La historia de una obsesión: Scott y Zelda Fitzgerald

LA POSTAL 19 de julio de 2018 Por Germán Lev
Zelda Sayre fue señalada por Hemingway y Dos Passos como la causante de llevar a la perdición la vida de Scott Fitzgerald. Esta mujer moderna de La era del Jazz, que bailaba, escribía y pintaba, fue el amor, la obsesión, la inspiración y el mayor desencanto de uno de los protagonistas de la llamada Generación Perdida.
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Scott y Zelda Los Fitzgerald: la pareja de la era del jazz

Incontables personajes femeninos que eran el interés romántico de los protagonistas en las novelas y los relatos de Scott se inspiraron en Zelda. Desde que la conoció, Scott se vio atrapado en la espiral ciclotímica de “la primera chica flapper de Estados Unidos”, como solía llamarla. En los dorados años veinte la pareja tuvo los momentos de mayor felicidad; eran jóvenes, eran célebres y se codeaban con todas las grandes estrellas de la época. Scott conoció a Zelda en 1918 en un baile del club de campo, cuando formaba parte del ejército como lugarteniente y todavía no había publicado ninguna de las novelas que lo harían inmortal. Ese mismo año La Primera Guerra terminó y Scott regresó a Nueva York con la amargura de nunca haber podido demostrar su valor en el campo de batalla. La pareja se comprometió en 1919, cuando Scott tenía veintitrés y Zelda diecinueve, pero el compromiso duró más bien poco, pues rompieron por las grandes diferencias que tenían. Scott quería ser escritor, y por entonces pasaba largas jornadas sentado junto a la máquina de escribir. A Zelda la monotonía la aburría en extremo; ella quería ir a fiestas, codearse con extraños y sacarle el mayor partido a su juventud. Poco tiempo después de la ruptura Scott logró publicar su primera novela, A este lado del paraíso y Zela volvió junto a él para casarse al siguiente año. Fruto de su relación nacería su única hija, Frances Fitzgerald. El matrimonio desde entonces se la pasaría viajando por Europa. Se hospedaban constantemente en hoteles de lujo, dilapidando los adelantos que Scott recibía por sus obras, y con frecuencia eran echados por la puerta de atrás por montar fiestas que se salían de control. Las borracheras con ginebra de Scott son legendarias, así como la inhibición y los cambios de humor de Zelda.

En Francia, Scott comenzó a escribir El gran Gatsby, su tercera novela y la que sería su gran obra maestra. Mientras el escritor se encontraba absorto en la obra, Zelda se enredó en una aventura con un joven piloto Francés. A raíz de esto el matrimonio estuvo a punto de disolverse. Scott plasmó en El gran Gatsby todas sus obsesiones; rememoró su época de mayor felicidad (los lujuriosos años veinte), cuando todavía era joven y tenía todo por conquistarlo. Pero posiblemente lo que más le obsesionaba a Scott, por sobre cualquier cosa mundana y divina, era Zelda. La aventura fuera del matrimonio de Zelda lo desmoronó. En El gran Gatsby se narra el ascenso y caída de Jay Gatsby, un millonario y misterioso magnate que deslumbra noche tras noche a Nueva York con sus fiestas. Montaje que hace con la única intención de recuperar al amor de juventud a la que no ve desde hace cinco años, la frívola y hermosísima Daisy Buchanan (una vez más inspirada en Zelda). La novela pasó desapercibida en Estados Unidos debido a la crisis económica de 1929, que se conocería como La Gran Depresión. Ahora los Fitzgerald tenían que sumar a la lista de preocupaciones un nuevo aditamento, la falta de dinero para seguir manteniendo el estatus de vida. En París conocieron a Hemingway y Scott se hizo muy amigo de él. Por su parte, Zelda no soportaba el machismo pedante de Hemingway y lo tildaba abiertamente de “hada con pelo en pecho” que era más “falso que cheque de goma”. La mala relación que existía entre ambos generó numerosos conflictos en el matrimonio de los Fitzgerald. Scott, por su parte, hizo todo lo posible para promover la carrera de Hemingway, que en ese tiempo era un auténtico desconocido. Le presentó a la reconocida escritora y coleccionista de arte Gertude Stein y hasta se lo recomendó a su editor. Para entonces la esquizofrenia de Zelda era palpable, constantemente sufría recaídas y protagonizaba escándalos. La muchacha flapper había intentado sobresalir en varias disciplinas; ballet, pintura, escritura, pero con ninguna actividad logró hacer carrera. Esto fue, lo que entre otras cosas, precipitó su hundimiento. Finalmente, a partir de los años treinta, Zelda fue yendo y viniendo de un hospital psiquiátrico a otro, mientras que Scott regresó a Hollywood para dedicarse a escribir guiones de películas. Allí conoció a William Faulkner (premio Nobel de literatura en 1949), quien también repartía su tiempo labrando guiones. Scott más de una vez tuvo que ayudar a Faulkner a subirse al taxi puesto que éste tenía la manía de escribir mientras bebía, y terminaba su jornada completamente borracho. Como Scott, Faulkner odiaba tener que desperdiciar su talento escribiendo para Hollywood. Pero en ese tiempo era la única actividad alimenticia a la que podía recurrir un escritor desempleado.

Finalmente el 21 de diciembre de 1940 Scott falleció de un ataque al corazón mientras escuchaba por radio un partido de fútbol. Murió en el departamento que compartía con la periodista Sheilah Graham. Scott jamás se divorció de Zelda, quien por su parte, nunca se recuperó de la muerte de su marido. Zelda falleció ocho años después, en su habitación del asilo psiquiátrico mientras esperaba una terapia de electroshock. Un incendio que se inició en la cocina del hospital se propagó por los pisos superiores matando a nueve mujeres entre las que se incluía Zelda. Scott en una oportunidad le escribió una carta a Zelda donde le decía lo siguiente: "Tu problema, Zelda, es que no te has contentado con beber de la fuente de la juventud. Has seguido asomándote desde el pretil para ver tu imagen hasta que te has caído dentro y casi te ahogas". A lo que Zelda le respondió: "No me asomaba para ver mi imagen. Intentaba sacarte del agua a ti". Los restos de Scott y Zelda reposan juntos en el cementerio de Saint Mary, en Rockville, Maryland. En la lápida se contempla el siguiente epitafio que pertenece a las últimas líneas de El Gran Gatsby: “Y así seguimos empujando, botes que reman contra la corriente, atraídos incesantemente hacia el pasado”.

Germán Lev

Editor, redactor y narrador.

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