La Danza FInal de Kali: un examen a los abismos de kali-yuga

RETAZOS 15 de junio de 2020 Por Exégesis Diario
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Hay un telón de humo que serpentea tras el escenario en el que se desarrolla la empresa humana. Velos que se superponen como capas y capas y capas de cebolla, que guardan una revelación traumática. Estos acontecimientos sincréticos que componen la realidad del día a día en el sistema que los seres humanos ocupan, es un hecho que ha sido expuesto, denunciado y confirmado en un sinfín de oportunidades a lo largo de la historia cíclica de la humanidad. Pero el monstruo persiste, resiste porque el enorme grueso de las masas –que han sido programadas desde el nacimiento, al igual que sus ancestros-, tienden a defender de manera ingénita sus propias cadenas. La Danza Final de Kali es una obra que intenta echar luz a muchos cuestionamientos inherentes a la articulación y auténtico propósito del status quo; exponiendo a sus arquitectos y sus prácticas. IBN Asad es el seudónimo que el autor utilizó para proteger su integridad puesto que ha sido perseguido y amenazado en múltiples ocasiones por algunas de las situaciones que sus obras –gratuitas- exponen. IBN Asad es un periodista y escritor español atípico para los tiempos posmodernos (aboga por el anonimato). Desde que se publicó La Danza Final de Kali en 2010 y acaparó atención internacional, se ha vuelto una obra de culto en los círculos de masa crítica. Desde Exégesis Diario compartimos el primer capítulo de La Danza Final de Kali y proponemos al lector un acercamiento con la obra.

Fragmento de La Danza Final De Kali de IBN Asad.

Allá donde se viaje en el mundo moderno, se acaba por escuchar esta frase: El mundo va mal. Se oye esa misma frase en los cinco continentes, en cientos de lenguas diferentes, en bocas de gente de lo más variada: El mundo va mal. Como una intuición común a todos los seres humanos, todo hombre contemporáneo dirá o escuchará lo que todos han dicho o escuchado: El mundo va mal. Y sin embargo, por mucho que esto se diga y se repita, por mucho que esté comúnmente admitido, por mucho que se acabe escuchando siempre lo mismo, el mundo no va mal. El mundo ni va mal ni puede ir mal, de la misma forma que tampoco va bien ni puede ir mejor. No podemos valorar la trayectoria del mundo con respecto a un modo circunscrito a lo humano. “Bien” y “mal” son adverbios de modo validísimos desde la perspectiva humana, pero absurdos y vacíos como dirección de algo que nos transciende, a saber, el mundo. Por lo tanto, si nos referimos al mundo, será más adecuado decir: ¡el mundo va! Esto ya supone decir mucho. ¿Cómo? ¿De dónde? ¿A dónde? Son preguntas que nos meten siempre en serios problemas.

No obstante, algo está ocurriendo cuando todos los seres humanos expresan que “algo no va bien”. Al no poder hablar en nombre del mundo, podemos decir: el mundo no va bien desde la valoración del ser humano. Parece que así es: hay descontento, sufrimiento, miedo, injusticia, crueldad, hambre, guerras, miserias, dolor, y una serie de emociones que ningún ser humano valora como “buenas”. Y he aquí un lúcido punto de partida de lectura de este libro: como humanos, identificamos lo que nos hace bien y lo que nos hace mal; lo discernimos, no lo confundimos. Aunque aparezcan en ocasiones disfrazados los unos de los otros, la alegría, la belleza y la dicha son buenas para lo humano, y el sufrimiento, la fealdad, y la miseria no lo son. Por ello, el mundo nos parece “no ir bien”, porque lo malo parece abundar en grado, cantidad e intensidad. El mal parece vencernos.

Por lo tanto, ¿no sería mejor cambiar la frase que todos dicen y escuchan por “los seres humanos van mal”? Es posible: vamos a centrarnos en la perspectiva humana, pues es la que nos corresponde. Si decimos que algo –en este caso, nosotros- va mal, decimos que sigue una trayectoria descendente de modo; es decir, que “vamos de mal en peor”. No hay ninguna objeción que pueda ponerse a esta ley: si se va mal, se tenderá a ir peor. ¿A qué responde esta tendencia? ¿A la cantidad? No: los seres humanos no aparentan ir de más cantidad a menos cantidad, pues actualmente somos más de 6.500 millones, por mucho que se empeñen genocidas, eugenistas y neomalthusianos en diezmarnos. La tendencia descendente que sigue el ser humano responde a la misma cualidad humana: vamos de “más humano” a “menos humano”. Cuando nos vemos ir de “mal en peor”, nos vemos alejándonos de la cualidad humana, estamos –con rigor “degradándonos” como humanos, estamos mermando la virtud de lo que somos. Esta tendencia parecería dirigirse a un modo que no nos corresponde e ignoramos: la infrahumanidad. ¿Qué es eso? No lo sabemos. De la infrahumanidad, sólo sabemos que ella está sacando ventaja de nuestra trayectoria. Si desde nuestra perspectiva, “los seres humanos van mal”, se comprenderá que desde la perspectiva de esta fuerza, los seres humanos van bien, muy bien, requetebién. Cuanto peor para nosotros, mejor para esta fuerza. Esta fuerza, aun siendo inercia, tiene un plan, un proyecto, una estrategia. Este libro aborda esta estrategia.

¿Quién articula esta fuerza? Pregunta complicada. Comprobemos una contradicción: si toda la humanidad intuye “no ir bien”, una importante representación de esa humanidad mantendrá al mismo tiempo que el ser humano “está evolucionando”, “progresa”, va a mejor. Algunos dicen esto y muchos otros se lo creen. Lo más desconcertante es comprender que los más fervientes defensores de esta contradicción son los hombres y mujeres que gobiernan, dirigen y representan a los estados, corporaciones e instituciones que dan cuerpo al Establishment político. En términos ideológicos, a los apologistas de esta tendencia, se les puede llamar “progresistas”, pues defienden la noción de “progreso” como una trayectoria feliz que sigue el ser humano expresada en datos económicos y estadísticos. En términos científicos, a estas gentes se les puede llamar “evolucionistas”, y defienden un “progreso” en el dominio biológico, aplicable a una supuesta “especie” humana que proviene del simio y que continúa indefinidamente su periplo evolutivo. Incluso en términos sociales, este evolucionismo científico se llevará a sus más falaces y monstruosas aplicaciones (la eugenesia, el darwinismo social, y todos sus retoños), teorizadas y practicadas por gentes que podemos llamar “eugenistas”. Todos estos nombres (progresistas, evolucionistas, eugenistas...) no difieren en su esencia: se trata de un mismo espíritu, el espíritu moderno.


Entonces nos encontramos con un supuesto ser humano (el hombre moderno) que escuchando –y en ocasiones admitiendo- que “la humanidad va mal”, defiende al mismo tiempo que “va bien”. ¿Qué locura es esa? Mantenerse en modernas posiciones “progresistas” requiere un ejercicio de un abyecto cinismo: cada década batimos nuestro propio record en hambre, guerras, torturas, genocidios, crueldad, exterminios, y todas las caras de la ausencia de humanidad. Y sin embargo, el discurso de la corrección política es cada día más progresista: los gobiernos hablan más y más de “libertad”, la ONU habla más y más de “paz”, e –incluso- las corporaciones transnacionales parecen dedicarse a la humanidad, con su “ayuda humanitaria”. ¿Se trata de una repugnante contradicción? Sí, pero no sólo: la esquizofrenia inherente al discurso oficial no es sólo una enfermedad mental. Se trata de algo mucho más duro, incomprensible e incómodo: existen seres humanos (muchos, en la actualidad) que defienden los intereses de la infrahumanidad. Desde su punto de vista, no hay contradicción en defender y trabajar a favor de la tendencia infrahumana: cuanto peor para el ser humano, mejor para los intereses a los que sirven. ¿Son humanos estos sujetos? Esa es una pregunta que este libro no va a abordar, y no porque la respuesta sea ambigua, sino porque no supone ser relevante para nuestro objetivo.

Este objetivo es el siguiente: exponer el proyecto, la trayectoria y el trabajo que esta fuerza ha estado llevando a cabo para culminar con éxito en un futuro relativamente inmediato. Para referirnos a este proyecto utilizaremos uno de los términos que sus propios teóricos, técnicos y apologistas han utilizado: Novus Ordo Seclorum. Sin duda, existen otros términos igualmente apropiados para referirse a dicho trabajo infrahumano: globalización, “Gran Obra De Todas Las Eras”, centralización de poder, secularización mundial, imperialismo europeo,
Nuevo Orden Mundial, neoliberalismo económico, o –sencillamente- la modernidad. No obstante, todos estos términos –aun siendo apropiados desde diferentes puntos de vista: histórico, económico, político...- sólo pueden encerrar una porción de una realidad con implicaciones mucho más profundas y serias de lo que podría parecer a simple vista. Es por ello por lo que conviene dejarlo claro desde el principio: el Novus Ordo Seclorum no se trata sólo de un simple programa político más o menos impuesto por una minoritaria élite, no es un sistema económico particular, ni una corriente filosófica, ni la pretensión de una sociedad, una logia, una raza, un estado o una familia. No; y jamás se insistirá lo suficiente en esto: el Novus Ordo Seclorum supone ser un programa de profundas implicaciones que afecta a la estructura social, a la ordenación política, a la misma concepción de humanidad... pero también –y ante todo-, afecta a la propia individualidad de cada uno de los seres humanos (su vida particular, su estructura emocional, su libertad mental, sus nociones de “yo”, “vida”, “muerte”...) No se trata de una historia sobre un mundo lejano, ni una paranoia individual extrapolada al plano político. El Novus Ordo Seclorum es la ambiciosa declaración de guerra a la humanidad, a nosotros como hombres, a ti como ser humano.

Como resulta ser la humanidad el protagonista pasivo de este proyecto (algo así como su alimento, su pasto, su ganado), introduciremos este capítulo con una breve contextualización de dicha humanidad apoyada en fuentes tradicionales. Aun suponiendo una seria amenaza, el Novus Ordo Seclorum no es sino una minúscula mota de polvo dentro del contexto que quiere destruir: la gran rueda de la manifestación humana. Como rueda, dicha humanidad responde a una revolución cíclica circunscrita en el tiempo, que todas las tradiciones han expuesto con claridad, y que el hombre moderno acostumbra a ignorar (si no a despreciar desde dicha ignorancia). Como este sería –con todo rigor- el contexto que nos corresponde e interesa para el objeto de este libro, primero se expondrán brevísimamente unas generalidades sobre esta humanidad.

La teoría tradicional de la humanidad cíclica

Cuando dijimos que el Novus Ordo Seclorum aspira a controlar incluso la propia concepción que el humano tiene de sí mismo, no hablábamos en vano. ¿Qué es el ser humano para el moderno? ¿Una especie: homo sapiens sapiens? ¿Un “animal racional”? ¿Un mono evolucionado? ¿Una plaga que destruye el medioambiente?¿Un problema de superpoblación? ¿Un virus? El hombre moderno da esta serie de respuestas, inconsciente de dónde las ha extraído: la modernidad, el evolucionismo científico, la propia tendencia infrahumana.

Sin embargo, estas estupideces son tan recientes en el tiempo y tan reducidas en el espacio, que ni merecen la pena valorarse desde un punto de vista integral y tradicional. El ser humano es anciano (tan anciano que ni la estrechez mental moderna puede vislumbrar su edad), es sabio (tan sabio que ni el lenguaje de su sabiduría puede comprenderse actualmente), es grande (tan grande que no puede entrar en la pequeñez de la arrogancia científica). Esta verdadera naturaleza humana se expuso con claridad a través de todas las expresiones tradicionales del mundo antiguo, y no es una casualidad que para borrar esa exposición y confundir su claridad, el reciente espíritu moderno se presentara como violentamente anti-tradicional, revolucionario, secular. Las tradiciones de la antigüedad conocían el grandioso despliegue de la manifestación humana, e incluso sabían circunscribirlo a coordenadas temporales. Dichas coordenadas no eran las mismas que manejamos actualmente en el mundo moderno, es decir, la historicidad. Jamás podremos hacernos una mínima idea de la vasta experiencia de la humanidad, si encorsetamos su manifestación en una falaz y pobre concepción del tiempo: el tiempo lineal.


Tiempo lineal y tiempo cíclico: Si hay algo de lo que se enorgullece el moderno es de “su tiempo”, de “pertenecer a su tiempo”. ¿Qué tiempo es ese que llama suyo? Un tiempo que el moderno no tiene: el que le falta en su vida diaria, el que pasa trabajando en sus “jornadas laborales”, el que marca un reloj que le dice cuándo despertar, cuándo trabajar, cuándo comer, cuándo dormir. En efecto, cuando el hombre moderno dice que “pertenece a su tiempo”, significa exactamente eso: que el tiempo le posee, que el tiempo es su amo. Este tiempo es concebido por la medición, no tanto del tiempo, sino de intervalos de duración. El tiempo del que habla el moderno se extiende –a través de su medición- en una línea que parece configurar un pasado, al que le sigue un presente, y al que le sigue un futuro. Así, el hombre moderno dice “Yo nací en 1945”, “Yo tengo cuarenta años” o “Yo viviré hasta los cien años”, y nadie puede objetar nada a estas frases. De esta manera, el mismo hombre dirá que “el ser humano tiene 50 mil años”, “la era cristiana tiene 2010 años”, o incluso “el universo tiene una edad de 13.700 millones de años”, y tampoco nadie va a puntualizar nada desde esa concepción temporal.


Sin embargo, ese tiempo lineal conformado por un continuo de pasado, presente y futuro resulta ser una falacia: no existe tal continuo. Del pasado sólo se puede decir que “ya fue” y nuestro acceso a él es a través de una inestable y poco fiable actividad mental: la memoria (en sánscrito, smrti). Del futuro, ni tan siquiera eso se puede decir, tan sólo que él “podrá ser”, y que sólo podemos concebirlo a través de otra evanescente actividad mental: la imaginación (en sánscrito, vikalpa). Por lo tanto, el continuo pasado-presente-futuro no tiene ninguna validez, y de él sólo restaría una serie indefinida de “presentes” cuya suma colectiva sería lo que el moderno identifica como tiempo. Pero esta serie también expresaría un absurdo: si el moderno concibe el tiempo a través de su “duración”, el “presente” no tiene “duración” que lo haga mensurable, por lo tanto, la serie indefinida de “presentes” sería una suma de ceros que no expresaría nada. El tiempo lineal, con principio y fin, dividido en intervalos de tiempo, mensurable como una secuencia de pasado-presente-futuro (es decir, la historicidad que tanto le gusta al moderno), sólo tiene una validez práctica a los intereses de la vida moderna. Fuera de ese utilitarismo, el tiempo lineal –por si sólo- es una falaz ilusión.

Por supuesto, el ser humano siempre concibió el tiempo de modos más completos que esta historicidad. Si el tiempo no conforma una línea, tampoco conforma un segmento: no se puede decir que el tiempo tenga un comienzo o un fin, más allá de la manifestación cósmica desplegada entre la disolución de todo en sí mismo (lo que la tradición india llama mahapralaya). Desde todas las expresiones tradicionales, el tiempo sólo puede expresarse simbólicamente por una “rueda” (jamás por una línea, jamás por un segmento). Este tiempo circular es expresado por toda tradición, y cuánto más antigua, más clara dicha expresión: tradición celta, irania, jainas, drávidas, brahmanismo, después budistas... Como la expresión tradicional más viva y menos mutilada que podemos encontrar es la indoaria, las fuentes tradicionales hablan de la “rueda” del tiempo expresada con la palabra “chakra”. Así, el tiempo tradicional no tiene principio ni fin, y lo único ajeno al flujo temporal será el “centro inmóvil” de dicha rueda. Esta figura del tiempo aparece en numerosas fuentes védicas, pero basta con citar unas pocas como el AtharvaVeda (19.53.5), algunas upanisads (como KautakiUpanisad 3.15 o MatriUpanisad 6.4), o la célebre BhagavadGita (10.33 “Yo soy Kala”). Siendo como una rueda, la concepción tradicional del tiempo es cíclica, y nadie puede señalar un comienzo o un fin en este tiempo, pues el final de un ciclo coincide infinitesimalmente con el principio de otro ciclo. Este sería el tiempo en el que se manifiesta la humanidad que necesitamos contextualizar brevemente, es decir, el tiempo cíclico en la que la humanidad aparece.

La humanidad como manifestación cósmica. manvantara: Si en el tiempo algo se manifiesta, ese algo estuvo y estará en algún momento en estado no-manifestado. Parece de perogrullo: cualquier manifestación es eso mismo porque está en relación con la posibilidad de inmanifestación. En el caso particular de la humanidad, hubo múltiples manifestaciones, y todas (es importante recalcar esto: todas) las tradiciones recogen esta multiplicidad. Las fuentes de las civilizaciones precolombinas, las tablas sumerias, las cosmologías egipcias, incluso versiones descartadas del génesis judaico... hablan siempre de “diferentes humanidades”, “hombres descartados”, de “hombres primeros múltiples”. Todos estos mitos comunes a todas las tradiciones expresan algo que todos los seres humanos saben (todos menos el arrogante bobo moderno): la humanidad es muy antigua en el tiempo (tanto que ni la concepción temporal actual puede ni hacerse una idea). Y no sólo eso: en ese tiempo inabarcable, existieron diferentes manifestaciones humanas. De nuevo, nos encontramos en las fuentes védicas la expresión más completa de esta teoría que (casi) todos los seres humanos conocen: los diferentes Manus fundaron diferentes humanidades a lo largo de diferentes manifestaciones llamadas manvantara.


Existen más conocimientos comunes a todas las tradiciones en ese sentido: dicha humanidad (o con más rigor, humanidades, en plural) se manifiesta en trayectoria descendiente con respecto a su principio. En otras palabras: tal y como intuyen algunos seres humanos contemporáneos que perciben que “la humanidad va mal”, las diferentes tradiciones siempre expresaron esa tendencia de la humanidad de ir de más a menos en términos cualitativos. Es natural que así sea: algo se manifiesta desde su principio con esplendor, y después comienza un declive que se identifica con todo proceso de manifestación. Todas las fuentes tradicionales hablan de un tiempo lejano en el que los seres humanos “vivían más y mejor”, tenían más vigor espiritual, convivían en armonía con sus semejantes y los animales... Todos estos temas se repiten hasta la saciedad en tradiciones que resulta difícil encontrarlas nexo común: pueblos indígenas de América del Sur, civilización Maya, Azteca, sumerios, babilonios, cretenses, asirios, fuentes jainas, fuentes drávidas, fuentes indoarias, la tradición extremoriental en la lejana China... incluso en la cercana (y valoradísima por los modernos) Grecia antigua, se encuentran estos mismos temas en Hesiodo o Platón. Y sin embargo, aún repitiéndose los mismos datos en todo el ancho y viejo mundo, el hombre moderno acostumbra a valorar estos conocimientos desde su monstruosa noción de “mitología”, despreciando las fuentes tradicionales como frutos de la imaginación, de la fantasía, o –peor aún- de la superstición. Lo más lamentable de todo ello es que el espíritu moderno, tras desinteresarse completamente -o incluso desdeñar- las fuentes tradicionales, delega estas cuestiones a profesionales que se encargarán de ellas: antropólogos, historiadores, arqueólogos...


En cualquier caso, todos los seres humanos (menos el moderno) saben que la trayectoria humana es larguísima en el tiempo, y sujeta al declive propio de la manifestación cósmica. Esta humanidad está circunscrita a un tiempo que –como ya se ha dicho- es cíclico. Por lo tanto, la misma humanidad también será cíclica. De nuevo nos encontramos con las mismas “coincidencias” en las mismas tradiciones de las que restan expresiones: los jainas, los shaivas, los hindús en general... Y no sólo eso, la delimitación de los ciclos será la misma: son cuatro los ciclos de la humanidad, tal y como expresan de la misma forma los puranas indios (los cuatro yugas), o incluso fuentes grecolatinas (las cuatro Edades del Hombre). Será precisamente en las fuentes védicas de los puranas donde se encontrarán las expresiones menos mutiladas de las cuatro eras (yugas) de la humanidad.

Según los puranas, el Manu de la actual humanidad, Vaiwasvata, funda una humanidad que se manifiesta en cuatro tiempos cíclicos llamados satya-yuga, treta-yuga, dwapara-yuga y kali-yuga. Su proporción temporal será, utilizando la base 10, 4 para satya-yuga, 3 para treta-yuga, 2 para dwapara-yuga, y 1 para kali-yuga. Esta proporción (10=4,3,2,1) se vuelve a encontrar en diversas tradiciones, por ejemplo, en la tetraktys pitagórica. El más corto de estos ciclos (kali-yuga) será el más decadente y el más lejano del esplendor humano inaugurado por el satya-yuga. Los mismos puranas también describen con detalle el kali-yuga, y resulta sorprendente ver un perfecto retrato del mundo moderno (¡escrito hace más de 3000 años!). En efecto: nos encontramos desde hace mucho tiempo en el kali-yuga. Resulta conflictivo traducir estos tiempos cíclicos al tiempo lineal de la historia, pero basta con que el moderno tenga una idea de que, incluso el pasado más remoto que su memoria histórica registra, sería kali-yuga.

No sólo eso: los datos tradicionales (extraídos directamente de las mismas fuentes) también dicen que actualmente no sólo estamos en kali-yuga, sino que estamos en un estado bastante avanzado del ciclo, incluso relativamente postrero. Esto no quiere decir que actualmente pueda esperarse una “nueva era”, tal y como hacen los modernos new-age. No: estamos en un era conflictiva y formamos parte de ella. Nuestra vida individual se desarrolla en los últimos y arrítmicos compases de un tiempo que minimiza la cualidad humana. Resulta obvio que esta nada cómoda concepción tradicional del tiempo y la humanidad, sea diametralmente opuesta a la postura del moderno progresista, el cual se vanagloria de la trayectoria triunfal de su evolución como individuo, como especie, y como civilización. Es comprensible que así sea: el espíritu moderno no es sino el reflejo de un mundo pequeño, corto e insignificante en la manifestación cósmica: el mundo moderno. Aún así, dicho mundo tiene su función en los ciclos humanos, y nos resulta importante conocerlo, pues además de ser el mundo en el que vivimos, es en el cual se circunscribe el Novus Ordo Seclorum.

El mundo moderno. Definición y función en los ciclos cósmicos: En un momento cualquiera de kali-yuga, se manifestó una civilización centralizada en lo que hoy es Europa (después también América), que pasó a ser llamada “Civilización Occidental”. Observemos que si se le llama “occidental”, comparte el mismo nombre que la localización espacial del ocaso. Así es: existe una “Civilización Occidental”, frente a múltiples civilizaciones orientales. ¿Qué hace diferente a esta civilización? Pues precisamente su “occidentalidad”; es decir, que dicha civilización cierra (cerrará) el ciclo del manvantara. Es por ello por lo que esta civilización se ha desarrollado de manera atípica, anormal, anómala con respecto a otras. Dentro de sus anomalías, destacará una que jamás se vio: una civilización desarrollada de espaldas a los principios tradicionales. Hasta tal punto llegará este desdén por los principios esenciales de lo humano, que esta civilización se presentará como anti-tradicional, anti-esencial, anti-humana. Se trata del llamado mundo moderno.

Llegados a este punto, la Civilización Occidental se presenta como la pretensión de mundializar ese espíritu anti-tradicional y anti-humano. Eso es el mundo moderno: la imposición de un mundo vaciado de valor sagrado, vaciado de cualidad humana, vaciado de conocimiento verdadero, o como se llegará a decir, la imposición de un “mundo secular”. Dicho mundo moderno tendrá como función culminar el carácter “occidental” de la civilización donde está insertado. O en palabras más claras: cerrar el último ciclo de la presente humanidad.


Al entender esto, se comprueba que el desarrollo del mundo moderno irá acompañado por un hundimiento de la cualidad humana en cotas ínfimas. Al final del ciclo, de las cualidades propiamente humanas, el mundo moderno no guardará ni el recuerdo. No sólo eso: esta ignorancia (u olvido) de su papel en los ciclos cósmicos, será afianzada con insistencia en el error de que nunca existió civilización más impresionante ni hombre más glorioso que el moderno. Este error es la cota ínfima que alcanzará la actual humanidad antes de cerrar la manifestación cíclica actual. Y al lector no le resultará difícil comprender que en la actualidad nos encontramos relativamente cerca de esta cota (si bien no inmediatamente cerca, sí muy próximos a ella en la escala temporal de dichos ciclos cósmicos). Además, el ritmo del proceso de descenso se irá acelerando a medida que nos acerquemos al fondo, y la trepidante velocidad que los tiempos actuales han tomado no hace sino corroborar dicha cercanía.

La gran trampa: Habiendo expuesto la teoría tradicional de la humanidad cíclica de la forma más clara y más breve que este libro exige, habrá algunos lectores que interpretarán todos estos datos de esta simple forma: si el mundo moderno tiene como función acabar con la humanidad actual, ¿qué importa lo que los humanos hagan sino colaborar con su tiempo? Si al final de un ciclo le sigue otro, ¿qué podemos hacer los humanos sino esperar? Si parece que al tiempo lo rige un inexorable determinismo cósmico, ¿qué puedo hacer yo con mi libre albedrío sino hundirme en la infrahumanidad?

A esta interpretación de los hechos, le llamaremos –sin exagerar- la “gran trampa”, pues estas falacias configuran la comodidad y la estrechez de la mentalidad moderna que evade su responsabilidad alegando incomprensión, torpeza, desidia o impotencia. No se trata de un determinismo todopoderoso, ni de una inercia a la que es mejor abandonarse, ni una rendición de la humanidad... se trata exactamente de todo lo contrario: el ser humano tiene una responsabilidad. Él tiene una tarea, una misión para consigo mismo. Esa responsabilidad humana se convierte en urgente deber cuando se articula el proyecto que este capítulo aborda: el Novus Ordo Seclorum.

Precisamente este proyecto es el desvarío contranatural que pretende prolongar el sufrimiento en un nuevo y trampeado paradigma de lo humano: lo no-humano, lo infrahumano. El Novus Ordo Seclorum es el plan que busca perpetuar un error: el ser humano como esclavo en el trabajo de su propio exterminio, como mercancía de un comercio fantasmal, como bestia de carga de un amo monstruoso. No se trata de un accidente, ni de una consecuencia temporal inevitable, ni de un destino con el que cargar: el Novus Ordo Seclorum es la posesión de la inercia cósmica (en sánscrito, tamas) al servicio del ego desbocado de unos seres con atributos infrahumanos. En última instancia, no sólo aspiraría a deshumanizar lo humano, sino también a congelar la misma manifestación cíclica del manvantara en una petrificada ordenación mundial.

Y con todo lo dicho: es muchísimo más que todo esto. A lo largo de este libro se profundizará en sus fétidas y profundas raíces. En principio, tras esta contextualización, definamos e identifiquemos al monstruo.

El proyecto global de la fuerza infrahumana: el Novus Ordo Seclorum


Esa sería la definición más apropiada del Novus Ordo Seclorum: un proyecto (es decir, una obra que busca un objetivo) global (aplicable a todos los seres humanos de los cinco continentes) perpetrado por la fuerza infrahumana (es decir, por algo ajeno a lo humano). La exposición de este proyecto sí puede abordarse desde coordenadas históricas, y es muy posible que sus raíces se hundan en un tiempo mucho más lejano que el que aquí señalamos. Sin embargo, la articulación explícita de dicho proyecto (así como su puesta en práctica) se sitúa a las puertas del siglo XIX europeo: en la Europa de las revoluciones burguesas, de la crisis monárquica, de las raíces de los imperios europeos (el napoleónico primero, el británico después...) Es importante señalar que este complejísimo contexto tiene una identificable cúspide bien sencilla: la élite europea, la nobleza, la autoproclamada “aristocracia” que supone ser una misma línea sanguínea que trasciende los pueblos, las nacionalidades, y las diferentes casas reales.

El lector se preguntará: ¿Cómo puede ser? ¿Precisamente no fue esa época un golpe a las monarquías europeas? En efecto: a finales del siglo XVIII las monarquías se tambalearon, pero no así la nobleza, los linajes que después configurarían las élites republicanas y monárquicas de los estados modernos. El fin del “viejo orden” fue una actualización de la forma de dicho orden, pero de ninguna manera una sustitución de la cúspide de poder. Los que ordenan siempre fueron los mismos, sólo que en aquel momento se propuso una nueva ordenación sanguinaria, un “gobierno del terror”, una “revolución”. En 1793, Maria Antonieta fue decapitada, pero poco después también lo fueron Robespierre, Saint-Just, Danton o Couthon. . Monárquicos y no monárquicos se vieron las caras en el cesto de mimbre de la guillotina. Fue una purificación de sangre de una misma élite, pero de ninguna forma un ataque a la nobleza europea. Al menos 31 de los 44 presidentes de Estados Unidos tienen comprobados parentescos con las familias reales europeas. La misma tendencia se va a encontrar en los primeros ministros franceses; también en los parlamentarios ingleses, y en las directivas corporativistas del siglo XXI. ¿Por qué actualmente casi todos los estados europeos celebran fiestas de masturbación oficial con los aniversarios de la Revolución Francesa? Fue un macabro ritual de sangre en el que se purificó el linaje de la élite, de la nobleza, de la “aristocracia”. El autoproclamado “gobierno de los mejores” hace una sangría purgativa de la que sale reforzado. Habrá que comprobar en qué sentido la élite europea se consideraba “mejor”. ¿Recordamos? Si el ser humano va peor, alguien en el mundo va mejor. ¿Quién? Los “mejores” (aristos) que gobiernan.

De este contexto de finales de XVIII surgirá la primera pretensión explícita de centralización de poder ¡mundial! El Imperio Napoleónico fue un ensayo de algo que años más tarde el Imperio Británico consiguió: la “unión europea”. Lo que Napoleón no consiguió militarmente, las élites financieras europeas lo consiguieron a través del Banco de Inglaterra en 1815.


Sin embargo, la “unión europea” data de este contexto pre-decimonónico, al menos como pretensión, como plan común de una misma élite, como plataforma imperial de control de todo. ¿Todo? Sí: todo; todo el mundo, o -al menos- lo que esta “aristocracia” entendía como “mundo”. Esa pretensión que quizá suene exagerada a ciertos oídos, era (es) el objetivo explícito del espíritu moderno que alcanza la mayoría de edad en este contexto.


“La Gran Obra De Todas Las Eras”: Una “era revolucionaria” quiere comenzar a finales del siglo XVIII. ¿En qué se traduce ese espíritu revolucionario? En mares de sangre. Múltiples conflictos de una violencia inédita se irán a desarrollar a partir del macabro cántico de “libertad, igualdad y fraternidad”. Guerras de unas naciones contra otras naciones, guerras dentro de la misma nación, guerras por una nación que tan siquiera existe. Así, la violenta era moderna seguirá con la costumbre europea de guerra continua, sólo que ahora se aumentarán los niveles de intensidad, destrucción y absurdo. Guerras de norteamericanos contra ingleses, ingleses contra franceses, franceses contra españoles, todos contra todos... se desarrollarán como horrores sin sentido que hoy en día la historia oficial registra y valora como asépticos y necesarios “hechos históricos”. Pero, ¿quién llevo a cabo estas guerras, estas revoluciones, estos “episodios nacionales”? ¿Quiénes hicieron posibles las horribles guerras europeas que inauguran la era moderna? ¿Las naciones? No: las naciones no son nada salvo instituciones sentimentales (“el sentimiento nacionalista”), sin cuerpo, ni forma, ni poder fáctico. ¿Los pueblos?Tampoco: los pueblos bastante tenían con sobrevivir, y participar en contiendas cuyo origen siempre ignoraban, como respuestas mecánicas a arengas revolucionarias que venían por cuenta de la burguesía. Ni tan siquiera en las “revoluciones populares”, el pueblo se movilizaba a sí mismo; tan sólo ejercía como una “división” más bajo el poder militar. ¿Los militares, entonces? Ni siquiera ellos: el poder militar es un grupo de profesionales que ejecuta órdenes desde la ceguera intelectual que el “régimen militar” exige. Los militares hacen las guerras, sí, pero tan sólo por el sueldo de su profesionalidad y la cobardía de la obediencia militar. Por lo tanto, ¿Quién articula las guerras? ¿Quién hace posible guerras que ningún ser humano quiere? ¿Quién activa el interruptor de la usadísima maquinaria de guerra moderna?

Pues aquellos que ganan con la guerra, que “mejoran” con la guerra, que “van bien” siempre que la humanidad sufra. Estos sólo utilizan el campo de las naciones, los pueblos y los ejércitos como un simple tablero de ajedrez. ¿Cómo ejecutan esa partida? A un obvio nivel de operaciones, con los gobiernos, los grupos financieros, y los servicios de inteligencia; a un nivel de profundidades, a través de una red de sociedades y grupos de poder esquizofrénicamente enrevesada.

Ya en pleno siglo XVIII, las élites europeas se proyectaban a través de logias francmasónicas de un poder e influencia que incluso la historia académica admite. La Gran Logia de Inglaterra tuvo que reconocerse en 1717 debido a su gran poder demasiado evidente, y a su numerosísima membresía. En Francia, la logia Gran Oriente participó activísimamente en la organización revolucionaria. En Estados Unidos, tras su independencia, los francmasones norteamericanos fundaron su propia Gran Logia Americana, independiente de la logia madre inglesa, pero comportando el Rito de York y el Rito Escocés. En Alemania, el sistema de la “Estricta Observancia” (siguiendo también la ritualística escocesa) se estableció como una compleja red de órdenes interconectas (e incluso, rivales entre sí) que supone ser el contexto datable del proyecto europeo de gobierno mundial.

1776: En este caldo de cultivo de multiplicidad de logias y grupos de poder, hubo una figura que consiguió agrupar a gran número de ellas (al menos a las más poderosas) alrededor de una orden. Adam Weishaupt fue un “intelectual” (uno más, no especialmente brillante) de un contexto académico que -ya por aquel entonces- se hacía llamar “iluminismo”. Weishaupt tuvo una extensa formación jesuita, y fue alumno también del filósofo judío Mendelsohn. Weishaupt –quizá por medio de Mendelsohn- consiguió introducirse en las logias centroeuropeas más importantes, y a través de sus contactos, formó una orden nueva (¡una más!) que pasó a llamarse la Orden de los Iluminados de Baviera o “Los Perfeccionistas”. ¿Qué diferenciaba esta orden de otras? Pues que era una orden con fines estrictamente políticos, y que alrededor de ella se encontraban las familias financieras, la cúspide militar, y los nobles más poderosos de Europa. La Orden de los Iluminados de Baviera no era una sola logia, sino una intrincada red de logias y sociedades secretas que incluían nobleza, familias financieras, servicios de inteligencia, e incluso literatos y artistas. Esta selecta membresía se consiguió a través de una vomitiva guerra de intereses cruzados, coacciones y chantajes que se perpetraban a través del dinero, el sexo, o las influencias familiares.

Como casi todas las órdenes de este tipo, el objetivo oficial de la orden era “mejorar la vida del ser humano y llevarlo a su plenitud” (De nuevo, alguien que habla de “mejorar al ser humano”...) Por supuesto, los medios de esta “mejora” no resultaban ser muy felices para el género humano: guerras, terror, conflictos, golpes de estado... eso sí: por el “bien” del ser humano. Por suerte, el verdadero programa de la macro-orden lo conocemos –aunque mutilado- gracias a un documento de mediados del siglo XIX, que expone los objetivos de los Iluminados de Baviera. Sin duda, se trata de un documento fragmentado con paralelismos con otros documentos de otras logias y sociedades del mismo contexto político. No obstante, la enunciación de algunos puntos resulta interesante para esquematizar el programa global (así como para introducir la exposición que se hará en los siguientes capítulos de este libro). Algunos de esos objetivos de la élite europea escondida tras la orden de Weishaupt incluía (se cita textualmente el documento en letra cursiva):


“(...) Ser el dueño de la opinión pública y sembrar la discordia, la duda y puntos de vista opuesto para que los seres humanos, perdidos en esta confusión, (...) se persuadan de que es preferible no tener opinión personal.” (Obsérvese que se hace referencia a “seres humanos” como algo ajeno al redactor del texto).


“Es necesario atizar las bajas emociones del pueblo y crear una literatura obscena, insípida y repugnante.” (Quién no haya entrado en una librería de un centro comercial del siglo XXI, quizá no entienda este punto. Se hablará sobre ello en el Capítulo 12)


“El deber de la prensa es el de mostrar la incapacidad de los no iluminados en todos los dominios de la vida (...).” (Léase después el Capítulo 13).

“Exacerbar las cobardías humanas, todos los malos hábitos, las pasiones (...) hasta un punto en el que reine una total ignorancia entre los seres humanos.” (Téngase en cuenta esta frase a lo largo de toda la lectura del libro)


“(...) Guerras, privaciones, hambre y propagación de epidemias deben agotar a los pueblos, hasta el punto en el que los seres humanos no conciban otra solución que someterse (...)” (Recuérdese esto para cuando se llegue al Capítulo 10)


“Es necesario acostumbrar a los pueblos para que tomen la ilusión del dinero como verdad (...), a satisfacerse con lo superficial, a desear solamente conseguir su propio placer (...)” (Se leerá sobre esto en el Capítulo 4)


“Una vez que la sociedad esté depravada, los seres humanos perderán toda fe (...) (Se desarrollará este objetivo infrahumano en el Capítulo 8)


“(...) se buscará la destrucción de la familia (...)” (Algo se dirá al respecto en el Capítulo 3)


“Es necesario deshabituar a los seres humanos a pensar por sí mismos. Les daremos una enseñanza basada en lo que es correcto, y ocuparemos sus mentes en contiendas oratorias que no pasan de simulaciones.” (Esperemos hasta el Capítulo 12 y 13 para saber más)


“Por lo tanto, es necesario repetir incesantemente a los ciudadanos la Doctrina (...) para que permanezcan en su profunda inconsciencia.” (Se hablará de esa “inconsciencia” en el Capítulo 11)

“Para dominar el mundo es necesario (...) desmontar los pilares sobre los que reposa toda verdad (...)” (Esta es la tesis de la “doctrina” que se expondrá en elCapítulo 4)


“Es necesario sembrar la discordia, las perturbaciones y las enemistades por todas las partes de la tierra, para que los pueblos aprendan a conocer el miedo.” (Esto introduce lo que se verá en el Capítulo 6)


“El poder monetario debe alcanzar (...) la supremacía en el comercio y la industria, a fin de que los industriales aumenten su poder político por medio de sus capitales. Aparte de los Iluminados, todos los otros no tendrán nada en posesión” (Los mega-grupos bancarios del S XXI y la población mundial
hipotecada pueden decir algo sobre el éxito de este punto...)


“Una educación basada en una doctrina falsa y enseñanzas erróneas embrutecerá a los jóvenes (...)” (Se desarrollará el éxito de este punto en el Capítulo 9)


Y termina: “Todos estos medios llevarán a los pueblos a pedir a los Iluminados que tomen las riendas del mundo. El nuevo gobierno mundial debe aparecer como protector y benefactor de todos ellos que se sometan libremente a él”.


¿Revelador? Este texto –en todo caso- se escribió muy lejos del comienzo del siglo XX, y el momento actual del XXI ilustraría el éxito de muchos de los objetivos aquí expuestos. La autoría de este documento se atribuye al propio Weishaupt, aunque esto resulta discutible. En cualquier caso, la individualidad que esté detrás de la declaración escrita del programa es una cuestión irrelevante cuando los mismos grupos de poder trabajaron –obviamente- bajo una agenda con directrices comunes. La Orden de los Iluminados de Baviera no es sino un concilio de las logias francmasónicas y sociedades secretas que ya existían en Europa, y que compartían finalidades (aunque entre ellas existieran feroces rivalidades a niveles subordinados). La datación oficial de la fundación de la orden fue 1776, pero ésta operaba mucho tiempo antes, y las logias y sociedades que acogió en su seno también existían hace mucho (en ocasiones, muchísimo) tiempo. (Consideramos inoportuno exponer aquí la historia de estos grupos, pues además de ser una fastidiosa tarea, es menos provechosa de lo que parece). La fecha (1776) y el nombre de la orden respondería más a numerología y simbolismos cabalísticos, que a fundaciones históricas. Lo que más nos interesa de la fecha es que, a partir de este contexto histórico, la élite europea se agrupa alrededor de un proyecto común. Este congreso de la “aristocracia” europea se materializó en Wilhelmsbad, en 1782, donde acudirían representantes de toda la nobleza europea y de las más poderosas familias financieras: Saxe-Coburg, Orleans, Brunswick, Saint-Germain, Knigge, Mirabeau, Mountbatten, Thurn und Taxis... Uno de los asistentes de este gran conciliábulo francmasónico, el Conde de Vireu, escribió en sus memorias sobre el plan tratado: “Solamente puedo decir que es mucho más serio de lo que se puede imaginar.”


Siete años después de esta reunión, Europa estaba completamente patas arriba; comenzaba la “era de las revoluciones”. El Imperio Napoleónico abría con el siglo XIX, la presentación explícita del plan europeo de la fuerza infrahumana: más guerras, más sangre, más centralización de poder político. Este primer paso en el programa resultaba ser un prototipo de “unión europea”, pero Napoleón es frenado militarmente con las guerras financiadas por una familia de usureros de origen judío cercana a Weishaupt y presente en Wilhelmsbad, los Rothschild. A través de la caída napoleónica en 1815 y la correspondiente victoria británica (ellos sufragaron a ambos bandos), la dinastía Rothschild conseguía un poder económico hasta la fecha desconocido. A través del Banco de Inglaterra, Europa está bajo el control económico de los grupos financieros del linaje del “escudo rojo”.


El centro de esta “proto-CEE” (Comunidad Económica Europea) es Londres, y más concretamente la City of London, donde estaban (están) asentados los grupos financieros que hacen posible el proyecto europeo mundial. ¿Por qué “mundial”? Porque la pretensión es el gobierno mundial: los estados europeos se lanzan a una carrera imperialista, y Reino Unido sacará ventaja en dicha carrera. Como si fuera la herencia de un huerto, los estados europeos se reparten el mapamundi a través de las “colonias”. Sin embargo, el colorido puzzle de las fronteras imperialistas decimonónicas no deben distraernos del éxito de la primera etapa del proyecto global: el dominio mundial es único, el dominio mundial es europeo. Los diferentes estados europeos parecerán encontrarse a la greña en inacabables conflictos, sin embargo, en un nivel superior, la élite europea consigue el total control político, económico y militar del mundo a lo largo del siglo XIX. Saquean África, corrompen a las tierras musulmanas, devastan Asia, ultrajan India, narcotizan China... y lo que engloba todo esto y resulta de suma importancia en esta historia: atacan violentamente a todas las tradiciones orientales dejándolas maltrechas, mutiladas, o completamente destruidas.


En América, la estrategia es la misma en contenido, pero bien diferente en las formas. El programa europeo requiere el dominio de un estado clave a nivel geoestratégico y de recursos: Estados Unidos. La independencia de los Estados Unidos duró poco si es que en algún momento fue. Los grupos financieros europeos citilondinenses utilizaron a la marioneta de Alexander Hamilton, que creó el First Nacional Bank of United States. La invasión imperialista británica en Estados Unidos no necesitaba ser militar, sino económica. Además, tras las guerras napoleónicas, la casa Rothschild encontró el segundo “negocio del siglo” en poco más de cuarenta años: La Guerra de Secesión Norteamericana que comenzó en 1861. La masacre mutua del pueblo norteamericano supuso una auténtica “gallina de los huevos de oro” para los grupos financieros europeos, los cuales se aseguraron el control absoluto del gobierno federal de los Estados Unidos. Para garantizar ese control, la city londinense se hizo de una serie de leales agentes que trabajaron al otro lado del Atlántico con admirable eficacia: JP Morgan, Khun Loeb, August Belmont... Esta invasión económica culminó con éxito a través de la creación de la Reserva Federal en 1914, año en el que comenzaba en Europa la siguiente etapa del programa.

Y mientras la élite europea controlaba el mundo a través de guerras, sangre y deudas económicas, ¿Cómo se controlaba a sí misma la Europa decimonónica? Pues con más guerras, con más sangre, y con más deudas económicas. Weishaupt muere en 1830, pero los grupos de poder a los que servía no le echaron mucho en falta: inmediatamente se sirvieron de otros personajes para dar cuerpo al entramado de sociedades secretas y programas políticos: Giuseppe Mazzini, Friedrich Engels, Pierre-Joseph Proudhon, Karl Marx... éste último, un judío alemán escribió –en la misma Londres- el “manifiesto” ideológico clave en la etapa del plan que comenzará con el siglo XX. El mismo Marx –así como Mazzini, así como Albert Pike, así como otros- conocía con detalle, la agenda preparada para el siglo XX: más revoluciones aún más sangrientas, más conflictos civiles, más sufrimiento, más guerras aún más destructivas (incluso, “mundiales”), y más degradación, humillación y aplastamiento de lo humano en nombre de la “libertad”, la “igualdad”, la “fraternidad”, el “internacionalismo”, la “nueva humanidad”, y otras coartadas. El “fantasma que sobrevolaba Europa” fue invocado por Marx y Engels en la propia Londres. Sin embargo, fue en la fría y lejana Rusia de los zares donde el espectro se materializó en una espantosa revolución. Esto supone ser importante en grado sumo: la fuerza infrahumana adoptó un dualismo bajo dos formas de vida diferentes; la una materializada en “comunismo”, la otra espectral pero igualmente presente en algo que difusamente se haría llamar “socialismo”. Una estará condenada al fracaso como sistema político dictatorial impuesto por la fuerza, otra podrá perpetuarse indefinidamente a través del disimulo y el sigilo. Una estará representada –en principio- por los soviéticos y su sanguinario revolucionismo –que aspirará (sin éxito) a ser “permanente” (Leon Trotsky); la otra estará representada por la Sociedad Fabiana y su pérfido “evolucionismo” –que aspirará –con éxito- a ser “científico” (Charles Darwin y Francis Galton). Este dualismo resultará muy útil para la etapa abierta del siglo XX, la cual se expondrá a lo largo de este libro como el trampolín hacia el momento presente en donde el gobierno mundial y el control absoluto del ser humano –individual y colectivo, físico y psicológico, consciente e inconsciente- es un hecho.

Esta resulta ser la síntesis y la contextualización del proyecto global que encierra el Novus Ordo Seclorum. Dicho todo esto, nos consta que es necesario formular una cuestión que desprograme ciertas tendencias viciadas de pensamiento, y desbloquee estrecheces mentales que no permitirían avanzar en la lectura de este libro.

¿Quién habló de “conspiración”?

Tras esta breve exposición, es probable que algunos lectores digan en este momento: “¡Ah, se trata de una teoría de la conspiración!”. Unos se lo dirán como mecanismo de descrédito de dicha exposición, y otros se lo dirán para clasificarla dentro de una información que consideran “interesante”. ¿Por qué? No falla: ante ciertos nombres, ciertos datos, ciertos personajes, un gran porcentaje de lectores modernos piensa en el término “conspiración”. Lo curioso de todo esto es que en este libro, la palabra “conspiración” no ha aparecido. Nadie ha dicho nada de una “conspiración”. Y sin embargo, detractores y seguidores de la llamada “teoría de la conspiración” habrán catalogado de antemano el contenido de este libro a través de dicho término. ¿Se sabe qué es “conspiración”? Resulta obvio que el moderno identifica algo como “teoría de la conspiración”: actualmente se trata de un “género literario”, de un “género documental”, e incluso una “sección periodística” que el hombre moderno dice seguir o rechazar. De la misma forma que a uno le gustan las revistas femeninas y a otro las novelas sobre vampiros, a otro le gusta la “teoría de la conspiración”. De la misma forma que a uno le gusta el canal “Historia” y a otro los documentales de animales salvajes, a otro le gusta la “teoría de la conspiración”. De la misma forma que a uno le gusta la información deportiva y a otro la CNN, a otro le gusta la “teoría de la conspiración”.

Este libro no está interesado en esta variedad de “gustos” de la modernidad. Por nuestra parte, nos limitamos a usar las palabras con un rigor que detractores y seguidores de las “teorías de conspiración” acostumbran a despreciar. No hablamos ni hablaremos de conspiración porque no hay conspiración. ¿Qué es “conspiración”? Según la máxima autoridad de la lengua que estamos manejando, es “unirse varias personas contra su superior o soberano”. Teniendo en cuenta esta definición, el Novus Ordo Seclorum sería lo opuesto a una conspiración. Aquí no hay dos o más sujetos con anhelos subversivos, ni existen pretensiones de alcanzar el poder. No. Aquí hay un único poder desarrollándose sin ningún tipo de oposición, manifestándose tal y como es a lo largo de la historia reciente. Nunca insistiremos lo suficiente en asegurar que la fuerza que articula el Novus Ordo Seclorum es un único poder que ha gobernado al ser humano a lo largo de lo que él llama “historia”. Sólo existe un Establishment perpetuándose en una ambición de crecimiento permanente. Por lo tanto, actualmente, no hay posibilidad alguna para una subversión, ni para una oposición, ni muchísimo menos para una conspiración. Es por ello por lo que no usamos esa palabra, porque no se puede ceñir a la realidad que este libro aborda.


Y sin embargo, nos consta que algunas lecturas de este libro se harán desde esta perspectiva basada en dicho término. Estas lecturas no nos interesan ni poco, así como las críticas que pueden surgir de ellas, tanto las favorables como las negativas. Los detractores del “género conspiratorio” seguirán en la comodidad de una concepción del mundo, mitad película de Hollywood, mitad cuento infantil para antes de irse a dormir. Los seguidores del mismo género seguirán culpabilizando a los judíos, a los masones, a los arios, a los norteamericanos, a los ingleses, a los comunistas, a los extraterrestres... y evadiéndose de su responsabilidad humana. ¿Se puede dejar más claro? Nadie tiene la culpa del Novus Ordo Seclorum; ninguna nacionalidad, raza, familia u otro tipo de colectivo puede ejercer de chivo expiatorio de un proceso tremendamente complejo que involucra a cada uno de los seres humanos. ¿Se puede dejar más claro? Nadie conspira nada; sólo la propia desidia y pereza del ser humano ganando terreno a la hora de interpretar la verdad de una manera íntegra. ¿Se puede dejar más claro? La única teoría que resulta válida es la que conduce a la práctica de la responsabilidad individual de cada ser humano para con sus semejantes. Está claro: no hablamos de conspiración, no hay conspiración. Invitamos a los lectores que no puedan renunciar a su adhesión (positiva o negativa) a este término, que interrumpan la lectura de este libro con el punto que cierra esta frase.


“Yo, como ser humano, soy responsable de la situación.”: Ninguna lectura de la historia (oficial o alternativa) resulta provechosa si no participa en una toma de conciencia de la responsabilidad del ser humano como individuo. La investigación que busque culpar de una situación lamentable va a resultar siempre estéril: nadie tiene la culpa. En el caso particular del Novus Ordo Seclorum, sus implicaciones sorprendentes e intrincadas van mucho más allá de la política, la historia, o la economía, e involucran a cada hombre y mujer, a su manera de operar con sus semejantes, a la forma de interpretar su vida. Por supuesto que en un proyecto siempre habrá ideólogos, apologistas, artífices con nombres y apellidos (muchos infames, muchos criminales, muchos despreciables – y aquí se expondrán-), pero, en un proyecto global, la responsabilidad recae en todos los involucrados. El rol de víctimas, defensores, negadores, resistentes, colaboradores... no tienen valor verdadero en este caso: todos los seres humanos son –cada uno individualmente- responsables de una situación que primero deben conocer con detalle, para después asumir dicha responsabilidad. Es el propio ser humano quien está seriamente amenazado. De nada sirve denunciar, pues no habrá autoridad a la cual llevar a los presuntos culpables. De nada sirve juzgar, pues no habrá jurisprudencia competente para este monstruo. De nada sirve gritar un victimismo que sólo los verdugos podrán oír. Es cada ser humano individual quien tiene que comprender los reflejos y correspondencias entre lo general y lo particular. El Novus Ordo Seclorum supone la degradación del principio (dharma) aprovechado por la fuerza infrahumana para establecerse; es el propio ser humano individual quien debe (sí: verbo deber) comprender su responsabilidad individual (en sánscrito, el término que encerraría esta responsabilidad completándola sería “svadharma”). Si la lectura de este libro no ayuda al lector a conocer su propio svadharma, este libro no vale para nada.


El primer paso para esa toma de responsabilidad es abrir los ojos a lo que nos rodea. Tras ese primer paso, lo primero que se verá, será lo más obvio. Se encontrarán una serie de instituciones incuestionables que configuran una forzada y antinatural estructura a nivel político, militar, social, psicológico y económico. Esta estructura resulta ser tan sólo la punta del iceberg del Novus Ordo Seclorum, pero también supone ser lo que el ser humano –tras su despertar- tiene como punto de partida desde su percepción individual y actual. El hombre moderno puede encontrar la correspondencia entre el Novus Ordo Seclorum y su vida particular y cotidiana, a través de lo que le rodea en su día a día: su trabajo, su salario, su “número de identificación nacional”, sus compañeros, sus vacaciones, sus compras, sus problemas, sus fiestas, sus bancos, sus médicos, sus derechos como ciudadano, su crédito hipotecario, su educación, su tiempo libre, su participación electoral, su alimentación, sus partidos políticos, su turismo... absolutamente todo, se refleja en el proyecto global aquí expuesto. Ese punto de partida de la responsabilidad individual para con lo general, supone abrir los ojos a la ordenación mundial que ya en un hecho en el siglo XXI: The New World Order, el Nuevo Orden Mundial.

La ordenación política del gobierno mundial: el Nuevo Orden Mundial


El 11 de Septiembre de 1991, George H. W. Bush, el que era presidente de los Estados Unidos, proclama: “Ya hay un nuevo orden a la vista, un nuevo orden mundial.” El discurso en donde está insertado esta frase, así como el aparente absurdo de proclamar esto en aquella reunión, como el tono, la fórmula, los términos, la fecha... indican que esta frase no es tan sólo una declaración pública extraída de un discurso político más. Bush es uno de esos linajes norteamericanos emparentados sanguíneamente con la élite europea; su fortuna familiar se hizo
considerable en el S. XIX, principalmente gracias al tráfico de opio y drogas (negocio que fue continuado en generaciones posteriores). El padre de George H.W., Prescott Bush, era un adineradísimo comerciante e influyente financiero internacional involucrado en la industria bélica. Prescott Bush financió directamente la maquinaria de guerra europea en los años cuarenta (del siglo XX), y muy especialmente, el poderío militar de la Alemania nazi. El propio George H.W. Bush participó como piloto en la Segunda Guerra Mundial, y él fue gloriosamente condecorado por su eficacia asesina en el Pacífico. Bush es un nombre relacionadísimo con el núcleo duro del Partido Republicano, así como con la sociedad más cerrada y siniestra de Yale, y así como con el poderoso CFR. Se trata de una importante familia marioneta del Novus Ordo Seclorum, y no es una casualidad que fuera George H.W. quien anunciara el Nuevo Orden Mundial, así, allí, al fin, y de esa manera.


En efecto: a finales del siglo XX, el Novus Ordo Seclorum adquiere un aspecto solidificado, concreto, tangible. Se trata –con rigor- de un “nuevo orden mundial”, como resultado político de la fuerza infrahumana manifestándose triunfante en todos los aspectos del ser humano. Por lo tanto, el New World Order, tal y como se identifica en el siglo XXI, supone ser tan sólo lo visible, lo formal, la punta del iceberg de un proyecto mucho más complejo que un programa político.

Sin embargo, no todos los seres humanos ven ni tan si quiera esa obvia punta del iceberg. Esto se debe a mecanismos de control sobre la población que abordaremos más adelante. Por ahora, para cerrar este capítulo que define y contextualiza el objeto tratado a lo largo de todo el libro, se señalizarán algunos puntos clave en el Nuevo Orden Mundial que ya son un hecho en 2010 (año en el que se escribió este libro). Lo más curioso de todo esto es que un alubión de medios alternativos está anunciando actualmente la tendencia hacia estos puntos ¡cuando ya hace veinte, treinta o más años que se han llegado a cotas de incontestable éxito! “La Gran Obra de Todas Las Eras” no acaba nunca. Está concebida para la perpetuación indefinida, para el eterno “perfeccionamiento”... No obstante, si el lector quiere tener una visión de un estado avanzado y harto postrero del Novus Ordo Seclorum, basta con que abra los ojos al mundo que le rodea y reflexione en los siete puntos que aquí se exponen:


1.- La centralización de poder: Ya hemos visto que, a nivel político, el Novus Ordo Seclorum se manifiesta como un proceso de centralización de poder, ya visible en el siglo XIX. Ese “centro” al que tiende a acumularse dicho dominio político es Europa (y por extensión, el satélite del gobierno federal norteamericano) Se trata del llamado Anglo-American Establishment. Lo más terrible de este proceso de centralización de poder es que éste parece no tener límite: es decir, cuanto más centralizado está el poder, más poder existe para centralizar. Resulta así de paradójico: si los grupos financieros europeos ya controlaban el mundo a mitad del siglo XIX, actualmente lo controlan más allá de su totalidad, más allá de su objetivo inicial, más allá de lo que parecería el propio límite de control. Resulta ser así de aterrador. Las naciones y estados soberanos ya cumplieron su papel en este proceso; por lo tanto, su presencia se reduce a la residual utilidad que aún pueden tener para los grupos de poder transnacionales. En la medida en que carezcan de esa utilidad, los estados y naciones molestan, sobran, resultan ya obsoletas. Es por ello por lo que se iniciaron proyectos de unión transnacional (primero a nivel económico, después a nivel político) de los que hay que destacar la Unión Europea. Existen proyectos semejantes al europeo, pero resulta comprensible que el pionero, y el más explícito y evolucionado, sea precisamente la Unión Europea. Actualmente, las naciones europeas son piezas de un mega-estado que aspira a dominar desde Cabo Finisterre hasta la frontera turca, desde el Círculo Polar Ártico hasta Gibraltar. Esta “unión europea” contemporánea no es sino el sueño de Napoleón, de la casa Saxe-Coburg, de Karl Marx, de Adolf Hitler, y de los politicuchos de Maastricht, hecho realidad: una superplataforma estatal que domina el continente que ha servido (y sirve) de base de los elitistas linajes (la “aristocracia”) que articulan el Novus Ordo Seclorum. La tendencia del resto de continentes será esta misma, y todos esos megaestados –a su vez- colaborarán en una centralización global de dicho poder; el loco sueño de la enfermiza ambición aristocrática ya hecho realidad: el gobierno mundial.


2.- El gobierno mundial y la fuerza militar única: Esta es la pretensión explícita de los grupos de poder europeos: el gobierno mundial. Ya lo era en el siglo XIX, y lo es hoy en día, sólo con una salvedad: la pretensión actual es perpetuar y fortificar dicho gobierno porque ¡el gobierno mundial ya existe! ¡Ya es un hecho!

Algunos ciudadanos que oyen hablar del “gobierno mundial” pueden pensar que se trata de una “profecía exagerada” para un futuro lejano... y sin embargo, todos ellos nacieron bajo dicho gobierno. Toda la agenda desarrollada en el siglo XIX y XX, consiguió por medio de ciertos eventos (principalmente, guerras), una centralización de poder en los grupos políticos que conforman el Establishment europeo-norteamericano. En esta agenda, tuvieron una gran importancia las dos “guerras mundiales” que devastaron Europa por partida doble en menos de cincuenta años. La primera guerra (“La Gran Guerra”) tuvo como consecuencia la Sociedad de las Naciones (1919), el prototipo de lo que tras la Segunda Guerra Mundial se presentaría como ONU (1945). Si una organización de unión transnacional surge con la guerra, ¿quién controlará dicha organización? Pues los causantes de dicha guerra: las minorías que se lucraron, que obtuvieron poder, que se alimentaron con el horror de la guerra. ¿Es la ONU –por lo tanto- el actual gobierno mundial? Por supuesto que no: la ONU es tan sólo una institución (por lo
demás, utilísima) al servicio del gobierno mundial. Éste usará la institución que él mismo ha creado mientras le sea de utilidad. Si puntualmente le resulta inútil, el mismo gobierno mundial desdeñará la autoridad de la institución para sus propios fines (esto ya ha ocurrido múltiples veces; la más reciente el 22 de Mayo de 2003, con el Consejo de Seguridad de la ONU y la invasión de Irak) Esto nos lleva a un tema estrechamente unido al gobierno mundial: el ejército único. Si ya hay un gobierno mundial, habrá una fuerza militar única. Esto es un hecho desde hace mucho tiempo, pero incontestablemente claro y explícito desde el fin de la guerra fría y el colapso soviético. La red militar de la OTAN encabezada por el ejército de Estados Unidos resulta ser la fuerza militar única, incomparable a ninguna otra forma de poder bélico, invencible ni tan si quiera en sueños por otro ejército, y completamente inexpugnable por otra fuerza más o menos militar. Si esto es así, algún ingenuo podría preguntar con razón: si sólo hay una fuerza militar, ¿por qué sigue habiendo guerras? Las fuerzas militares fuera del paraguas de la OTAN desempeñan el papel de enemigo que toda fuerza militar necesita para legitimarse. En última instancia, existe una estrecha colaboración entre ejércitos. Sólo el ejército norteamericano-británico-israelí podría destruir toda forma de civilización con un escaso porcentaje de su potencial. La misma industria bélica que equipa esta maquinaria de horror, se lucra vendiendo los excedentes al resto de ejércitos (nacionales o paramilitares, pertenecientes a la OTAN o “al Eje del Mal”, “legales” o no) Los rudimentarios ejércitos nacionales, las diferentes fuerzas armadas del resto de estados, los soldados que sirven a estados soberanos, grupos guerrilleros o “rebeldes” de todo tipo, harán su trabajo (es decir, la guerra; matar) siempre y cuando su misión sea útil para el interés del gobierno mundial. En otras palabras: Si dos colectivos (estados, ejércitos, naciones, razas, grupos religiosos...) quieren matarse entre ellos, tendrán que pedir permiso a la fuerza militar única para hacerlo; si esta decide que el conflicto es rentable e interesante para su programa (lo que ocurre la mayoría de las veces tratándose de sufrimiento), se declara una guerra: la industria bélica arma a ambos bandos, los grupos financieros internacionales se interesan por la deuda externa que puede dejar el conflicto, y las corporaciones transnacionales y ONGs intentan meter los colmillos en el siempre rentable contexto bélico. Sólo existe un fuerza: la que se alimenta del negocio de la escenificación bélica que tienen que sufrir –claro está- los pueblos. Todo estado, ejército o grupo rebelde que se presenta como “enemigo”, tiene precisamente un papel colaboracionista como “enemigo”, trabaja en el proyecto global como “enemigo”. Si esa misma entidad (estado, ejército...) tiene otro tipo de utilidad o supone un tímido atisbo de resistencia, se soborna (Arabia Saudita, casi todos los estados de América del Sur, muchos africanos como Uganda...), se “golpea” (Chile en 1973, Irán en 1979...), o directamente se devasta (recientemente Irak, en 2003).


No sólo eso: en un mundo con una fuerza militar única, no sólo habrá guerras, sino que habrá muchas, infernales, y –lo peor- inacabables. Con el siglo XXI, se llevó a la exitosa práctica, la teoría de la “guerra permanente”, que ya se conocía bien en Europa, pero que jamás pudo aplicarse completamente. En el siglo XXI, las guerras comienzan... pero no acaban jamás. Se van transformando, se van dividiendo en “etapas”, en “campañas”, en “episodios” narrados por las plataformas de massmedia. El ensayo general de esta teoría de la “guerra permanente” fue (es) el conflicto palestino-israelí. Su práctica definitiva fue la invasión de Afganistán en 2001 (estamos en 2010, y ahí siguen... ¡y seguirán!) e Irak (con una enrevesada guerra que no tiene ninguna aspiración de resolución tras 1.000.000 de iraquíes muertos; sólo mutaciones en conflictos civiles, régimen de terror, y un pueblo acostumbrándose al infierno). En este mundo en “guerra permanente”, se intentará adoctrinar a la población en un esquizofrénico y obsceno eufemismo: ejército = “fuerza de paz”. Aunque cueste trabajo aceptarlo, esta deforme ecuación está calando socialmente, gracias a los “Cascos Azules” de la ONU, y al término de “ayuda humanitaria” (voz de gran importancia en la doctrina que se verá en el Capítulo 4). ¿De dónde salen los repartidores de bocadillos de las Naciones Unidas? ¿Dónde se entrenan? ¿Dónde se han formado y quién ha fabricado las armas que portan para no utilizar? Respuesta a todas estas preguntas: de la misma fuerza militar única, la cual sirve a un gobierno mundial que es un hecho, que no es una abstracción, que no es una especulación teórica. ¿Dónde se articula este gobierno?

3.- La articulación política mundial a través de grupos privados de poder: Al igual que existe un porcentaje de ciudadanos que niegan estas obviedades, los hay quienes niegan la existencia de grupos cerrados de poder que articulan la agenda política global. Los estados “democráticos” son estructurados en un bipartidismo controlado por grupos financieros que eligen los candidatos, imponen el programa, y pagan las campañas. Los regímenes dictatoriales se sostienen en la medida que suponen ser de utilidad para la perpetuación y fortificación del Establishment. Los unos y los otros (los estados “democráticos” y los dictatoriales) son tan sólo piezas de ajedrez en una partida transnacional con el jaque mate a la vista. Estos grupos transnacionales de poder son cerrados, privados, y –en la medida de lo posible- secretos. Resultan ser los herederos de aquellas sociedades europeas decimonónicas (que vimos con Weishaupt), que se desarrollaron a lo largo de la primera mitad del siglo XX (Thule, The Round Table, The Golden Dawn, Vrile...), y que hoy se atreven a presentarse como
grupos no gubernamentales. La historia de dichas sociedades no interesa tanto como la obviedad de su existencia y poder. Su historia es enrevesada, confusa, y contaminada por una malintencionada desinformación. Sin embargo, su existencia y poder son innegables, incluso por ellos mismos: El Grupo Bilderberg data de 1954, y se tienen registradas y comprobadas 57 reuniones desde esa fecha. El Club de Roma se formó en 1968 y su membresía incluye las mismas calañas que incluye Bilderberg: nobleza, alta política, cúspide militar e inteligencia, finanzas, directiva corporativista, massmedia, “ambientalistas” varios... Algunos miembros de estos clubes, pertenecen también a la Comisión Trilateral, organismo que incluye a grupos políticos, militares, financieros y corporativistas de Japón, la Unión Europea y Estados Unidos. El núcleo norteamericano de la Comisión Trilateral conforma gran parte del CFR, grupo privado de poder que articula la política exterior de la mayor potencia militar del planeta. Estas cuatro organizaciones con membresía común resultan ser los grupos políticos incontestablemente más importantes de la cúspide del Nuevo Orden Mundial. Así es: estos grupos existieron y existen, y su desmesurado poder exigen que ya no sean secretos, que se tengan que camuflar, y que se conozcan los lugares, fechas, y asistentes de sus reuniones. La esplendorosa hegemonía de la élite global permite que nada de esto sea secreto, que todo se presente de modo explícito, descarado, en las propias narices del ser humano.


4.- La acumulación de capital: La consecuencia económica de todos estos puntos es una acumulación de capital que en el siglo XXI alcanza cotas de una obscenidad indigerible. La centralización de poder conlleva una concentración de riquezas aplicable a todos los niveles: continental (continentes riquísimos y continentes pobrísimos), nacional (dentro de un continente, naciones ricas en comparación a otras muy pobres), territorial (dentro de una nación, ciudades “ricas” y áreas rurales miserables), y social (una minoría riquísima –cada vez más rica, cada vez más reducida-, y una masa hundida en la pobreza). Esta situación va muchísimo más allá de cualquier “desigualdad”: se trata del más efectivo, silencioso, y barato medio de genocidio. Se estima que un 2% de la población mundial posee el 50% de la riqueza del planeta. El sistema monetario –desarrollado en ese mismo siglo XIX por los mismos grupos financieros europeos ya nombrados- se presenta en el siglo XXI como inexpugnable, sólido e incuestionable. Los grupos bancarios adquieren –cada año- cotas de poder que crecen exponencialmente. Las corporaciones transnacionales acumulan beneficios comparables (incluso, superiores) al PIB de muchos estados. La inflación ya se ha convertido en un incuestionable “mal necesario”. Actualmente la población paga deudas que sólo podrán comenzar a cubrirse dentro de tres generaciones. Los organismos bancarios internacionales (FMI, BM...) dominan un mercado con tendencia a periódicas “crisis” que petrifican a los seres humanos y fortalecen al mismo sistema bancario. La “deuda externa” perpetua queda garantizada en todos los estados. Si todos los estados tienen “deuda externa”, ¿dónde está ese “exterior” al que todos los gobiernos interiores deben dinero? No está en ninguna parte: los grupos financieros que crearon este sistema de explotación aseguran su hegemonía a través de esta estafa.

5.- La sociedad sin dinero en efectivo: Un objetivo (casi cumplido) relacionado con esta acumulación de capital, resulta ser la sociedad sin dinero en efectivo. Esto resultaría ser el éxito definitivo del sistema bancario a nivel social. Muchos ciudadanos pueden opinar que se está lejos de ese éxito, y sin embargo, gran parte de las compras que actualmente realizan (si es que son tan privilegiados de aún tener poder adquisitivo), las realizan a través de sus tarjetas de crédito. Los movimientos monetarios de mayor importancia se llevan a cabo a nivel electrónico, y –ya hoy- el dinero en efectivo sólo existe como medio para residuales movimientos de personas físicas (“tomar un café”, “comprar el periódico...), el comercio doméstico (leche, pan, huevos...), y tráficos clandestinos (principalmente, drogas). De estas tres utilidades del “cash”, sólo la última se presenta como una dificultad para implantar la sociedad sin dinero en efectivo. Las autoridades de los diferentes estados modernos están –ahora mismo- fomentando el uso de monederos electrónicos, tarjetas de débito, tarjetas de clientes... publicitándolas como más “prácticas”, más “seguras”, más “cómodas”. En el Nuevo Orden Mundial, quien tenga la “suerte” de disponer de dinero, lo hará a través de chips que primeramente se encontrarán en tarjetas siempre presentes en la cartera del ciudadano, y que posteriormente pasarán a estar en el propio cuerpo, en lo más íntimo del ser humano, bajo la piel. Esto nos lleva a otro punto de vital importancia, también de imparable desarrollo actual.


6.- El fin de la vida privada: A algunos les puede sonar exagerado escuchar que la “destrucción de la familia” es el principal objetivo social del Novus Ordo Seclorum. Así es: cualquier estructura humana tiene como base la institución familiar; si un proyecto “secular”, contratradicional, e infrahumano quiere imponerse, resulta comprensible que la familia sea una institución a destruir. Evalúe el lector con honestidad –en el entorno que tenga más a mano- la salud de la institución familiar: matrimonios basados en mentiras, hipocresía, separaciones, divorcios, paternidades ausentes, maternidades sin paternidades, incomunicación, infancias en soledad, ausencia de cohesión y estructura familiar, matrimonios no consumados... ¡e incluso matrimonios gay! La familia moderna no es sino el maltrecho residuo superviviente de un proceso de destrucción institucional de base social. El objetivo está claro y su éxito está a la vista: la destrucción familiar como unidad de desarrollo del ser humano.

También puede parecer exagerada la situación que Aldous Huxley plantea en su “Brave New World”: seres humanos gestados y criados lejos de sus padres, con una crianza y educación bajo control del Establishment. Esto no es literatura: los Huxley estaban involucradísimos en grupos de poder elitistas, y conocían las agendas tecnocráticas. ¿Niños criados por el Establishment, lejos de sus padres? No es ciencia-ficción: en las familias modernas actuales, los padres (los dos, el padre y la madre) necesitan trabajar más de cuarenta horas semanales; los niños tienden a entrar en las guarderías y escuelas siendo lactantes (cada vez antes); la escolaridad lleva cada vez más tiempo semanal, tendencia que los padres agradecen porque resuelve su problema de “falta de tiempo” fuera de la jornada laboral; el tiempo excedente en el “hogar”, el niño lo pasa solo o mal acompañado: TV, internet, videojuegos...; la educación “extraescolar” recae en plataformas de massmedia que cuidan de los niños mientras los padres trabajan; el “hogar” se convierte así en una plataforma de educación del Establishment de alta tecnología (TV digital a la carta, LCD, internet de alta velocidad, Playstation, canales temáticos de televisión...) Esta exagerada situación es el riguroso presente del mundo moderno, y –muy probablemente- en los próximos años se acelerará la tendencia hacia el concepto familiar huxleyiano.


Esta destrucción de la familia tiene, como manifestación en el terreno social, el fin de la vida privada. Este objetivo también se encuentra actualmente en un estadio harto avanzado. Todo movimiento físico internacional queda registrado en mega-bases de datos de control migratorio. Todo movimiento económico está registrado por los mecanismos de control del sistema bancario (tarjetas de créditos, cuentas...) Los censos poblacionales se perfeccionan con registros electrónicos de huella digital. Toda comunicación interpersonal (tanto
telefónica, como por email) es susceptible de ser espiada a través de los medios que controlan las diferentes plataformas de comunicación (corporaciones telefónicas, servidores de internet, google...) Todo movimiento dentro de las metrópolis modernas es –ya, hoy, actualmente- registrado por sistemas de cámaras cada vez más sofisticados. Todo comercio, hospital, ministerio, universidad... están vigilados por personal, videocámaras y escáneres que se ocupan de nuestra seguridad. Todo trabajador corporativista está siempre localizado gracias a dispositivos de telefonía móvil operativos las 24 horas del día. Toda región del globo puede ser mapeada vía satélite a tiempo real. Los pasos aeroportuarios se blindan con escáneres del iris del ojo (“Los ojos son el espejo del alma”), con escáneres biométricos de la fisonomía del rostro (“La cara es el espejo del alma”), y escáneres de rayos X que literalmente desnudan al hombre moderno (“el cuerpo es una tumba para el alma”).


Actualmente, el fin de la vida pública sólo requiere integrar los medios de control en el mismo cuerpo del ser humano a través de chips biotecnológicos que ya existen, que ya están probados, y que ya están operando. ¿Otra exageración, también? No: otra realidad del presente. Chips RFID ya han sido testados en familias voluntarias. Mientras se desarrollan los ajustes y los perfeccionamientos tecnológicos pertinentes, esa misma tecnología ya está siendo aplicada en tarjetas de identificación nacional, pasaportes digitales, vehículos, camiones, empresas de transporte, sistemas de rastreo policial, niños susceptibles de secuestro, mujeres maltratadas, animales domésticos... Esta serie de amenazas ya materializadas nos llevarían al séptimo punto en este resumen del proyecto global del programa político del New World Order, el cual encerraría todos los precedentes, y resulta ser el que a este libro le ocupa.


7.- El proceso de deshumanización: Ya en su definición, señalamos al ser humano como el infeliz protagonista del Novus Ordo Seclorum, y este protagonismo también se refleja en el terreno político y social. En el Nuevo Orden Mundial, lo humano existe en la medida en la que esto aún resulta útil. En otras palabras, el ser humano deja de ser algo, para servir para algo. Y eso es en resumidas cuentas lo que aquí señalamos como proceso deshumanizador. Este resulta ser el objetivo social que culminaría todo el resto. Sin embargo, esta deshumanización iría mucho más allá de lo social, más allá de lo político, muchísimo más allá de lo filosófico. Se desentrañará en los siguientes capítulos dicho proceso, así como su función de culminación con lo que ya se ha definido como Novus Ordo Seclorum. 

La Danza Final de Kali (PDF)

Exégesis Diario

Redacción de Exégesis Diario

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