que todo esto llegue a cotas límite, y se alce como una expresión explícita con apariencia intelectual, es necesario el contexto que sirve de fango del que nacen todos los monstruos de la modernidad: la Europa decimonónica. Estamos ante una palabra nueva: el sadismo.

El sadismo: Nadie ha dado a este término la nefasta importancia que merece. Según la máxima autoridad de la lengua que manejamos, sadismo es “la crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta”. La palabra está en casi todos los diccionarios de las lenguas europeas, y no sin motivo: el término es netamente europeo. Más aún, no se podrá encontrar el uso de esta palabra antes del siglo XIX, porque es dicho siglo quien la dio a luz. El sadismo es un “ismo” ideológico moderno, como el comunismo, el sindicalismo, el surrealismo, el nazismo o el ambientalismo. Si la modernidad se permite el lujo de hacer una ideología de la “refinada crueldad” de un individuo, no es de extrañar que –ante tal exaltación del individualismo más abyecto- se sirvan del nombre de un individuo para nombrarlo: Sade.

Donatien Alphonse François de Sade fue el hijo único de Marie Eleonore de Maille de Carman, sanguíneamente emparentada con la casa Borbón; de hecho, Marie Eleonore tuvo a su hijo en el castillo de los príncipes de Condé, borbones ellos mismos, y emparentados con los reyes de Francia (por lo tanto, primitos de la actual casa real española). Donatien Alphonse creció como un aristócrata europeo más de su época: recibió una severa educación jesuita (como Weishaupt; recuérdese Capítulo 1) y se formó como oficial de la élite del ejército francés (practicando su “arte” en la Guerra de los Siete Años allá por 1756). Tras licenciarse como un “brillante militar”, pasa sus días en Lacoste, como Marqués de Sade, y participa activamente de la “vida social” de la élite a la que pertenecía: la nobleza europea. ¿Qué tiene de peculiar el Marqués de Sade con respecto a sus compañeros aristocráticos de la época? Pues que al marqués le dio por escribir novelas, en las que reflejaba las costumbres de esa misma “élite”: orgías, perversiones sexuales, secuestros pederastias... En sus narrativas, Sade describe –como todo escritor de su época- lo que ve en su día a día; incluso se podría calificar a Sade como un “novelista costumbrista”. Él mismo protagoniza escándalos de lo más variado, relacionados con prostitutas, orgías sexuales, drogas, intentos de asesinato... lo que le causan algún que otro problema con la justicia. Sin embargo, Sade seguiría escribiendo sus inéditas obras literarias: “Las ciento veinte jornadas de Sodoma” (sobre unos menores esclavizados sexualmente), “La filosofía de tocador” (sobre el proceso de perversión de una chica llevado a cabo por sus “educadores”), y -sobre todo- “Justine y los infortunios de la virtud”, en la que se relata la historia de una joven que va pasando de mano en mano de secuestradores y violadores de todo el espectro aristocrático: nobleza, militares, clero... Las obras de Sade le causan más problemas al marqués, y no tanto por enemigos moralistas más o menos hipócritas, sino por aristócratas sádicos secuaces que –claro está- no les gusta ni un pelo que sus costumbres salgan retratadas en la literatura. El Marqués de Sade publica tímidamente alguna de sus obras (primeramente, en Holanda), y tienen un éxito relativo en la minoría aristocrática. Esa misma minoría se esconderá en el moralismo más hipócrita para perseguir y encarcelar al Marqués de Sade en repetidas ocasiones. El mismo Marqués de Sade aparece en las listas de la guillotina, pero no muere hasta 1814 completamente chalado, con obesidad mórbida y prácticamente ciego. Sus obras circularon clandestinamente a lo largo de todo el siglo XIX, entre nobles y aristócratas, y sedujeron a literatos como Flaubert, Baudelaire, Dostoievski, y –sobre todo- a los simbolistas franceses (Rimbaud, Verlaine y otras sabandijas fumadoras de opio) que nombraron a Sade dentro de sus círculos, como “El Divino Marqués”.

Resulta fácil de comprobar que el Marqués de Sade, además de poner nombre a la ideología moderna de la “refinada crueldad”, no hizo nada original. Él se limitó a repetir las costumbres de la nobleza a la que pertenecía, y su labor fue la de escribir narrativas y “novelas costumbristas” sobre y para la élite europea. Sus libros circularon rápidamente por la aristocracia de Francia, Holanda, España, Alemania, Reino Unido... ¿Literatura para corruptos elititas decadentes que se aburren en el dormitorio? Sí, exactamente eso. El éxito de Sade como literato se puede seguir hasta el siglo XX (existen hasta películas de Hollywood sobre Sade), donde surge una paupérrima “literatura erótica”, de la cual, algunos críticos literarios señalan al Marqués de Sade como precursor. Nada de esto nos debe distraer de lo crucial en esta materia; el término moderno “sadismo”, Sade y sus obras invitan a que el ser humano se cuestione un profundo y serio interrogante: ¿Qué pedazo de mierda es todo esto?

La invertida ritualística de la infrahumanidad: Por supuesto, nada nos interesa menos que la literatura y lo que los críticos pudieran decir de ella (mucho menos, de la de Sade). El Marqués de Sade hizo una literatura alrededor de lo que veía en su noble entorno, y ese papel de testimonio –no tanto el de practicante- sirve para documentar lo que aquí se trata. Nada ni mínimamente “erótico” se encontrará en su repetitiva obra. ¿Qué es lo que se repite una y otra vez? Secuestros de seres humanos (principalmente mujeres, y siempre muy jóvenes, incluso menores) que viven en una esclavitud sexual infernal impuesta por miembros del Establishment (clero, nobleza, militares...) No vamos a entrar en los detalles de esa esclavitud, porque lo que importa aquí se resume en los tres puntos en común siempre repetidos: la crueldad extrema, el estupro, y el abuso de poder. La obra de Sade da testimonio de una red de secuestro que abastece a las monstruosas prácticas de la élite de la época. Las mismas prácticas criminales son las que actualmente llevan a cabo redes de secuestro y pederastia que –en poquísimas ocasiones- son detenidas y expuestas en los medios de información. También estas redes están formadas por los mismos estratos sociales que las de las obras de Sade: clero, nobleza, policía, militares, políticos... Cuando una noticia de este tipo aparece filtrada en los medios de información, la reacción más habitual e inmediata por parte del ciudadano es: “¡Qué monstruos!” o “¡Qué inhumanos!”. En efecto: monstruos e inhumanos. No es sólo una exclamación; es una obviedad en cuyo significado el ciudadano no se atreve a profundizar. ¿Qué es un monstruo? Un ser infrahumano, sin nombre humano, sin forma humana. El hombre moderno lo tiene delante, y cree ver a un semejante.

La fuerza infrahumana tiene adosada una “doctrina”, falsa, paródica, absurda, pero “doctrina” en el sentido de que así es llamada y expresada falazmente. Esta “doctrina” (reléase Capítulo 4) tendría también una “ritualística”, no en el sentido “humano” de esta palabra, sino como práctica de alimentación de una fuerza –la infrahumana- que necesita de ella como nosotros necesitamos del aire. Esta ritualística puede variar en formas, en detalles, en vestimentas, en nombres, en fanfarrias y elementos secundarios, pero en ella siempre aparecen los tres elementos repetidos por Sade: el sadismo, la violación física, y el abuso de poder doloroso y sangriento. Por supuesto que el ser humano no puede comprender una práctica que le es ajena, pero sí que podemos investigar sobre los hechos que se repiten una y otra vez: en esta ritualística siempre participa un ser inocente (y cuanto más inocente mejor; por eso abundan niños, animales, retrasados mentales...) al que le succionan la vitalidad a través de la práctica sexual brutal y las sangrías. Según las investigaciones y entrevistas que hemos llevado a cabo, la infrahumanidad se nutre –a través de estas prácticas- de las emociones más bajas e indeseables del ser humano, tales como el odio, la culpa, la vergüenza y –sobre todo- el miedo. A través de ciertas prácticas sexuales crueles, se establece una frecuencia vibratoria que permite el transvase de emociones, del humano al monstruo infrahumano, y es por ello por lo que la sexualidad y la crueldad tienen una función importante en esta ritualística: sirve de enlace entre nosotros y los niveles más bajos de existencia. Lamentamos tener que hablar tan explícitamente sobre estos asuntos, pero no lo haríamos si estos detalles no fueran importantes. Aunque es muy probable que esta ritualística sea muy antigua, se puede constatar que a partir del siglo XIX, ella se hace omnipresente en Europa, Estados Unidos, y todas las élites que dieron cuerpo al Novus Ordo Seclorum. Se pueden leer referencias a las mismas prácticas en Aleister Crowley, Albert Pike, Julius Evola... Se pueden encontrar testimonios de las mismas prácticas rituales en la Alemania nazi, en la Inglaterra de post-guerra, en la Rusia stalinista, en la China maoísta... Se pueden encontrar fuentes que testimonian las mismas prácticas rituales por miembros de grupos de lo más variopinto, como la Iglesia Católica, “The Round Table” inglesa, la “Sociedad Vril” nazi, “Los Escuadrones de la Muerte” chilenos... A lo mínimo que se investigue sobre grupos de poder del Gran Imperio Británico, de los Estados Unidos decimonónicos, de la Inglaterra Windsor, de las dictaduras militares sudamericanas, de la China maoísta, de las élites saudíes... siempre aparece –sin demorar- una referencia a una gentuza sacrificando a un niño, violando a una muchacha o decapitando a un animal. ¿Y actualmente, existen estos rituales?

Jamás esta ritualística gozó de mayor éxito y aceptación que ahora: si se habla de un Establishment anglo-americano-europeo, ya se sabrá cuáles son los actuales centros satanistas mundiales más activos, y no resulta difícil investigar las numerosas evidencias: El Reino Unido todo ello (especialmente Escocia, algunas áreas de la ciudad de Londres, y –destacar- la Isla de Wight), Estados Unidos (con especial atención al estado de California y su Los Angeles –en California está Bohemian Grove, en donde algunos investigadores han llevado a cabo trabajos gráficos que ilustrarían todo esto), y Europa (con epicentros repartidos por Francia, Holanda, Italia, España, Alemania... estando el más potente foco en el mismo centro administrativo de la Unión Europea, Bruselas y alrededores belgas y norte de Francia.) Se trata de una ritualística extendida globalmente a lo largo de más de dos siglos, adaptada por todo tipo de gobiernos, todo tipo de ideologías políticas. Pareciendo tan heterogéneos estos grupos, ¿comparten todos ellos alguna unión más allá de sus prácticas? Sí, la comparten, en secreto; aunque la actual omnipresencia de la fuerza infrahumana hace que se trate ya de un secreto a voces.

Si hay algo que caracteriza exteriormente a la masonería, resulta ser su secretismo. Esa es la conditio sine qua non del adepto masón, y éste mantendrá el secreto alegando “juramento sagrado”. Sin embargo, una cosa es el “secreto iniciático”, y otra muy distinta es el “secreto masónico”; son realidades prácticamente opuestas. No existe “secreto iniciático” en la masonería moderna por muchísimos motivos, pero el principal es que la masonería moderna no conforma una cadena iniciática. De hecho, la masonería moderna supone ser –en la mayoría de las veces- una organización contrainiciática. En el resto de ocasiones, la filiación masónica tiene el papel de ofrecer al moderno una pertenencia a un grupo, una aceptación por parte de una comunidad, una participación en algo con apariencia importante. El bajo graduado masónico guarda algo “en secreto”, sin saber exactamente qué secreto guarda. Así, el bajo graduado infla su baja estima personal, y la organización garantiza de esta manera su lealtad. Lo que el principiante masónico sí que sabe son las consecuencias de la ruptura del secreto: la expulsión automática de la logia, y la correspondiente renuncia a los beneficios económicos y sociales a través de la orden. Por lo tanto, la base del secreto masónico no es otra que el “miedo”. Se verá sin dificultad que no es un venerable secreto lo que guarda el masón, tan sólo es un chantaje de silencio: “Si te callas, sigues en este juego; si hablas, te vamos a joder.” Sin embargo, no resultaría justo dar a la masonería moderna más valor que el que tiene. Ni tan siquiera se puede hablar con propiedad de “La Masonería”, sino tan sólo de múltiples organizaciones masónicas, unidas solamente por ciertas cúspides jerárquicas, y con una gran inoperancia en niveles bajo y medio. El 99% de los masones actuales no tienen ni la más remota idea en donde están metidos, y acceden a estas organizaciones para adquirir influencia política o social, para prosperar económicamente, para ser aceptado por su comunidad, etc. Prácticamente ningún masón de grado bajo y medio sabe cuál es el auténtico objeto de su organización, y -mientras tanto- en su ignorancia, el masón se entretiene con solemnes reuniones, un lenguaje rimbombante, decoración estrambótica, elementos estrafalarios, y una camaradería elitista. El masón guarda así el secreto de no desvelar su integral estupidez individual: él está en una organización infame por una interesada ambición personal. Esto mismo no es sólo propio de la masonería, sino que es el auténtico reclamo de iglesias varias, sectas, neoespiritualismos, partidos políticos, sindicatos, ONGs, clubes... ¡e incluso las mismas corporaciones transnacionales! Esto resulta importante; la estructura y estrategia de las logias masónicas y las corporaciones transnacionales son exactamente las mismas: el adepto masónico está en la logia por ambiciones de prosperidad individual, el trabajador corporativista está en la empresa por ambiciones de prosperidad individual; el adepto masónico tiene un miedo atroz de ser expulsado y perder lo obtenido a través de su filiación (puestos públicos, influencias políticas...); el trabajador corporativista tiene un miedo atroz a ser despedido de la empresa y quedarse en el paro (problemas económicos, deudas varias...); el adepto masónico va a reuniones que valora como “muy importantes” siendo una completa mamarrachada, el trabajador corporativista trabaja arduamente por su empresa sin valorar lo superfluo de su actividad; el adepto masónico ansía subir en una jerarquía graduada en niveles de obediencia, el trabajador corporativista quiere ascender en un organigrama graduado en niveles de obediencia; el adepto masónico cerrará el pico ante todas las miserias e injusticias que vea para poder adquirir grados, el trabajador corporativista cerrará el pico ante todas las miserias e injusticias que vea para poder promocionarse. ¡Incluso de la misma forma que existe el “secreto masónico”, existe el “secreto profesional”! Se entenderá que pocas diferencias (ninguna, de hecho) existe entre un miembro de una logia masónica y un trabajador de Protec&Gamble, FIAT, o France Telecom: todos participan en una empresa sin saber (ni querer saber) cuál es el objetivo último de su trabajo. Esta coincidencia no es casual: las corporaciones y las logias masónicas (junto a las iglesias, los neoespiritualismos, los partidos políticos...) comparten estructura porque la cumbre jerárquica es la misma. ¿Qué da cuerpo “doctrinal” a esa misma cúspide de poder? Un mismo “rito”: el rito de fuerza infrahumana basado en el miedo y el dolor.

Por lo tanto, enunciémoslo bien clarito: el miedo y el dolor como medio de control sobre el ser humano supone ser el alimento de la fuerza infrahumana. Esa alimentación requiere una ritualística. Para los lectores que no puedan (o no quieran) abrir los ojos ante esto, y soliciten ciertos datos “objetivos”, “científicos”, “empíricos”... la misma infrahumanidad ha desarrollado una variante “científica” de esta ritualística. En ella, los lectores podrán encontrar nombres propios, fuentes librescas, y trabajos científicos que documenten la obviedad que no consiguen afrontar. Existe un método científico del dolor; existe un satanismo científico.

Satanismo científico y control mental a través del trauma: Hablemos de otro marqués, el Marqués de Tavistock. Sade era francés y un tanto histriónico; Tavistock era británico y bastante más discreto. Sade estaba emparentado con la casa Borbón; Tavistock estaba emparentado con la casa Saxe-Coburg. (A poco que se estudien las dos casas, se comprobará que se trata de una única casa, una única familia, un mismo linaje). En el Capítulo 9 se comentó –a propósito de la educación- que el Marqués de Tavistock (Duque de Bedford) donó fondos y un edificio en 1921 para la fundación de una “clínica psiquiátrica” que después se convertiría en el poderoso Tavistock Institute. John Rawlings-Rees , el psiquiatra fundador al frente del Tavistock, fue un militar involucrado en la guerra psicológica; de hecho, sus primeras investigaciones en el Tavistock se centraron en el estudio de síndrome post-traumático de supervivientes de la “Gran Guerra”. Las investigaciones sobre la conducta y la percepción distorsionada de veteranos de guerra, arrojaron unos útiles datos sobre control mental del individuo y del colectivo humano; y estos se aplicaron y se ampliaron a través de la Segunda Guerra Mundial, de la cual el Tavistock Institute saldrá reforzado como el más prestigioso instituto de psicología e investigación comportamental. Diversos “científicos” de la guerra psicológica mundial (ingleses del Tavistock – como Eric Trist-, pero también alemanes, “refugiados” como Kurt Lewin, y otros directamente rescatados de la Alemania nazi –paperclip operation-) llevaron a cabo programas bajo supervisión de servicios de inteligencia británicos y norteamericanos. El mejor documentado de estos programas fue el MkUltra, basado todo él en el control mental del ser humano a través de abusos de poder de todo tipo (tortura, amenazas, drogas...). Los primeros datos de Rawlings-Rees se desarrollan así –a través del MkUltra- en un sofisticado método de control mental del ser humano, basado en el dolor y el miedo: el control mental a través del trauma.

Los psicólogos conductivistas del Tavistock observaron que los soldados que combatieron en las trincheras sufrían desequilibrios de la personalidad y ciertas amnesias localizadas en momentos especialmente traumáticos. Se observó también que la mente humana tiene un mecanismo de defensa ante el horror: borra de la conciencia las experiencias indeseables, para no poder revivirlas a través de la memoria. Este sano y necesario funcionamiento de la mente humana es usado en provecho del control mental. Si se somete a un sujeto a una sistemática serie de traumas, la “personalidad” de dicho sujeto se divide en múltiples niveles separados por pequeños vacíos de inconsciencia. Es lo que algunos psicólogos modernos han llamado el “síndrome de personalidad múltiple”. En este estado, el sujeto sólo es conciente desde la limitadísima parcela iluminada por la conciencia, y todo el espectro restante quedaría fuera de su control y en manos de quien ha perpetuado la mutilación mental. El desarrollo de este método daría al “científico” un control mental absoluto sobre el “sujeto” que –dicho sea de paso- no es otro que un ser humano. Llevado hasta sus últimas consecuencias, este programa permitiría al manipulador controlar a un ser humano como una marioneta... mientras éste – a través de su defensa mental amnésica- no sería consciente de nada.

Destáquese –ese es el objeto de este capítulo- la utilidad que este método da al dolor. Inflingiendo dolor, el ser humano reacciona; y la fuerza infrahumana saca provecho de esa reacción natural, a través de un conductivismo científico. Tal y como Paulov controlaba la salivación de un perro, tal y como Skinner controlaba la conducta de sus ratones en una caja, otros “científicos” controlan la mente de un ser humano. Recordemos cuál era el alimento de la ritualística infrahumana: dolor y miedo. Veamos ahora cuáles son los elementos del método de control mental a través de trauma: dolor y miedo. Si el ser humano siente un dolor intenso, la conciencia bloquea el recuerdo, y un natural miedo a dicho dolor aparece como escudo de defensa. Algunos estudiaron científicamente la utilidad de esta reacción normal del ser humano, en provecho de la manipulación mental. ¿Por qué la tortura es una constante en todo tipo de guerras? No tanto para “sacar confesiones”, no tanto para satisfacer el sadismo de la tropa; sino porque el dolor es útil. ¿Por qué la crueldad y el ensañamiento están presentes en las escuelas de todos los estados modernos? No porque los “educadores” acostumbren a ser gentes despreciables, no tanto porque la juventud reaccione a una agresión; sino porque el dolor es útil. ¿Por qué existen clubes, tiendas y cine porno para “sadomasoquistas”? No tanto porque los modernos se aburran con todas sus perversiones sexuales –que también-, no tanto porque existe una mafia internacional del cuero; sino porque el dolor es útil. Teniendo claro para qué es útil (a saber, el control mental del ser humano), habrá que preguntarse con seriedad para quién resulta útil.

Sin embargo, si bien es cierto que esta utilidad se investigó intensamente en el individuo, todos estos infames métodos se pueden aplicar en el colectivo, en el grupo, en el ámbito social. De hecho, actualmente se aplican con intensidad y precisión; de ahí el título de este capítulo.

La inconsciencia como analgésico ciudadano

Después de esta breve exposición de la utilidad invertida que la infrahumanidad ha dado al dolor humano, habrá quienes piensen que estas materias son ajenas a la mayoría de individuos. Al fin y al cabo, sólo un número de personas residual (con respecto a la población mundial) resulta víctima de un ritual satánico; y de la misma forma, muy poca gente ha tenido acceso directo a programas de control mental gubernamentales, militares o de otro tipo. Pensar así puede resultar reconfortante, no lo dudamos... pero ello no se ajusta de ninguna manera a la realidad. Ya comentamos los paralelismos de las organizaciones de ritualística infrahumana (masonería, neoespiritualismos, ciertas iglesias...) con la estructura de las corporaciones donde se desarrolla el mercado laboral moderno. Más aún: en el Capítulo 9, se vio que Tavistock Institute y la red de filiales y organizaciones vinculadas, son los responsables de las políticas corporativistas tanto en estructura, estrategia y organización de todo aquello que designan como “recursos humanos”. La red que concibió el control mental individual a través del dolor, resulta ser la línea de psicología moderna que ha desarrollado elementos que el lector podrá encontrar en cualquier corporación: procesos de selección, estructura de reuniones, estrategias de mejora del ambiente laboral, administración de recursos humanos, entrenamientos, programas de motivación, incentivos... (Por cierto, “incentivo” resulta ser un término extraído directamente de la psicología conductivista teórica, y se puede encontrar en varios autores, como B.F. Skinner. Por ejemplo, el investigador ofrece un “incentivo” al ratón –agua con azúcar, comida o una droga adictiva- y éste hace tal o cual cosa.) A poco que se reflexione sobre todos estos elementos, se comprobará que la estructura corporativista se basa en las mismas técnicas de control de la conducta que aquí se han tratado. ¿Duro? Pues no sólo la estructura laboral: también se vio en el Capítulo 9, que el trasfondo común de los sistemas educativos resultaba ser el mismo, y éste no era otro que el que aquí se trata. Por lo tanto, si el proceso educativo-laboral moderno iría (en una media) desde los 4 a los 63 años, el lector puede comprobar que casi 60 años de vida de un hombre moderno estarían bajo dominio central de un sistema científico de control de la conducta. ¿Duro? Lamentamos tener que arrojar estos datos: 8 horas al día en una escuela o estudiando, 8 horas al día (o más) dedicadas a la formación universitaria, 8 horas al día (o más) trabajando en una corporación o en un puesto de funcionario; esto supone que 20 años íntegros (7.300 días con sus noches; 175.200 horas), el ciudadano moderno los pasaría dentro de un laberinto de ratón de Skinner, en un laboratorio de psicología conductivista, en las manos del satanismo científico ya señalado. ¿Duro? No tanto: algunos lo llaman “desarrollo profesional”, otros “realización personal”, otros “vida activa”... nosotros preferimos usar un término quizás más apropiado: esclavitud. En cualquier caso, se trata de una nueva servidumbre, un nuevo paradigma de esclavitud. La imagen arquetípica del esclavo está asociada a la del látigo del amo que siempre amenaza. En este caso, ¿Dónde está el látigo? ¿Por qué ya no parece necesario? ¿Por qué no lo vemos?

Veamos el currículum vitae de un ciudadano medio de cualquier sociedad moderna de un país desarrollado con brevedad y con las inevitables generalizaciones: un niño nace, y acto seguido, es vacunado por el miedo que sus padres tienen a las enfermedades. Posteriormente, con cuatro o cinco años, sus padres le escolarizan por miedo a no poder ofrecerle ellos mismos una educación que integre a su hijo en una sociedad a la que tienen miedo. El niño crece aprendiendo de un profesor al que tiene miedo, comportándose según los patrones establecidos por miedo a no ser aceptado por el grupo, respetando a otros niños y profesores que amenazan a través del miedo. El niño continúa insertado en el sistema educativo –“estudiando”- por miedo a decepcionar las expectativas colocadas en él. Dentro de ese sistema, “escoge” una formación universitaria por miedo al porvenir, miedo al futuro, miedo a quedarse encerrado: busca una “salida” profesional. En este medio pre-universitario, se inicia en la sexualidad, poniéndose un condón por miedo al SIDA. Finalmente inicia sus estudios universitarios según los miedos generales: carrera con más “salidas”, preferencia de la familia miedosa, ambiente de miedo... En la universidad tiene miedo a suspender, miedo a perder la “beca”, miedo a tener que pagar más dinero por tener miedo; y, tras unos cuantos años de angustias y miedos, se “gradúa” en un estudio del que tiene miedo que no sirva para insertarse en el mercado laboral. Por este miedo, hace un “master”, una “post- graduación”, una especialización porque tiene miedo de que lo ya estudiado no sea suficiente. Paralelamente, como tiene miedo a la soledad, conoce a una mujer y, tras cierto miedo al compromiso por parte de ambos, deciden casarse, a pesar del miedo que supone hacerlo sin tener un empleo estable. Sin embargo, él consigue un trabajo en una corporación a través de un proceso selectivo que da miedo. Trabaja en una corporación más de 40 horas semanales por miedo a quedarse en el paro, y no poder afrontar la hipoteca que firmó para vivir en un apartamento en el que su mujer tiene miedo cuando se queda sola. Él obedece a un jefe al que tiene miedo; inculca miedo a sus subordinados; actúa tal y como se espera de él por miedo a no ser aceptado por la empresa; silencia indignidades que presencia dentro del entorno de trabajo por miedo a romper el “secreto profesional”. Poco a poco, es promocionado: él tiene miedo a no poder con tanta responsabilidad; no tiene tiempo nada más que para el trabajo, y así su matrimonio se ve afectado. Él tiene miedo de que su mujer le sea infiel, por lo que él mismo engaña a su mujer con la secretaria, completamente a escondidas, porque tiene miedo a que lo descubran. Sigue promocionando en el trabajo aunque tenga miedo a la crisis y a los recortes de plantilla. Tiene poder adquisitivo y puede comprar ciertos productos que aplaquen su miedo: firma seguros varios que cubren riesgos a diferentes miedos (incendios, accidentes, terremotos...), apoya activamente a partidos políticos que hablan del miedo a una amenaza terrorista, se hace una vasectomía por miedo a tener más hijos de los que ya tienen (1 ó 2, si es que tienen), compra una gran casa en las afueras de la ciudad por miedo a la inseguridad del centro, y la blinda con muros, alarmas y cámaras por miedo a los ladrones. Continúa trabajando en la corporación, y ahorra mucho dinero que guarda en un banco por miedo a perderlo. También invierte en un plan de pensiones porque tiene miedo de llegar a viejo sin garantías sociales; también firma un seguro de vida con 50 años porque tiene miedo de morir demasiado pronto. Así, con sesenta y pico años, se jubila en la empresa, y tiene miedo de sentirse inútil y miedo a aburrirse. Como defensa de estos miedos, se convierte en un jubilado insoportable, y ese mal carácter le causa algunos problemas de salud. Visita al médico, y este le mete el miedo en el cuerpo, del infarto, del colesterol, del cáncer, de la artrosis... Evita todos los vicios que ha tenido durante toda su vida, y que en la vejez le causan miedo. Ya es tarde: enferma gravemente y –como tiene un miedo atroz a la muerte- la medicina moderna hace todo lo posible para prolongar la enfermedad. En una agonía mantenida con fármacos, los médicos le suministran potentes opiáceos que alejan al moribundo del miedo al dolor. El ciudadano moderno muere, y su último pensamiento fue observar el miedo a cuestionarse si la vida así vivida tiene algún sentido...

¿Queda entendido? El motor del modo de vida moderno es uno: el miedo. Tal frenesí y agitación no lo generan ni la voluntad, ni la personalidad, ni la libertad, ni el destino, ni la libre elección... A poco que se reflexione se comprobará que estas fuerzas apenas operan en la vida moderna. Todas las reacciones inertes que el moderno identifica como “vida” no resultan ser sino un encadenamiento causal y efectivo de miedos. Él es un rosario de miedos (individuales, colectivos, racionales, irracionales...), y –a través de la gestión de esos miedos- el ciudadano moderno construye su historia personal. Por supuesto que el miedo puede ser algo natural: el hombre ve una serpiente, siente miedo, y reacciona retrocediendo. Sin embargo, el número, la intensidad y la repetición de los miedos del hombre moderno están muy lejos de ser algo natural. Es antinatural; más aún, es una aberración, una imposición, un artificio de control sobre él. ¿Se puede saber a qué diablos tiene tanto miedo el hombre moderno?

Cada elemento del programa de control social –es decir, cada “miedo” del ciudadano- supone ser un dolor agudo enquistado como trauma. Se trata de una serie de dolores no resueltos ni integrados en la conciencia, enraizados en los diferentes estratos del ser humano (individual, familiar, racial, nacional, histórico...) y reforzados periódicamente a través de diferentes medios (massmedia, instituciones políticas, organizaciones religiosas...) que configuran lo que vulgarmente se llama “cultura”. La traumatización psicológica ciudadana se perpetúa a un nivel que permanece inconsciente al individuo. Los traumas (y sus consecuencias físicas, “secuelas”) se inscriben en los mismos genes del ser humano, se transmiten a través de la herencia genética (generación a generación), y se afianza a través de la educación y la identificación familiar. De esta manera, el sistema de control social es –cada generación- más potente; y los dolores “raíz” de dicho sistema resultan más y más inconscientes a medida que el ciudadano cree “estar bien” (lo que psicólogos y sociólogos llaman “bienestar”). En palabras más claras: el impotente ciudadano cada día tiene más miedo, y cada vez le cuesta más identificar a qué.

En todas las sociedades modernas existen generaciones vivas que presenciaron guerras, o genocidios, o bombardeos civiles, o conflictos raciales, o atentados terroristas, o invasiones extranjeras, u ocupaciones de los “cascos azules”. Los actuales ciudadanos tienen testimonios del horror, pero ninguno de ellos lo recuerda. La memoria se distorsiona a través de una compleja red institucional completamente esquizofrénica y mentirosa. En todas las sociedades modernas se celebran rituales con pretexto conmemorativo: independencias, constituciones, liberaciones, golpes de estado, revoluciones, expulsiones, aniversarios varios. Todo calendario festivo oficial refuerza la red de trauma social junto con los medios de comunicación, la educación y el turismo. La ONU impone sus infames “días internacionales” (del niño, de la mujer, del SIDA...). Todo el mundo celebra todo, y nadie sabe exactamente qué celebra y porqué. Toda sociedad moderna dice estar en “paz” encontrándose en un perpetuo y vicioso encadenamiento de guerras: “guerra contra el terrorismo”, “guerra a la droga”, “guerra a la intolerancia”, “guerra al racismo”, guerra a la guerra... Se trata de un mecanismo de control social sumamente simple: causar traumas y fortalecerlos, causar traumas y fortalecerlos, causar traumas y fortalecerlos. Nada ni nadie escapa del satanismo científico social del Novus Ordo Seclorum. El individuo cede, la familia cede, el ser humano cede; el control ciudadano se hace total.

En este sometimiento premeditado del ser humano como ente social, el dolor –de nuevo- es el protagonista. El ciudadano moderno se encuentra tan atenazado por el dolor, que la única fuerza interna que le resta la usa para pedir que éste cese a cualquier precio. La maquinaria infrahumana de control social se aprovecha de esto: ella coloca una situación más o menos insoportable; tan insoportable, que el ciudadano implora al exterior una solución; la maquinaria de control social impone dicha solución a cambio de más sometimiento por parte del ciudadano. El torturador se convierte así en el “salvador”; quien causa dolor y disfruta con ello, recibe el respeto, el agradecimiento e –incluso- el amor de aquellos que sufren. ¿Comenzamos a entender la auténtica dimensión de la palabra “sadomasoquismo”? A través de este enfermizo mecanismo, la “filantropía” la encarnan los enemigos de los hombres, la “ayuda humanitaria” la reparte la fuerza inhumana, y “la paz” es impuesta por fuerzas bélicas armadas hasta los dientes. Esto resulta actual y cualquier lector lo puede comprobar echando un vistazo al massmedia: “Las fuerzas pacificadoras entraron en el país en misión de paz” (se verá que estos pacificadores van en tanques, portan ametralladoras, y tienen una actitud muy parecida a la de un ejército de toda la vida...), “el 0,7% del presupuesto del estado va dirigido a ayuda humanitaria” (y el 30% de ese mismo presupuesto va dirigido a la industria bélica, el 20% al tráfico de drogas, el 10% a las farmacéuticas...), “David Rockefeller es un gran filántropo que participa en...” (¿David, qué más? ¿No es esa la familia que sufragó la eugenesia durante todo el siglo XX? Sí, pero ahora son filántropos...). Así actúa la maquinaria de control mental y social a través del dolor y del miedo: enloquece al ser humano, y lo empuja hacia una relación con el dolor, que sólo puede ser traumática. En esta penosa situación, el ciudadano moderno sólo puede pedir que el dolor cese; como sea, pero que cese: “entretenimiento”, “manifestaciones culturales”, “consumo”, “deporte”, “pornografía”, “turismo”, “erotismo”, “lotería”, “moda”, “cine”, “drogas”, “internet”, “trabajo” “videojuegos”, “neoespiritualismos”, “vacaciones”, “psicoanálisis”, “rebajas”, “fútbol”... todo sirve si distrae del dolor, aunque sea sólo por un instante. Imaginemos esta situación: un hombre ha sido torturado salvajemente y está a punto de ser ejecutado. El hombre se incorpora un instante, y le pregunta al verdugo: “Querido amigo, ¿me puedes dar una aspirina para el dolor?”

El efecto analgésico: En el capítulo anterior, vimos como las compañías farmacéuticas decimonónicas crecieron al comercializar drogas de síntesis, y muy especialmente analgésicos (Se comentó sobre Bayer y sus acetofenidina y ácido acetilsalicílico). También vimos que estas mismas corporaciones participaron activísimamente (por ejemplo, Bayer como IG Farben) en la mayor máquina de causar dolor que se ha concebido: la guerra. Un analgésico es una droga que tiene como activo algo que calma el dolor; una guerra es el lugar donde más abunda el dolor y –por lo tanto- el lugar donde mejor se venden los analgésicos. Estas cuestiones ya fueron tratadas en dicho capítulo; lo que aquí interesa es el efecto analgésico, y sus aplicaciones no sólo en el dominio individual, sino colectivo y social. En esa situación desesperada de círculo vicioso de dolor y trauma ya expuesta, ¿qué implora el hombre moderno? Que cese el dolor. El Establishment incluso saca provecho de eso: para regodearse en la ignominia y poder seguir torturando a su esclavo, el Establishment le da un analgésico. El analgésico no va a acabar con la causa del dolor, en ningún caso. Sin embargo, va a calmar el dolor por un instante; el tiempo justo para que el torturado tome aliento y agradezca la tregua a su amo. Cuando el efecto analgésico pasa, el hombre moderno vuelve a sentir un agudo dolor, y la rueda de sometimiento continúa. El torturador administrará las dosis. Ya nadie pensará en erradicar la causa del dolor; ahora el sufriente aspira sólo a calmar el dolor, y el manipulador aspira -de nuevo- a sacar provecho del infierno.

El efecto analgésico está relacionado con el efecto anestésico, hasta tal punto que hay drogas que son analgésicos y anestésicos al mismo tiempo. ¿Qué consigue un anestésico? Que el sujeto no tenga conciencia de uno de sus miembros o –incluso- de sí mismo. Así, cuando alguien recibe una anestesia local –por ejemplo, en la boca-, el sujeto deja de tener conciencia del área anestesiada (tal y como se pueden comprobar en las visitas al dentista). Que se no tenga conciencia de un miembro, no quiere decir que tal miembro no exista. Por ejemplo, si se anestesia el brazo de alguien, y después se fractura malintencionadamente, el brazo estará fracturado, aunque el sujeto no lo sienta (ni fracturado ni íntegro). Cuando el efecto anestésico acaba, el brazo despierta roto con un dolor insoportable. ¿Cómo se aplican todas estas cuestiones al terreno del control social? El Establishment traumatiza sistemáticamente al ciudadano. Si el ciudadano siente mucho dolor, éste pide algo que calme el dolor, que le distraiga del dolor, que le evite el dolor. Entonces, el Establishment ofrece a su esclavo un “analgésico” (una droga adictiva, una ideología política, una confesión religiosa, lo que sea). El dolor del ciudadano cesa por algún momento, y –consecuentemente- cesa también la conciencia en algunas parcelas de su realidad. El ciudadano se “anestesia” así, para no sentir dolor, sin saber que el miembro anestesiado continúa enfermo y continúa siendo torturado. El proceso de control mental y social a través del trauma culmina por lo tanto con la inconsciencia, que puede ser “local” o “general”, dependiendo del proceso en el que se encuentre el ciudadano. En palabras más claras: el ciudadano moderno no sólo no sabe la verdad, sino que no siente ni el menor interés por ella; no sólo no sabe, sino que no quiere saber de ninguna de las maneras. Él ha sido programado para identificar la conciencia al dolor, la verdad al miedo, la realidad al trauma. Quiere permanecer en ese estadio de ignorancia a través de cualquier cosa que pueda ejercer de analgésico, de anestésico, de medio que le evada de un dolor que ha atenazado su cuerpo en una inconsciencia indigna, infrahumana, infame, pero también, muy cómoda. ¿Quién necesita la verdad? Al menos, el hombre moderno no la necesita; al contrario, él la teme, la repugna, la considera indeseable.

Este estado inconsciente resulta muy útil para que la fuerza infrahumana siga con su salvaje intervención quirúrgica. Con el hombre moderno “anestesiado”, se puede trabajar mejor para continuar la tarea de hacer del hombre otra cosa, otro ser, un “nuevo hombre”. 

La Danza Final de Kali (PDF)

Exégesis Diario

Redacción de Exégesis Diario

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