El negocio del miedo: El Sistema de Salud moderno y sus enfermos crónicos

DIAPORAMA - RETAZOS 06 de febrero de 2022 Por Exégesis Diario
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La gran salud de la modernidad

"El ser humano sano funciona y produce adecuadamente; el ser humano enfermo deja de funcionar y producir. Los términos industriales “funcionamiento” y “producción” están ligadísimos a otro: “utilidad”. Así, la salud interesará a la medicina moderna en la medida en la que ésta hace que el ser humano se valore como útil. Es por ello, por lo que -incluso actualmente- a un enfermo se le llama administrativamente “inválido”, es decir, etimológicamente, “el que no vale”.

Por Ibn Asad, 2010

Friedrich Nietzsche fue uno de los pensadores decimonónicos más influyentes en su futuro inmediato, a pesar de que él mismo considerara que su obra y su figura “llegaron antes de tiempo”. Nietzsche reclamó obsesivamente de “haber nacido demasiado pronto”, y sin embargo, pocos pensadores pertenecieron a su siglo de manera tan sincronizada. Se trata de un autor moderno; más aún, del autor moderno por excelencia: anunció los advenimientos ditirámbicos que sedujeron después al nazismo y a otras ideologías del siglo XX, se alzó como un grande de la Filosofía Europea a fuerza de “martillazos” sobre esa misma filosofía, combatió la decadencia encarnando él mismo dicha decadencia como nadie, hizo una autopsia de la moral cristiana desde su condición de hijo de reverendo predicador, y despreció la cultura alemana precisamente a través de un uso brillante de una lengua afilada y potente. Friedrich Nietzsche escribía francamente bien... y poco más “bien” se puede encontrar en él: señaló el carácter “diabólico” del “nuevo hombre”, del “superhombre” (Así habló Zaratustra, 1885); anunció lo “terrible”, “dionisiaco”, “excesivo” del porvenir (El Nacimiento de la Tragedia, 1872); dio la tabarra con su relación con Wagner –el músico que pondría banda sonora al nazismo- (El caso Wagner, 1888); y –antetodo- definió su pensamiento de “aristocrático” (El Anticristo, 1888), el cual influyó posteriormente a todo personaje que así se consideraba, “aristócrata”, “élite”, “suprahumano”. Nietzsche es el gran pensador moderno, el gran pensador de los modernos; o con más precisión: es el pensador que piensa por un espíritu –el moderno- que renunció al pensamiento, y que necesita una autoridad postiza para su vacía ideología, aunque sea la aforística obra del gran bigote decimonónico.

Pero, en este caso concreto, Nietzsche nos interesa por la cuestión particular de este capítulo. Él se presentó como el “primer fisiólogo”, el “gran psicólogo”, el “médico” moderno definitivo. Muchos críticos lo valoran como un precursor del  psicoanálisis, y en muchas de sus obras se pueden leer sus teorías sobre una “nueva fisiología”, sobre el “vigor”, sobre la “salud”. Un “nuevo hombre” requiere un nuevo paradigma de funcionamiento fisiológico; un “superhombre” requiere una “gran salud”. Friedrich Nietzsche definió y anunció en 1882, la necesidad de una nueva salud, una “gran salud”. En su “La Gaya Ciencia”, el débil, acomplejado y enfermizo Federico escribió así:

“Nosotros los nuevos, los carentes de nombre, los difíciles de entender, nosotros, partos prematuros de un futuro no verificado todavía, necesitamos, para una finalidad nueva, también un medio nuevo, a saber, una salud nueva, una salud más vigorosa, más avisada, más tenaz, más temeraria, más alegre que cuanto lo ha sido hasta ahora cualquier salud. (...) La gran salud -una salud que no sólo se posea, sino que además se conquiste y tenga que conquistarse continuamente, pues una y otra vez se la entrega, se la tiene que entregar... (...) Y ahora, después de que por largo tiempo hemos estado así en camino, nosotros los argonautas del ideal, más valerosos acaso de lo que es prudente, habiendo naufragado y padecido daño con mucha frecuencia, pero, como se ha dicho, más sanos que cuanto se nos querría permitir, peligrosamente sanos, permanentemente sanos, páresenos como si, en recompensa de ello, tuviésemos ante nosotros una tierra no descubierta todavía, cuyos confines nadie ha abarcado aún con su vista, un más allá de todas las anteriores tierras y rincones del ideal, un mundo tan sobremanera rico en cosas bellas, extrañas, problemáticas, terribles y divinas, que tanto nuestra curiosidad como nuestra sed de poseer están fuera de sí, ¡ay, que de ahora en adelante no haya nada capaz de saciarnos! ¿Cómo podríamos nosotros, después de tales espectáculos y teniendo tal voracidad de ciencia y de conciencia, contentarnos ya con el hombre actual? (...) Un ideal distinto corre delante de nosotros, un ideal prodigioso, seductor, lleno de peligros, hacia el cual no quisiéramos persuadir a nadie, pues a nadie concedemos fácilmente el derecho a él: (...) ideal que parecerá inhumano con bastante frecuencia".

Este poético vómito sobre la “salud” no tiene desperdicio. En efecto, aunque parezca excesiva, la declaración de Nietzsche es rigurosamente cierta: los modernos requieren un nuevo concepto de “salud”, y este tan sólo puede resultar de “la total inversión de los valores” que tanto gustaba al filólogo europeo. En otras palabras: la “gran salud” del moderno tiene como principio a la propia enfermedad. El mismo Nietzsche que escribió de “poder”, de “vigor”, de “salud”, subvivió en un enfermizo ambiente familiar y académico, sufrió de infernales jaquecas y crisis nerviosas desde su adolescencia, deambuló en el aislamiento social, y murió prematura y dolorosamente en la más solitaria locura. El que proclamó la “gran salud”, tuvo una pésima salud, una vida insalubre, una enfermedad crónica que lo dejó majareta a los 56 años. Aunque Nietzsche creyó “estar solo”, él en realidad se encontró muy acompañado: toda la “intelectualidad” del siglo XIX trabajó para alcanzar esa “gran salud” de la modernidad. La medicina decimonónica continuó profundizando en sus investigaciones empíricas, observando, catalogando, diseccionando la “máquina” corporal humana.

Sigmund Freud, un médico –no alemán pero sí austriaco- investigó empíricamente el “funcionamiento psíquico” de histéricas de la alta burguesía: nace el psicoanálisis. La “gran salud de los pocos” que anunció Nietzsche se perseguiría en el campo genético (el agustino Gregor Mendel ya estaba observando sus guisantitos por aquel entonces), en el campo psicológico (Freud y su panda), en el campo racial (Sir Galton y su eugenesia). Los filósofos, los médicos, los biólogos, los genéticos, los eugenistas, los psicólogos, los químicos... en definitiva, los científicos del siglo XIX anuncian con grandilocuencia el nacimiento de un “nuevo hombre” con una salud nueva, una salud científica, una “gran salud”. Habrá que profundizar en la obra de los modernos para saber qué tipo de grandeza es esa, y qué entiende esta gente por salud.

Mientras la ciencia moderna se desarrollaba a lo largo del siglo XIX, la industrialización crecía de la mano de este desarrollo científico. Se trataba de la “era industrial”: un nuevo paradigma de relación con la naturaleza. En el siglo XIX, la naturaleza deja de ser y crear; en el siglo XIX, la naturaleza “funciona” y “produce”. Como materialización de ese funcionamiento y producción se encuentra la “máquina”, como quinta esencia del paradigma industrial. A tal éxito llega la industrialización y sus máquinas, que éste influye en la percepción que el ser humano tiene de sí mismo. La comparación del cuerpo humano con una máquina se interpreta cada vez más adecuada. La “fisiología” estudia “el funcionamiento de la naturaleza”. La “anatomía” estudia el cuerpo humano dividido y estructurado en “sistemas” (sistema nervioso...) y “aparatos” (aparato digestivo, aparato reproductor...).

La misma medicina moderna se desarrolla con este mismo paradigma: el ser humano sano funciona y produce adecuadamente; el ser humano enfermo deja de funcionar y producir. Los términos industriales “funcionamiento” y “producción” están ligadísimos a otro: “utilidad”. Así, la salud interesará a la medicina moderna en la medida en la que ésta hace que el ser humano se valore como útil. Es por ello, por lo que -incluso actualmente- a un enfermo se le llama administrativamente “inválido”, es decir, etimológicamente, “el que no vale”. No es casual que los primeros servicios médicos gubernamentales (los prototipos de lo que más tarde sería la “sanidad pública”) se aplicaran a trabajadores industriales, obreros siderúrgicos y mineros. Los primeros funcionarios públicos sanitarios (médicos, enfermeras...) decidían qué obrero estaba “sano” (es decir, cuál podía trabajar, podía funcionar, era “productivo”), y cuál no. En la era industrial, “saludable” es aquel hombre que puede trabajar, e incluso existe un proverbio común a diferentes lenguas europeas que ilustra todo esto: “trabajar es salud”. Este es el contrato entre el poder político y la medicina moderna; y costará encontrar argumentos para asegurar que actualmente las cláusulas de este contrato han cambiado mucho. Ante esto, los actuales médicos y entusiastas progresistas dirán: “Ah, esto era en el siglo XIX... Ahora es diferente.” Nosotros respondemos: Sí, en efecto; el concepto de salud del siglo XX cambió ligeramente... ¡de mal a peor! Si la salud es el estado propio, natural e inherente al ser humano, en el siglo XX este concepto será robado, apropiado, violado, comercializado y vendido por la industria al servicio de la fuerza infrahumana. ¿Qué ha hecho la modernidad con la salud? ¿Qué entienden las máximas autoridades sanitarias por salud? ¿Cómo la definen? ¿Tienen incluso vergüenza para atreverse a dar una definición? Sí, la tienen; he aquí su vergüenza:

Concepto y definición de salud según la modernidad

Parece innegable que al contemporáneo le “preocupa” la salud: tiene seguros de salud, planes de salud, chequea su salud, hace cosas que le han dicho que son “buenas” para la salud... El ciudadano moderno sólo puede vivir la salud como una “preocupación”, como algo por lo que tener “cuidado” (en inglés, “health care”). Si al ciudadano medio sólo se le permite preocuparse por la salud, ¿quién se ocupa entonces de esa salud? Los trabajadores (en inglés, “occupation”) del área de la salud, las “autoridades sanitarias”, los “profesionales” de la salud. ¿Dónde se autorizan estos profesionales? En la estructura universitaria, la cual se apoya en la ciencia moderna. ¿Cuál es el valor de esta autoridad? Antes de responder a esta pregunta resultaría conveniente cuestionarse si esta autoridad sabría decir sobre qué tiene autoridad, en este caso, la “salud”.

La ONU dispone de una serie de plataformas -a cada cual más infame- que se encargan de áreas específicas de la política mundial: UNESCO (cultura y educación), UNICEF (infancia), FAO (alimentación), UNODC (drogas), FMI (economía)... Si la ONU aspira a representar una institución de gobernación mundial, estas plataformas serían una especie de distorsión extrapolada de la división ministerial del estado moderno. Una de estas plataformas sería la dedicada a la “salud”, la “Organización Mundial de la Salud” (OMS), que antes de la Segunda Guerra Mundial, en la Sociedad de las Naciones, se llamaba “Comité de Higiene”. La palabra “higiene” tomó unas connotaciones un tanto macabras después de la Segunda Guerra Mundial, pues eugenistas (nazis y aliados) acostumbraban a utilizarla con mucha ligereza. Por lo tanto, si el “Comité de Higiene” de la SDN se convirtió en la “Organización Mundial de la Salud” de la ONU, resulta comprensible pensar que la “salud” de la OMS sea equivalente a la “higiene” de principios de siglo XX. No obstante, la misma OMS redactó una “definición” de lo que se supone que a partir de 1948 pasaron a “organizar”:

“Salud es el estado completo de bienestar físico, psíquico y social, además de la ausencia de todo tipo de enfermedad”.

La primera proposición ya nos dice que la OMS concibe la salud como un “bienestar”, y resulta interesante comprobar que esta voz dé después nombre a uno de esos absurdos conceptos sociológicos: la “sociedad del bienestar”. Pero sin duda es la segunda proposición de la definición la que más nos interesa: “además de la ausencia de todo tipo de enfermedad”. ¿Qué necesidad hay de decir esto? ¿Es tan sólo una estupidez utilizar la palabra “enfermedad” para definir la “salud”? Imaginemos a alguien que dice con solemnidad que “la luz es lo que no se ve cuando hay oscuridad”.  ¿Estaríamos ante un idiota? Muy probablemente. Sin embargo, la máxima autoridad sanitaria de la modernidad necesita utilizar la “enfermedad” en la definición de lo que trata. ¿Por qué? Lo que requiere ser “organizado mundialmente” no es tanto la “salud” (que parece que nadie sabe decir qué es), sino las enfermedades. Son las enfermedades las que dan sentido a la existencia de una autoridad sanitaria; sin enfermedades, no habría salud que organizar, y no habría OMS, y no habría todo un Establishment sanitario enriqueciéndose a través de corporaciones farmacéuticas, ministerios de sanidad, universidades, ONG ́s...

¿Por qué la profesión de médico moderno tiene un status social superior a un alfarero, un carpintero o un herrero? Porque la medicina moderna ha sido un gran colaborador en el proyecto de la modernidad, porque el poder político siempre ha contado con ella para sus planes, porque el sistema económico siempre ha cuidado y agradecido su utilidad. La medicina moderna –como el negocio que es- necesita de la enfermedad como el panadero necesita de harina. Si un negocio se optimiza hasta los límites alcanzados en el neoliberalismo que en pleno siglo XXI se pueden evaluar, se comprobará que el interés de la medicina moderna no sería curar, sino hacer la enfermedad crónica, permanente, o –al menos- siempre rentable. El “paciente” se convierte en “cliente” en el momento en el que paga dinero por un servicio médico. ¿Cuántas formas tiene un médico moderno de perder un cliente? Dos: la curación y la muerte. Por lo tanto, se evitarán las dos a cualquier precio. Los tratamientos tenderán a ser prolongados, las altas médicas tenderán a postergarse, y las enfermedades tenderán a hacerse crónicas.

¿Resulta difícil de digerir este concepto de “salud”? Imagínese el lector a un empresario que tiene un negocio de exterminio de ratas en una ciudad. Hay otras dos o tres empresas como la suya en la misma ciudad. Por lo tanto, hay que aplicarse a fondo en la eliminación de las ratas, pues la competencia es grande. El empresario se dedica a matar ratas, e intenta matarlas con eficacia. ¡Pero eso no quiere decir que sueñe con exterminar completamente a las ratas! ¡Eso sería una pesadilla y el fin del negocio! Entendiendo esto, resulta muy factible que si el empresario puede colaborar en la propagación de una plaga de ratas, él lo hará... Todo esto ilustra la importante materia que se aborda a continuación.

La industria farmacéutica

Como mayor exponente de esa comercialización de la salud al servicio de la optimación utilitarista de la enfermedad, nos encontramos a la industria farmacéutica (o quizá con más rigor, a las “industrias farmacéuticas”). La industria farmacéutica resulta ser una “industria”, con un adjetivo calificativo que define cierta peculiaridad (es decir, es “farmacéutica”). No destacamos esta perogrullada por capricho: la industria farmacéutica es –pues ese es su nombre- una industria compañera del resto de industrias modernas (la industria automovilística, la industria bélica, la industria alimenticia...), que comparten una misma estructura de producción, unos mismos objetivos económicos, y una misma función social en la modernidad. No sólo eso compartirán con las otras corporaciones industriales: las familias y nombres propios que se encuentran actualmente en las directivas y juntas de accionistas de las corporaciones farmacéuticas, se encontrarán en organigramas de corporaciones de los más variado (bancarias, automóvil, telecomunicación, petroquímicas...).

Pero, aun compartiendo muchas cosas con sus hermanas industriales, la industria farmacéutica tiene una curiosa característica: produce y comercializa fármacos que –en principio- pretenden mejorar la salud. ¿Ya sabemos qué salud es esa? ¿Tal vez la ya definida por la OMS? Esta peculiaridad tiene como consecuencia tres puntos a tener en cuenta: La industria farmacéutica se beneficia de una colaboración estatal traducida en suculentos fondos públicos que se invierten en la “buena causa” de una industria privada. El segundo punto relacionado con este contrato entre farmacéuticas y poder político- es la gran influencia que estas han adquirido en política. (Por poner un ejemplo, al menos cinco de las mayores farmacéuticas norteamericanas están presentes en el CFR). El tercer punto a tener en cuenta es que todo esto hace que la industria farmacéutica alcance volúmenes de beneficio astronómicos. El lucro neto de las farmacéuticas en 2004 se valoró en 550.000 millones de dólares USA, y en los últimos seis años, los ingresos de la industria crecen anualmente a un ritmo que oscila del 4% al 9%. Sólo la monstruosa Pfizer tuvo un beneficio de 11.360 millones de dólares (2004), y otras como GlaxoSmithKline o Merck le seguirían con cifras parecidas. ¡Vaya negocio esto de las drogas! ¡Vaya cantidades! ¿Qué industria es esta? La que produce y vende “salud” en pastillas, cápsulas, inyecciones, jarabes y supositorios. ¿Alguien adivina cuál es el origen de esta producción industrial?

Origen moderno de la industria farmacéutica

Se puede enunciar con claridad: el origen de la industria farmacéutica es la Europa decimonónica, cuando algunos científicos hicieron las primeras síntesis químicas. En 1828, el químico alemán Friedrich Wöhler se proclamaba inventor de la síntesis química produciendo urea a través de un compuesto inorgánico, el cianato de amonio. Es decir, que el origen de la industria farmacéutica se encuentra en la producción artificial de algo que el ser humano siempre ha encontrado de forma natural en cantidades abundantes: el pis. Desde esa innovadora síntesis, laboratorios alemanes se lanzaron a la investigación farmacológica, dando a luz a los primeros fármacos sintéticos, principalmente analgésicos. El laboratorio Bayer produce en 1885, la acetofenidina, de la que posteriormente derivaría el paracetamol. Bayer también produce en 1889 el ácido acetilsalicílico (aspirina) que convertirán al laboratorio  alemán en un gigante industrial que posteriormente pasará a llamarse IG Farben (y que participará activísimamente en la industria bélica).

Resulta natural: ¿Cuándo encuentran las farmacéuticas un óptimo mercado potencial de enfermedad y dolor? Pues en la guerra. La Primera Guerra Mundial supone la primera gran revolución industrial farmacéutica: la investigación farmacológica se expande de Alemania, a Suiza, Bélgica, Francia, Reino Unido y Estados Unidos. Posteriormente se desarrollan los primeros fármacos anti-infecciones: IG Farben lanzan las sulfamidas, y una serie de laboratorios ingleses comienzan a fabricar la penicilina descubierta años atrás por Alexander Fleming. Howard Florey convence en 1940 a un laboratorio norteamericano para producir penicilina en cantidades masivas (tal y como si se prepararan para una guerra de proporciones inéditas): nace Pfizer, el laboratorio que se lucró produciendo penicilina para la Segunda Guerra Mundial y que actualmente -en 2010- es la corporación farmacéutica más potente del mundo. La Segunda Guerra Mundial (tal y como ocurrió con la eugenesia, la aviación o con los medios de comunicación) resulta ser una alegre fiesta para la industria en general, y para la farmacéutica en particular: en cuatro años se inventa, se produce y se vende lo correspondiente a las anteriores cuatro décadas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, las grandes farmacéuticas se lanzan a una carrera de investigación y desarrollo: antibióticos, antihistamínicos, analgésicos, somníferos, psicotrópicos, anestésicos... Primeramente toda esta investigación se lleva a la práctica con animales con una estructura orgánica semejante a la humana (ratones, perros, simios...). Los ensayos con animales ya delatan la esquizofrenia de la investigación farmacéutica: una empresa que –en teoría- se propone erradicar la enfermedad y el dolor de un ser, produce enfermedad y dolor a otro ser como medio práctico. El despreciable progresista moderno responde a esto: “¡Se trata sólo de animales! ¡Y así se salvan muchas vidas!” Nosotros respondemos: Sí, son animales, y son precisamente esos y no otros, porque su sistema nervioso es prácticamente igual al humano. La propia ciencia moderna donde se apoyan estas investigaciones asegura que la capacidad de sentir dolor de un ratón o un mono, es la misma que la de un ser humano. Sus sistemas nerviosos son casi idénticos. Ellos lo saben, y usan esas semejanzas en sus investigaciones.

La mera investigación con animales bastaría para desacreditar a toda la industria farmacéutica en su conjunto. Sin embargo, aún hay mucho más. Para que una droga pase del ratón de laboratorio al ciudadano, primero se harán unos ensayos sobre “pacientes voluntarios”. Generalmente, esa voluntariedad tiene como base la desesperación, es decir, un enfermo se somete a ensayos farmacológicos porque no concibe otra vía de curarse y porque ignora todo sobre ese “ensayo” al que va a someterse. La industria farmacéutica se aprovecha de esta desesperación para probar drogas a través de sus “ensayos de doble ciego” en hospitales públicos y privados: a unos pacientes les dan la droga experimental y a otros les dan placebo; unos se curan, otros no se curan, otros se mueren... y las autoridades sanitarias hacen sus estadísticas que permitirán en última instancia que un medicamento salga al mercado o no.

Pero incluso con estos ensayos en animales y humanos, se llegan a comercializar monstruosidades que después tienen que retirar del mercado legal. El primer caso de esta vergonzosa comercialización del horror fue la talidomina, un antidepresivo producido en los cincuenta por varios laboratorios alemanes. La talidomina hacía que toda mujer que tomara la droga, tuviera embarazos irregulares, con fetos deformes o amputados. El laboratorio alemán que creó esto, retiró el medicamento en cuanto se comprobaron las evidencias; intentó en la medida de lo posible destruir la información al respecto (sin mucho éxito, pues hoy en día este hecho está muy bien documentado), y continuó con su tarea y la de sus compañeros farmacéuticos: crear drogas y venderlas.

Este desarrollo industrial encontró en la década de los ochenta la tercera gran revolución farmacológica: los agentes quirales. La investigación de vanguardia se centró en estos nuevos fármacos. Si en 1984 el 3% de las drogas producidas eran quirales, en 2009, este porcentaje subió a 77%. Esta revolución nos llevaría directos al momento presente, y al desarrollo de drogas de última generación que actúan profundamente en lo que la ciencia moderna identifica como el sistema nervioso central, en el “eje” (axis) del ser humano, en lo que fuentes tradicionales del tantrashastra identifica como “sushumna”. La existencia de estas drogas suponen ser una desafiante amenaza a la cualidad humana: antidepresivos (fluoxetina, paroxetina...), psico-estimulantes (dexmetilfenidato, modafinil, MDMA...), hipnóticos (eszopiclona, tasimelteon...). Estas drogas y muchas otras nos llevan a la presentación de las seis grandes corporaciones industriales farmacéuticas del siglo XXI, pues los productores de semejante infierno tienen nombre y apellidos.

Las grandes corporaciones farmacéuticas del siglo XXI y sus beneficios

Existirían seis enormes farmacéuticas que es necesario nombrar aquí dado su actual poder económico, tecnológico, -pero sobre todo- político y social. Estas farmacéuticas están en ese continuo movimiento corporativista de fusiones, compras, acciones y creaciones subsidiarias, que involucran a muchas otras empresas. Sin duda, esta lista se podría completar con más nombres, pero consideramos irrelevantes los aburridos movimientos empresariales, comunes –por lo demás- a todo el mundo corporativista. Lo significativo es lo que une verdaderamente a todas las grandes farmacéuticas: sus desmesurados márgenes de beneficios, su influencia (y presencia) en los grupos de poder políticos, y su impacto social tanto en los países donde surgieron (Europa y Estados Unidos), como en países llamados del “tercer mundo” donde muchas operan.

A la cabeza de esta lista se encuentra la ya citada Pfizer, con un beneficio anual estimado en 11.360 millones de dólares (2004), y un crecimiento meteórico en los últimos seis años. Pfizer dispone de fondos públicos de diferentes estados (principalmente Estados Unidos), y cuenta con capital privado de grupos financieros como JP Morgan, Goldman Sachs o Citigroup. Pfizer está representada en el CFR, así como en grupos de poder privados y no gubernamentales tales como Bilderberg, Club de Roma, y Bill & Melinda Gates  Foundation. Opera en más de 110 países con una red de empresas subsidiarias. En muchos de estos países, Pfizer tiene querellas contra la salud pública. La más grave (conocida) y la más incontestablemente documentada, es la que se presentó sobre los hechos sucedidos en Nigeria en 1996. Pfizer montó un campamento de ensayo de una droga llamada Trovan en una zona con brotes de meningitis. En estos ensayos, Pfizer asesinó a 11 niños (al menos) y dejó con graves secuelas irreversibles a más de 200. Tras un litigio lleno de miserables patrañas, Pfizer llegó a un “acuerdo extrajudicial” con las familias de los niños, pagando 55 millones de euros en concepto de indemnización (sobra decir que estas familias eran pobrísimas). Existen más episodios del mismo tipo, sin embargo, Pfizer es popularmente conocida por producir y vender el best seller farmacéutico de finales del XX: viagra, agresivísimo medicamento que toman los hombres modernos que ya poco les queda de “hombres”.

Estrechamente relacionada con Pfizer, se encuentra Wyeth (desde enero de 2009). Se trata de otro laboratorio de origen decimonónico (1873, Philadelphia), que también se hizo de oro a través de la Segunda Guerra Mundial. Sus ingresos anuales superan los 13.000 millones de dólares, y sus beneficios están oficialmente desinflados debido a los enormes fondos que recibe de la administración pública. Se trata también de una supercorporación paraguas que incluye a la compañía más importante en el suministro de café instantáneo de Estados Unidos (WCRC), y una de las grandes corporaciones veterinarias (Fort Dodge Serum Co.). Estuvo muy presente en toda la trayectoria de programas de vacunación masiva en Estados Unidos, y actualmente está en más de 40 países, y –muy especialmente- en India. El paciente ciudadano puede ver a Wyeth en su botiquín, a través de centrum, advil, dristan, y una buena red de marcas de condones.

Otra grande farmacéutica americana sería Merck. Su origen es alemán, pero a principios del siglo XX se asentó en New York. Su desarrollo también lo debe a la Segunda Guerra Mundial y a la post-guerra inmediata. Si Pfizer se enriqueció con una producción pre-bélica de la penicilina, Merck lo hizo posteriormente con otro antibiótico: la estreptomicina. En pleno siglo XXI, Merck tiene unos ingresos de 21.490 millones de dólares, y en 2009 se fusionó con Schering Plough en una de las maniobras empresariales de más envergadura en la historia del capitalismo. Por supuesto, Merck también está representada en el CFR (a través de directivos como Richard T. Clark y Kenneth C. Frazier), y también dispone de capital público y de grupos privados como Rockefeller Foundation, fundación y familia que -a su vez- dieron ellos mismos existencia al CFR. Todas las corporaciones farmacéuticas norteamericanas convergen en los mismos nombres. ¿Y las europeas? Las europeas, también.

GlaxoSmithKline (GSK) sería la gran corporación farmacéutica británica, con un beneficio anual cercano a 8.200 millones de dólares, unos ingresos de 31.377 millones de dólares, y una participación en la sanidad mundial arrolladora: se estima que cada segundo GSK suministra 35 vacunas, cada hora GSK invierte 562.000 dólares en desarrollo, cada día 200 millones de personas se lavan los dientes con algún producto GSK. Está presente en muchos botiquines domésticos a través de su lista de productos estrella, tales como amoxil, geritol, nicorette... GlaxoSmithKline también está representado en el CFR (aun siendo una corporación británica), así como en la Comisión Trilateral, a través de su directivo Deryck C. Maughan. Lo más curioso es que Maughan también es directivo del gigante de la información Thomson Reuters. No sólo eso: otro directivo de GSK es James Murdoch, vicepresidente de otro gigante (aún más gigante) del massmedia, News Corporation. ¿Qué tienen que ver las farmacéuticas con las telecomunicaciones? Otro directivo de GlaxoSmithKline es C.C. Gent, miembro de la junta directiva de Vodafone. ¿Se comprende ahora la fraternidad del corporativismo global? Uno de los hombres clave de GSK es Roy Malcom Anderson, miembro de Bill & Melinda Gates Foundation. Anderson fue consejero científico jefe del Ministerio de Defensa británico, y actualmente ostenta la titulación de Caballero del Imperio Británico.

Otra gran farmacéutica europea resulta ser el grupo Sanofi-Aventis, una fusión de laboratorios franceses y alemanes (Sanofi-Synthelabo, Aventis, Hoechst...). Sanofi-Aventis se presenta oficialmente con beneficios parecidos a los de GSK (8.160 millones de dólares), pero esta cifra puede ser de un veracidad muy relativa, pues las farmacéuticas siempre pueden maquillar sus cifras con el descontrolado e inmenso beneficio de fondos públicos. Se trata de una corporación involucradísima en la producción y comercialización de vacunas, así como en la generación y comercialización de fármacos como lantus, plavix, clexane, aprovel... Actualmente, su directivo clave es Christopher A. Viehbacher, con nacionalidad canadiense y alemana, y Caballero de Honor de la Legión Francesa. Además de por el caballero Viehbacher, las relaciones de Sanofi-Aventis y la Unión Europea están expuestas por el resto de su directiva, muchos de ellos, metidos en Bruselas hasta el cuello.

Cerrando estas seis mega-corporaciones farmacéuticas, nos encontramos a otro gigante europeo, Novartis, de origen suizo, con unos beneficios en 2004 de 5.767 millones de dólares, y unos ingresos de 18.497 millones de dólares. En verdad se trata de otro grupo surgido de la fusión de grandes laboratorios clásicos. Citamos a Sandoz AG en el capítulo anterior, vinculado a la casa Warburg. Sandoz AG, el laboratorio responsable del famoso LSD, estaría dentro del actual grupo Novartis. También estaría la potente corporación de productos infantiles, Gerber; así como Ciba, involucrada en agricultura y alimentación. También tendría un 33% de las acciones de Hoffman-Le Roche, cuyo director Luc Hoffman apareció en el Capítulo 5 a propósito del ambientalismo. Este laboratorio fue el responsable del antigripal superventas, tamiflu. Novartis –además del tamiflu- controlaría otros productos estrella como vagistan, clozaril, voltaren, tegretol, diovan, tavist... No citamos los medicamentos gratuitamente. Los nombres de los fármacos no acostumbran a ponerse por capricho, o porque suenen rimbombantes. Muchos  responden a referencias cabalísticas y guiños de lenguaje secreto. Si no profundizamos en esto último es porque ello nos desviaría muchísimo del tema, pero no porque carezca de importancia.

Estos serían los nombres propios a tener en cuenta actualmente en la infame industria farmacéutica mundial. Por supuesto, existen más nombres, y siempre relacionados y conectados con los mismos nombres, los mismos grupos, las mismas siglas. Resulta evidente que toda esta ignominia ha encontrado críticos, incluso algunos surgidos de la misma maquinaria farmacéutica, tales como Philippe Pignarre. Lo más curioso de estas críticas es que la mayoría recaen y subrayan el difícil acceso que tienen los “pobres” a los medicamentos, y el “problema ético” que supone negar tratamiento médico a la gente que no tiene dinero para pagarlos. Esta “crítica” es de una ingenuidad tan grotesca, que hace dudar de dicha ingenuidad: a una industria moderna se le pide -en nombre de una ética que jamás ha mostrado- que no maximice beneficios. Imaginemos a críticos riñendo a BMW por no vender coches a sudafricanos a mitad del precio de coste; imaginemos a japoneses reclamando a Sony que los niños del Sudán no pueden comprar sus playstation; imaginemos a un antiguo trabajador de McDonalds querellándose contra la cadena de restaurantes porque no reparten sus excedentes de carne industrial vacuna en los suburbios de India. ¿Resulta ridículo y obsceno? Las críticas oficiales a las industrias farmacéuticas son igualmente ridículas y obscenas: las farmacéuticas siempre han vendido medicamentos y jamás han mostrado una diferenciación en la mercancía comercial. Como corporación moderna, la farmacéutica busca maximizar crecimiento y beneficio; y no van a cambiar su forma de operar ni un ápice, por mucho que acomodados universitarios moralistas hagan sus “criticas”. La “ética” es un lujo que el mundo corporativista jamás se ha tomado; en el caso de las farmacéuticas, muy por el contrario: se han aprovechado de la guerra, de la inocencia animal, de las epidemias... Los beneficios económicos de las farmacéuticas en el siglo XXI han llegado a tal magnitud, que pedir que bajen los precios de los medicamentos a los “pobres” que viven en el “tercer mundo” no  supone ser ni una “crítica”, es directamente una gilipollez.

A través de esta cortina de tibias críticas oficiales, se esconden los auténticos timos, crímenes y estafas que hay detrás de la industria farmacéutica: el privilegio de tener enormes fondos públicos destinados a una investigación de presupuesto inflado, el tráfico de “patentes”, los regímenes tributarios excepcionales (especialmente en estados más o menos pobres), la subida exponencial de los precios en medicamentos que modifican cada año ligerísimamente y que se venden con otro nombre. Fíjese el lector que nos estamos ciñendo a las miserias económicas de las industrias farmacéuticas, y no en lodazales aún más repugnantes e impracticables dentro de estas industrias, tales como la innegable influencia del lobby farmacéutico en el poder político del Nuevo Orden Mundial, la obvia invención de enfermedades con sus correspondientes y lucrativos tratamientos (pronunciamos palabras como “depresión”, “hiperactividad infantil”, “menopausia masculina”... –sin comentarios-, o el fomento activo de epidemias de todo tipo en países valorados como “subdesarrollados”. Seguiremos ciñéndonos a lo económico: al gran negocio que la industria farmacéutica ha hecho de la enfermedad.

El gran negocio de la enfermedad

SIDA y cáncer: Como máximo exponente de la optimización de la rentabilidad económica de una enfermedad, estaría lo que se ha hecho con el SIDA. La enfermedad que fue presentada como la letal “epidemia del siglo XX”, se ha reducido en los “países desarrollados” como “enfermedad crónica”; eso sí: previo pago de un carísimo tratamiento farmacológico que administra el cártel sanitario. La trayectoria de la optimización de la rentabilidad se puede seguir desde el mismo origen de la enfermedad. ¿Cuál es ese origen? Fíjese el lector en esta versión: un virus raro de algunas especies de monos que viven principalmente en África (en inglés, SIV) muta como por arte de magia en un extraño brote de un déficit inmunitario en los clientes de las saunas gay de la ciudad de Los Angeles. ¿Parece un chiste sin gracia? Pues es la versión oficial del origen del SIDA. No vamos a hacer referencia aquí a versiones alternativas del origen del SIDA con más argumentos y más creíbles (lo que no es difícil), porque aquí lo que nos interesa es –precisamente- lo que el Establishment ha hecho con el SIDA oficialmente. En cualquier caso, en 1981, algo extraño ocurría con algunos homosexuales californianos: neumonías letales, sarcomas... Parecía ser una enfermedad de transmisión sexual, pues lo único que compartían los primeros enfermos era su homosexualidad activa. Se trataba de una “peste rosa” (así la llamaron), y su propagación avanzaba imparable. En 1982 se identifica un bajísimo nivel de -lo que los médicos llaman- linfocitos T-CD 4: era el SIDA (AIDS), el “síndrome de inmuno-deficiencia adquirida”.

Dado el origen y la transmisión de los primeros casos oficiales, tal y como sucedió con la sífilis en el siglo XIX, se relacionó la enfermedad con el comportamiento sexual, y más concretamente en este caso, con la homosexualidad. Esto lo aprovecharon importantes “autoridades” religiosas para anunciar un “castigo divino” a los depravados.

Sin embargo, al contrario de lo que pensaban (¿piensan?) los católicos, la depravación estaba tanto en los homosexuales como en los heterosexuales, como en los pobres, en los ricos, en las iglesias, en el cine de Hollywood, en la cultura pop, y hasta en las estrellas deportivas: El jugador de baloncesto Earvin “Magic” (traducido, “magia”) Johnson anuncia en 1991 que tiene SIDA con una amplia sonrisa en los labios (por cierto, dato importante: Magic Johnson está en 2010 tan campante; dando saltos y haciendo spots publicitarios). El base de Los Angeles Lakers confiesa no sólo no ser homosexual, sino ser heterosexualísimo (un alubión de animadoras de la NBA se hacen las primeras pruebas del SIDA). Con esto, se da un giro a la situación: se asegura que el SIDA se contrae principalmente por el intercambio de semen y flujos vaginales; y esto revoluciona totalmente la vida íntima del hombre y la mujer de los noventa. A partir de ese momento, el sexo se convirtió definitivamente en un “riesgo”, en una “preocupación”, en algo con lo que tener “cuidado”... ¿Quién entra en escena en esta situación? La OMS y sus campañas de educación sexual; y las farmacéuticas que se forran (valga la expresión) forrando a su vez el pene de todos los varones modernos con los lucrativos preservativos. A partir de ese momento, se instará (a modo de imposición, de obligación, de apelación al “deber ciudadano”) a plastificar todo tipo de contacto sexual, amoroso o no.

Toda una generación de adolescentes aprendieron a “ponerse el condón” en campañas gubernamentales, mediáticas y escolares. La correspondiente generación de doncellas sería desvirgada –no por un miembro viril- sino por un oleoso pedazo de látex facturado por Wyeth, Merck, y sus amigos. Muchos de estos modernos ya no conocerán jamás qué es una unión sexual sin intermediarios corporativistas y riesgos sanitarios; y esto se puede aplicar también a las generaciones posteriores del siglo XXI. Se comprenderá que –a pesar del volumen de ventas de condones- poco amor se puede hacer en el mundo moderno.

Pero hay cuestiones aún más serias que la intrusión y destrucción de la intimidad del ser humano. Mientras católicos y progresistas varios se entretenían con repugnantes debates sobre “moralidad”, sobre “sexualidad”, sobre “amor, libertad y responsabilidad”, el virus del SIDA (o lo que así llamaron) se extendió por el Caribe, por África y por parte de Asia de forma alarmante. Comenzaba un horrendo sacrificio; y este encajaba (digamos, “por coincidencia”) con los planes de exterminio localizado de ciertos sectores duros de los grupos de poder globalizadores.

¿Y en los llamados “países desarrollados” dónde se asentaban estos grupos? En Estados Unidos, Magic Johnson seguía como Perico el de los palotes. La industria farmacéutica llevó a cabo una costosa investigación que arrojó, no un fármaco contra la enfermedad, pero sí una serie de fármacos (de precio caro) que aspiraban a convertir el SIDA en una “enfermedad crónica”. Se trata de los “antirretrovirales”, y ahí estarán desarrollándolos y comercializándolos –cómo no- las mismas corporaciones que pusieron un condón en cada falo del globo. Se comercializa atripla, un fármaco triple (efavirenz, emtricitabina y dixoproxilo de tenofovir), y las “autoridades sanitarias” (OMS) se vanaglorian del “éxito” que supone que en el siglo XXI “el enfermo de SIDA pueda vivir con normalidad, como un ciudadano más”. Efectivamente, es un éxito: un enfermo de SIDA en un país desarrollado en una cuota vitalicia de ingresos para  las corporaciones farmacéuticas antes vistas. Optimizaron el negocio: los fármacos contra el SIDA componen un importante porcentaje de los altísimos beneficios (ya citados) de las farmacéuticas. Incluso existen entidades subsidiarias de las Big Pharma especializadas en los cocktails antirretrovirales y fármacos anti-SIDA, tales como la nueva VIIV. ¿Este resulta ser el éxito definitivo del SIDA? Quizás no: se estima que en 2010 hay más de 33 millones de enfermos de SIDA en el mundo, y de ellos, parece que 21 millones estarían sólo en África. Estos últimos estarían fuera del mercado potencial de Pfizer y GSK; y fuera –por lo tanto- del proyecto político del CFR. Nunca un negocio salió tan redondo.

Una tendencia parecida se observa con otra terrible enfermedad, el cáncer. A diferencia del SIDA, el cáncer es una vieja enfermedad. Lo que sí resultan nuevos (recentísimos) son los altos índices y la relación de estos con las vicisitudes de la vida moderna: las ondas electromagnéticas, el tabaco industrial, la radioactividad, los aparatos electrónicos, los desastres nucleares, los aditivos químicos, la comida basura, y la industrialización en general. Como ocurre con el SIDA, en pleno siglo XXI, las autoridades sanitarias presentan el cáncer como “incurable”. Eso sí, ofrecen una alternativa: si el cáncer no es curable, sí que es “extirpable”, siempre y cuando el enfermo se someta a medios radio y quimio-terapéuticos horripilantes (y muy rentables). La medicina moderna alega no poder hacer otra cosa: operar en la medida de lo posible, llenar el cuerpo de potentes fármacos como capecitabina, vincristina, irinotecan, docetaxel... y rezar. Algunos de los enfermos de cáncer incluso se curan, otros no se curan, y otros (muchos) mueren -antes o después- por el proceso de metástasis cancerosa. Con estos datos, las farmacéuticas hacen sus estadísticas para legitimar sus investigaciones. Todos los informes farmacológicos sobre cáncer se apoyan en datos estadísticos que tienen como variables “esperanza de vida del tipo y grado de cáncer”, “prolongamiento de esperanza de vida media”, “meses de vida por encima de la media registrada”... La investigación farmacológica se centra en prolongar la enfermedad, y en ningún caso en sanar. Quien sobrevive al cáncer a través de la medicina moderna, lo hace como el enfermo de SIDA: familiarizándose con una serie de agentes químicos y caros fármacos. De nuevo, la campanilla de la caja registradora de la industria farmacéutica toca alegremente. En los procesos avanzados de cáncer, los médicos e industriales farmacéuticos presentan sus tratamientos como “paliativos”, es decir, un eufemismo repugnante de su confesión de ineficacia. La vida del enfermo se “prolonga” teóricamente, “mejora” teóricamente, se “dignifica” teóricamente.

En la práctica, las grandes corporaciones farmacéuticas se llenan los bolsillos con miles de millones de dólares (Para más detalles, existe una obra recomendable, “El cáncer y los intereses creados”, de Luis Vallejo Rodríguez. No podemos extendernos aquí en esta materia como merece). Tal y como ocurría con el SIDA y sus preservativos, grupos religiosos y grupos progresistas aprovechan para enzarzarse en otra abyecta discusión, “la eutanasia”, que sirve de cortina de humo de una canallada de dimensión extramoral: cada día de prolongada y dolorosa agonía de un enfermo terminal de cáncer mantenida con potentísimos fármacos, se traduce en un suculento cheque para el cártel sanitario. Un gran porcentaje (se estima en algunos casos, del 30%) de los beneficios de las corporaciones farmacéuticas corresponde a los fármacos para el SIDA y para el cáncer. Este porcentaje sería mucho mayor si se añadieran los fármacos que –sin ser directamente para SIDA o cáncer- se usan siempre en estadios avanzados de estas enfermedades para algunas consecuencias de la dolencia y efectos secundarios a los tratamientos: infecciones varias, la disfunción digestiva, los vómitos, los mareos, colapsos mentales de varios tipos, las diarreas, las yagas, las náuseas, y -sobre todo- el dolor.

Este es el cuadro del cáncer en el siglo XXI para las grandes farmacéuticas, y los altísimos índices de casos de cáncer en niños y jóvenes, nos llevarían irremediablemente a otra importante fuente de ingresos del negocio de la “salud”.

Vacunas

Otro porcentaje importante de los astronómicos beneficios de las farmacéuticas –si bien es cierto que inferior en comparación a los del SIDA y el cáncer- lo conformarían las vacunas. La inversión en investigación en este campo es de bajo coste en comparación a otros fármacos, y –además- en la producción y comercialización de vacunas están muy involucrados organismos oficiales y gobiernos, por lo que resulta difícil concretar con rigor cuán rentables suponen ser las vacunas para los laboratorios que las fabrican.

Pero, en este caso particular, el interés principal de las farmacéuticas para con las vacunas, no se reduce a lo económico. Gran porcentaje de las vacunas se suministran en programas masivos de vacunación por ministerios y organismos públicos. ¿Se trata tan sólo de un contrato más entre el poder político y las farmacéuticas? No sólo. Lo primero que llama la atención sobre las vacunas es su dudosa eficacia. Existe un encendido debate entre médicos sobre si las vacunaciones masivas valen para algo, sobre todo en algunos tipos de enfermedades. Hay muchos y extensos trabajos de doctores que argumentan y documentan la escasa o nula eficacia de las vacunaciones: Dr. James R. Shannon, Dr. Robert Mendelsohn, Dr. Anthony Morris, Dr. James Howenstine, Dr. Leonard G. Horowitz... (no hemos encontrado el fin a esta lista, que sería inmensa).

Si la “comunidad científica” no se pone de acuerdo ni tan siquiera en si las vacunas resultan útiles o inútiles, ¿Por qué hay cada día más campañas de vacunación masiva, y mayor volumen de facturación por vacunas? Pues porque sí que son útiles; habrá que cuestionarse seriamente para qué y para quiénes resultan útiles. Ya en 1920, Chas M. Higgins publicó una obra de documentación sobre los efectos de las vacunaciones masivas (especialmente, en el ejército) titulado “Horrors of Vaccination. Exponed and ilustrated”. La validez de la obra sigue vigente hoy en día, porque muchas vacunas de las que habla Higgins no han cambiado prácticamente nada. ¿Y las nuevas vacunas (conjugadas, etc)? ¿Pueden tener alguna “utilidad” del tipo documentado por Higgins? No se trata de una hipótesis, especulación o conjetura fantasiosa: propios científicos neomalthusianos y teóricos sociales tecnócratas han explicitado la “utilidad” de la vacunación masiva, tal y como el aristócrata, matemático, filósofo, y “pensador” tecnócrata, Bertrand Russell, que ya señaló en “The Impact of Science on Society” (1953) la posibilidad de “lobo química” a través de metales pesados como el mercurio. Precisamente un derivado del mercurio, el timerosal, es el conservante que se encuentra en un altísimo porcentaje de las vacunas actuales. Hay numerosos estudios que relacionan el timerosal con deficiencias cognitivas, con el autismo, con parálisis, con desordenes nerviosos varios, con problemas infantiles de aprendizaje... sin embargo, el timerosal continúa en la mayoría de las vacunas inyectadas en programas masivos. Existe una comprobada y directa relación entre el mercurio (suministrado en grandes cantidades), y enfermedades nerviosas y toxicidad mortal. ¿Qué ocurre si se baja y se ajusta la dosis? Imperceptibles trastornos mentales, déficit cognitivo, sutiles procesos de estupidez, deterioro neuronal, ligeras variaciones en el frágil equilibrio hormonal, modificación de la percepción del sujeto, y –en definitiva- modificación de la vida de un ser humano que sólo obedeció a la autoridad (en este caso, la sanitaria).

Y aún con todo lo dicho, Bertrand Russell murió en 1970, y el timerosal hace varias décadas que se está utilizando. ¿Sabemos algo de lo que se está haciendo ahora, de las vacunas de última generación que se están desarrollando e inyectando en el siglo XXI? No, no sabemos nada; y los médicos y enfermeras que las suministran tampoco: se está utilizando tecnología de la que no se tienen (ni se pueden tener) datos sobre sus efectos a largo plazo. Las consecuencias de las “vacunas de ADN” se podrán evaluar dentro de treinta o cuarenta años. ¿Habrá tiempo para esperar?

Mientras tanto, sólo nos podemos remitir a los datos presentes que forzosamente están desactualizados debido a una tecnología farmacológica con cuarenta años de ventaja sobre el actual ser humano. En 1976, las autoridades sanitarias norteamericanas detuvieron una vacunación masiva contra la gripe, al recoger más de un millar de casos de graves enfermedades y muertes relacionadas con la vacunación. Tras los ajustes de treinta y tres años de investigación, las mismas farmacéuticas que suministraron aquella vacuna, producen (están produciendo en el mismo momento en el que este libro fue escrito) las vacunas contra la pandemia (“grado 6” según la OMS) de virus A (H1N1), que comenzaron a suministrase en 2009. Para la “opinión pública”, las consecuencias de estas vacunaciones serán sutiles o evidentes, inmediatas o postergadas, reducidas o masificadas... en cualquier caso, ya resulta terrible, espantoso, y –siempre- rentable para el cártel farmacéutico que aquí tratamos.

La farmacia doméstica

Quizá con lo dicho hasta ahora sobre las farmacéuticas (fríos datos económicos, relaciones políticas, fraternidades corporativistas, estrategias empresariales para con ciertas enfermedades...), el lector podría hacerse una idea –por lo demás, equivocadísima- de que las farmacéuticas son una realidad lejana o ajena a la vida particular de un individuo. No se puede insistir demasiado en esto: si la industria farmacéutica arroja esos beneficios, es porque su actividad y sus productos están en el día a día del hombre moderno: en su desayuno, en su escuela, en su oficina, en su fábrica, en el cuarto de baño, en sus vacaciones, en su dormitorio, en los conciertos de música rock, en las discotecas, en sus reuniones familiares... La industria farmacéutica corre –literalmente- por las venas del hombre moderno, en mayor o menor medida, con un nivel de toxicidad alto o bajo. Basta que el lector eche un vistazo al botiquín de su hogar, de su trabajo, de su escuela. (El mejor anexo a este capítulo sería la lectura de los prospectos de esos medicamentos). Después de leer este anexo, proponemos cuestionarse quién, cómo y para qué se toman todos esos medicamentos. Es una lista de best sellers que parece no acabar nunca: lipitor, plavix, nexium, viagra, lexapro, protonix, actos, prozac, celebrex, prevacid, zocor, vytorin... Habrá quienes digan –algunos con razón, otros no- que “necesitan esos medicamentos”. Nada habría que objetar a esta “necesidad” si no fuera porque el mismo sujeto que dice “necesitar un medicamento”, también puede pronunciar alegremente que “necesita un coche nuevo”, que “necesita adelgazar cuatro quilos”, que “necesita un viaje al Caribe”, que “necesita una liposucción” o que “necesita un cigarrillo”. La “sociedad de consumo” tiene una curiosísima noción de “necesidad”, y la industria farmacéutica estaría insertada en dicha sociedad, que no es otra que la sociedad moderna. Cuando el moderno dice “necesitar”, habrá que desconfiar con fuerza sobre esa necesidad. Y esta desconfianza no sólo se debe al débil (o debilitado) carácter del hombre moderno, sino que además existiría un mecanismo farmacológico de control mental sobre dicho moderno.

La industria de la adicción

Importante: Al hablar de la industria de la adicción no estamos hablando de una realidad diferente a la industria farmacéutica. La adicción sólo supone ser una dimensión específica de la misma industria que se ha tratado en el apartado anterior. Si la industria farmacéutica produce drogas para venderlas, habrá algunas de estas drogas que se venderán por sí mismas, por el mero consumo, ya no de un sospechoso “paciente”, sino de un cliente que está atrapado en una trampa de dependencia fisiológica que la psicología moderna llama “adicción” (con su correspondiente “síndrome de abstinencia”). Por lo tanto, el valor medicinal de la droga deja de ser el pretexto para su comercialización. Si la droga tiene la pretensión oficial de curar, ¿por qué se ve en las sociedades modernas tantas “campañas contra la droga”? Pues porque el éxito de la industria farmacéutica se expresa en una destrucción semántica del término que sirve para designar aquello que producen: la droga. ¿A qué se dedican las farmacéuticas sino a producir y a vender las drogas? Ya no es necesario apelar publicitariamente a la “salud”, porque el cliente mismo se encargará de comprar la droga, que podrá estar integrada en el mercado farmacéutico, en el mercado alimenticio industrial, en el mercado del entretenimiento, o -incluso- en el mercado clandestino. La industria de la adicción puede prescindir de la fiscalidad, de la comercialización y de la publicidad: las drogas adictivas se venden solas. Es por ello por lo que, a algunas de estas drogas, se les llama –inapropiadamente- “drogas ilegales”. Su “ilegalidad” se reduce a cierto tráfico y a su fiscalidad, y no tanto a la sustancia en sí, que son inventadas, descubiertas y producidas por corporaciones y laboratorios muy legales (tan legales como los que se han citado en el apartado anterior). Sin embargo, como esta es la forma por la que se las conoce vulgarmente, así serán referidas.

Las mal llamadas “drogas ilegales”

Resulta imposible determinar cuantitativamente el volumen de negocio de las mal llamadas “drogas ilegales”. Los únicos datos que se encuentran al respecto, son los que arrojan infames organismos oficiales y organizaciones “anti-droga” completamente tendenciosas. Algunos autores afirman que “el negocio de la droga supone ser el segundo en facturación, después del armamentístico.” Opinamos que no resulta provechoso detenerse en comparaciones tan toscas, ni intentar mensurar algo tan inmenso en lo que intervienen tantas variables. En cualquier caso, el mal llamado “tráfico de drogas” es un negocio potente, y su potencia no estaría sólo en las cifras económicas que pueda manejar (siempre inconcebibles), sino en el impacto social que este comercio tiene en los cinco continentes. Mejor que registrar aquí fríos datos económicos (de fuentes no muy fiables), preferimos apelar al sentido común del lector para que él mismo evalúe el alcance de un “negocio” que ha transformado el mundo, hasta tal punto, que se puede afirmar sin miedo a equivocarse que el tráfico de drogas internacional es una de las características propias del mundo moderno. Antes del tráfico de opio de las élites anglosajonas en el siglo XIX, no había ni tráfico ni adicción a las drogas (por mucho que autores modernos intenten buscar orígenes más o menos antiguos al uso lúdico y al abuso lucrativo de ciertas sustancias que –además- tenían una naturaleza muy diferente a las drogas actuales). Apelamos a la responsabilidad y honestidad del lector para que él compruebe por sí mismo, el impacto social de las “drogas ilegales” en su sociedad. ¿Qué tienen en común la favela brasileña, el show bunisess norteamericano, las discotecas europeas y los numerosos grupos paramilitares africanos? El consumo de drogas. ¿Qué tienen en común un broker de Wall Street, un alto político italiano, un ladrón rumano, y un parado post-universitario español? El consumo de drogas. ¿Qué tienen en común el barrio madrileño de Malasaña, el Candem londinense, el extrarradio parisino o las calles de Johannesburgo? El consumo de drogas.

La presencia de las drogas modernas es uno de los denominadores comunes de la infrahumanidad, y allá donde más altas cotas de infrahumanidad se alcancen (guerras, matanzas, torturas...), más consumo de drogas modernas se encuentran. Ciertos progresistas –la mayoría, consumidores- defienden el tráfico y el consumo, alegando que “la droga en sí misma no es mala”, que “la libertad del individuo escoge qué hacer y qué no hacer con respecto a las drogas”, que “siempre han existido drogas”... y demás frases clichés (por lo demás, fácilmente destruibles) que articulan un pretexto para la desidia, la irresponsabilidad, y –en definitiva- para el consumo (que es lo que en última instancia interesa a los que tienen un interés –económico u otro- en este turbio asunto). Por otra parte, existen otros colectivos organizados y entidades más o menos “no gubernamentales” que dicen “luchar contra la droga”, por medio de campañas sociales. Estos “luchadores contra la droga” acostumbran a tener más razones para callar que sus adversarios apologistas. Como suele ocurrir en todo dualismo moderno de opinión pública, los dos bandos de un debate tienen más motivos para darse la mano, que para definirse y diferenciarse a través de una discusión siempre estéril. Los mejores defensores del uso de drogas (como por ejemplo, el filósofo Antonio Escohotado) estuvieron o están involucrados e interesados económicamente en el tráfico de drogas (en el caso del escritor español, éste pasó una estancia en la cárcel por “tráfico de estupefacientes” y fue detenido en Ibiza, en 1983, por “compra-venta” de cocaína). De la misma manera, las organizaciones “anti-droga” suelen estar repletas de antiguos consumidores, “drogadictos anónimos”, y conversos a diferentes religiones que agradecen a tal o cual iglesia haberles “salvado del infierno de la droga”. Nada de este repugnante debate ni de esta “guerra contra las drogas” nos interesa aquí.

De nuevo, el origen de todo este horror se encuentra en el mismo contexto que señalamos al hablar de la industria farmacéutica. El imperialismo europeo del siglo XIX (y muy especialmente el inglés) se interesó por el tráfico de opio con las colonias en Asia, y muy especialmente en India y –sobre todo- China. Es crucial conocer este origen porque la estructura comercial, económica y social de las “drogas ilegales” resulta en la actualidad la misma que la que surgió de las “guerras del opio” en China a mitad del siglo XIX. La primera droga adictiva usada por el Novus Ordo Seclorum para sus fines económicos y sociales fue la morfina, un derivado del opio. Este opio (y su tráfico) fue el negocio principal de las familias anglo-británicas que fundaron compañías de transporte con las colonias indias y chinas. El primer ministro del extranjero de la corona británica por aquel entonces era Lord Palmerston, un declarado “maestro” en varias logias francmasónicas, entre ellas “Gran Oriente”. A través del opio, la política de Palmerston fue destruir a la sociedad china, dominar la producción y el comercio de la droga, y establecer un cártel bancario de blanqueo de dinero para las numerosas familias anglo-británicas involucradas en su tráfico. (Esta estrategia es la misma que se utiliza hoy en día; incluso las mismas familias están involucradas). A través de entidades como East India Company y otras, se estableció la red de tráfico de opio (que se mantendrá hasta el día de hoy) con la que se enriquecieron familias como los Mountbatten, los Keswick (escoceses), los Dent, los Astor, los Russell (aparecen en capítulo anterior), los Pybus, los Sutherland (americanos), y “aristócratas” de renombre como el Conde de Balcarras, la Duquesa de Atholl o el Marqués de Candem. A final de dos décadas de sangre, las “guerras del opio” acabaron en 1858, y dos años después se fundó el Hong Kong and Shangai Corporation, que ejerció de banco central del negocio angloamericano del opio. Este banco no ha dejado de existir en estos 150 años, ¡y actualmente estaría integrado en el grupo HSBC! No sólo la red bancaria es la misma, sino que los nombres propios, las familias involucradas y los mismos grupos de poder decimonónicos, están presentes en el tráfico de drogas europeo-asiático del siglo XX y del siglo XXI.

La primera droga moderna altamente adictiva, la morfina, fue la responsable de los primeros “drogadictos”, y, en Europa, estos no eran otros que los mismos traficantes. Los primeros morfinómanos europeos eran aristócratas, nobles y científicos que –directa o indirectamente- tenían acceso a la morfina. Esta tendencia de las familias elitistas al consumo de drogas adictivas se mantiene también hoy en día, y los tataranietos de los aristócratas morfinómanos del siglo XIX, hoy son los playboys, jovencitos condes, duques, marqueses, barones, y directivos corporativistas tan aficionados al alcohol, a la cocaína y a otras sustancias. La más adictiva gran droga moderna creada en los laboratorios fue la heroína, un derivado del opio, un perfeccionamiento “heroico” de la morfina, que fue producida por la farmacéutica Bayer (después IG Farben, la industria química del nazismo, subsidiaria de Standard Oil de los Rockefeller) en 1898.

Desde entonces, la heroína ha seguido una trayectoria de consumo ascendente en las sociedades modernas (con su tráfico lucrativo para la red anglo-americana-asiática ya citada). La destrucción social de manos de la heroína llegó a su completa revolución a partir de los años setenta del siglo XX. En 1983, la China comunista tenía 9 millones de acres de plantación de amapola, que eran controladas por las “triadas”, mafias chinas con contratos de tráfico con las élites europeas ya citadas. La consecuencia de todo esto fue una devastación social difícilmente evaluable, en todos los estados modernos, y muy especialmente, en los europeos (y en la propia China, ya desvencijada socialmente desde 1858). Muchos de los conflictos sociales y bélicos desarrollados en Asia central a lo largo de todo el siglo XX, tuvieron como causa esta ruta del comercio de drogas. Con el ejemplo de la droga más destructiva y consumida del siglo XX, la heroína, se ilustra la convergencia de las “drogas ilegales” con el resto de productos de las farmacéuticas: Bayer/IG Farben inventará la heroína al mismo tiempo que inventara la aspirina, y las mismas familias que están detrás de estas corporaciones, se encargarán de su lucrativo tráfico y de aplicar el útil uso que estas sustancias tienen en sus planes políticos y sociales.

Otro ejemplo de esta convergencia es otra “droga ilegal” que tuvo un importante papel de destrucción cultural y social en el siglo XX: la dietilamida de ácido lisérgico (LSD). Si la heroína fue producida por un laboratorio bajo control financiero de Rockefeller (antes por Rothschild), el LSD será producido en 1940 por el laboratorio Sandoz AG, bajo control financiero de los Warburg. Fue el químico Albert Hofmann, quien desarrolló la droga que más tarde pasaría a tener un importante papel en la estrategia de destrucción cultural del Novus Ordo Seclorum (de hecho, lo llamarán “movimiento contra-cultural), que tendrá como máximo exponente la “cultura pop” de los años sesenta. Mientras los hippies se drogaban con LSD en conciertos de rock, algunos científicos y psicólogos involucrados en programas políticos de control social, hacían sus experimentos con la droga de Sandoz/Warburg/Hofmann, tales como el Dr. Ewen Cameron, colaborador del programa MkUltra. La infame farmacología psiquiátrica, los programas de control mental de masas, y la “cultura pop” van de la mano, y el ejemplo del LSD ilustra esta hermandad. Hasta tal punto llega el impacto de la industria farmacéutica psiquiátrica en la “cultura pop”, que el propio Hofmann, resulta ser él mismo un icono pop, tal y como los Beatles y sus “Lucy in the Sky with Diamons” y “Tomorrow never knows”. Hofmann es el químico farmacéutico más popular del mundo, ediciones de libros suyos se venden actualmente junto a productos de la “industria cultural”, e –incluso- existen camisetas de merchandising del LSD y de Hofmann, manufacturadas en las mismas colecciones de merchandising de “artistas” e iconos de la “cultura pop”. Con el LSD (y otras sustancias producidas -original y teóricamente- para la psiquiatría), se abre una carrera de investigación farmacéutica en drogas que después se encontrarán en el mercado “ilegal” de la industria de la adicción: extásis (el famoso MDMA), anfetaminas varias, ketamina (un anestésico muy utilizado por veterinarios de ganado), y otras tecno-musicales “drogas de diseño”. El impacto de todas estas drogas en las sociedades modernas es inmenso. El joven esclavo del Nuevo Orden Mundial recurrirá a ellas para las dos limitadas y únicas tareas que se le han asignado: divertirse (discotecas, conciertos, rock, clubbing...) y estudiar en la universidad
(muchas de estas drogas se usan para no dormirse, para concentrar la atención, para estudiar de cara a los exámenes... etc). Todo esto nos llevaría a un tema que requeriría un capítulo aparte: los nuevos fármacos “psiquiátricos” consumidos por clientes –más o menos jóvenes- que no tienen que recurrir a la ilegalidad para drogarse. Uno de los más famosos de estos fármacos –el prozac-, está tan integrado en la “cultura pop”, que ha inspirado novelas industriales, películas modernas, canciones pop, y grupos de rock. Así, en 2010, es incalculable el número de jovencitos y jovencitas depresivos cuyo equilibrio nervioso y hormonal ha sido devastado –para siempre- por un tratamiento de prozac. Abordar toda esta bazofia extendería este capítulo en exceso.

Además, la droga adictiva (y comercializada por la industria de la adicción) de más impacto en la sociedad actual sería –quizás- la cocaína. Se trata de un alcaloide extraído de la planta de coca, cultivada en el continente americano. Por lo tanto, la ruta de su tráfico se establece en otra dirección que la del opio asiático. El origen de esta ruta también se encuentra en el siglo XIX, cuando laboratorios europeos comercializaban la cocaína como analgésico. Sin embargo, enseguida fue despreciada como fármaco analgésico, y –al igual que después el LSD- pasó a ser un objeto de atención por investigadores de la psicología moderna. ¿Quién fue el primero en interesarse por la cocaína desde la investigación psicológica? Pues el propio fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, que dedicó a la cocaína unos cuantos escritos: “Sobre la Coca” (1884), “Contribución al conocimiento de los efectos de la cocaína” (1885), “Notas sobre el ansia de cocaína y el miedo a la cocaína” (1886)... Está registrado que Freud trató a un adicto a la morfina (“amigo suyo”), a través de la cocaína (¡un clavo saca a otro clavo!), y que él mismo fue, no sólo consumidor, sino consumidor masivo y adicto, sobre todo en sus últimos años en Londres, donde desarrolló un extraño cáncer de boca que acabó con él. En el siglo XX se amplía la ruta de la cocaína, y se establece con éxito de producción y distribución en la década de los ochenta, a través de los cárteles colombianos y las rutas abiertas por la CIA.

La cocaína –tal y como se encuentra hoy en día en cualquier sociedad moderna- es un complejo producto en el que interviene gran variedad de químicos (dependiendo del tipo de cocaína): queroseno, álcalis, carbonato de sodio, ácido sulfúrico, ácido clorhídrico... además, por si fuera poco, el tráfico acostumbra a adulterar el producto final con talco, azúcar, e incluso analgésicos (como la procaína) y anfetaminas varias. Aún con todo esto, la cocaína es actualmente una “droga ilegal” cara, sólo accesible a la población con mayor poder adquisitivo. Como subproducto más popular, se encuentra el crack, un derivado de la coca procesado con amoniaco o bicarbonato de sodio. Si la cocaína está presente en el showbusiness, en la alta política y en los jovencitos modernos festivos, el crack lo está en los suburbios de las metrópolis norteamericanas, en las favelas brasileñas, y en los extrarradios colombianos. El impacto de esta droga es tan devastador, que resulta difícil pensar cómo eran ciertas sociedades antes de la cocaína. Se trata de un negocio que sostiene la diversión moderna occidental, y no por casualidad, ya forma parte de la “cultura pop” (“Cocaine” de J.J. Cale; popularizada por Eric Clapton), y está muy presente en la revolución postrera de esta “cultura”, el hip-hop, con continuas referencias tanto a la cocaína como al crack. Resulta surrealista hablar así de una sustancia que se presenta como “ilegal”.

Pero si dijimos que el término “drogas ilegales” es completamente inapropiado para referirnos al producto de la industria de la adicción, es porque –en pleno siglo XXI- también existe un importante suministro de drogas adictivas que no recurre al comercio clandestino. Existe una industria –la tabacalera- que ha diseñado un producto con más de 30.000 sustancias tóxicas, cada una de ellas colocadas para optimizar y maximizar la adicción y la destrucción de la salud del cliente. Se trata de un complejísimo producto químico que denominan con el nombre de la “materia prima” con la que –en un principio- se hacía el producto: el tabaco. La industria tabacalera, las farmacéuticas, y los ministerios de sanidad tienen un lucrativísimo contrato alrededor de la enfermedad y muerte del cliente de esta industria: el fumador. Si las tabacaleras han estabilizado el negocio en una afianzada rentabilidad, todas las grandes farmacéuticas tienen al menos un fármaco para “dejar de fumar” (ya hemos hablado de sus tratamientos contra el cáncer y demás quimioterapias), y los ministerios de sanidad se entretienen colocando pegatinas en el producto tabacalero con el mensaje “Fumar perjudica a la salud”, “Fumar mata”, o “Fumar causa una muerte lenta y dolorosa”. Estos carteles se regodean en el éxito del Establishment sanitario hasta límites de obscenidad que aquí no vamos a señalar.

También existe un mercado legal de drogas adictivas en uno de los estados base de muchos de los laboratorios europeos que en este capítulo se han tratado: Holanda. Aquí, el “Ministerio de Sanidad” se da la mano con el “Ministerio de Turismo”, que ambos han hecho de los fumaderos de Ámsterdam, uno de los recursos turísticos más populares de Holanda, tales como los molinos, las amapolas, y los canales. Innumerables hordas de atolondrados modernos viajan en calidad de turistas para –entre otras cosas- fumar marihuana cultivada industrialmente, modificada genéticamente, e -incluso- impregnada con otros productos farmacéuticos tales como el LSD. Algunos de estos modernos –al igual de lo que se hizo con Hofmann- han hecho de la industria del cannabis un icono de la “cultura pop”, sin tener ni la más mínima conciencia de su participación en un proyecto –el de las élites europeas (también, holandesas)- del que ignoran absolutamente todo. Tampoco podemos desarrollar aquí la relación de estas gentes con algunos neoespiritualismos (como el vergonzoso neo-chamanismo) y “movimientos culturales” (como la llamada “new age”).

Existen muchos más suministros legales de drogas adictivas, muchos de ellos en la comercialización de comidas y bebidas. En su comienzo, Coca-Cola Company ponía extracto de coca (de ahí, el nombre) en sus coca-colas. La mayor corporación industrial de bebidas del mundo cambió la coca por la cafeína y por una alta concentración de azúcar, tal y como ahora se conoce la coca-cola. Actualmente, existen bebidas (algunas propiedad de Coca-Cola Company, otras no) que tienen sustancias adictivas (taurina, cafeína...) y peligrosos edulcorantes (aspartame, sorbitol...). Sin embargo, todos estos ejemplos nos llevarían al tercer apartado dedicado a “la gran salud de la modernidad”: la industria alimenticia.

La industria alimenticia

Para concluir, en la maquinaria industrial de la salud moderna nos encontramos con la industria alimenticia, estrechamente relacionada con la industria farmacéutica, tanto a través de nombres propios (directivos, familias...) como con grupos empresariales y corporativistas. Por supuesto, si la industria alimenticia está ligada a la industria farmacéutica, también lo estará a los grupos de poder elitistas ya citados. Para ilustrar esta relación con un ejemplo actual, basta citar que el ex-secretario de defensa de los Estados Unidos, Donald Rumsfeld (CFR, Comisión Trilateral, Bilderberg...); es un importante accionista del laboratorio Roche (se citó al hablar de Novartis), y directivo de la industria de adictivos alimenticios Searle (que pertenecería a Monsanto, un gigante del negocio agrícola muy involucrado en la investigación transgénica). En palabras más claras: el tipo que fue responsable político de la reciente devastación de Irak, es también el responsable económico de la producción de tamiflu (el lucrativo antigripal para las pandemias gripales), y es también el directivo ejecutivo de la empresa que pone veneno dulce a la coca-colas light, los refrescos diet, y un montón de productos alimenticios “bajos en calorías”. En el mundo político-corporativista, es difícil distinguir quién produce qué; y en el caso de la industria química y la industria alimenticia, el camuflaje mutuo es casi completo. Si Hipócrates (autor clásico predilecto de los médicos modernos, hasta tal punto que “juran” sobre él) dijo aquello de “haz de tu alimento tu medicina”, el paradigma moderno de salud invierte este aforismo fabricando alimentos a través de las medicinas. No sólo medicinas: aditivos químicos de todo tipo están presentes en la industrialización de alimentos dirigidos a hombres y mujeres que dicen no tener tiempo, ya no sólo para cultivar, recolectar, cazar o pescar, sino para cocinar su alimento. La producción industrial tiende a sustituir a la cocina hasta tal punto que el saber tradicional culinario desaparece o queda reducido a otro producto de consumo de tendencia elitista: la gastronomía. Fíjese el lector que el cliente medio de la industria alimenticia es alguien que a su vez trabaja 8, 9 o más horas diarias -directa o indirectamente- en la maquinaria corporativista. Es decir, la esquizofrenia alimenticia se articula así:

“Yo, hombre moderno, trabajo en las corporaciones e industrias para sobrevivir a través del subproducto alimenticio que esas mismas corporaciones e industrias producen. Yo trabajo para ellas, y ellas me alimentan”.

¿Qué es esto sino una definición de esclavitud? Con una salvedad: aquí el esclavo –además- paga por esa supervivencia. El control de esta cadena de producción alimenticia se lleva hasta la raíz misma de la alimentación –la agricultura- donde transnacionales (vinculadas a las farmacéuticas y los grupos de poder de siempre) gestionan la producción de semillas de los principales cereales. El grupo Monsanto es el responsable de un gran porcentaje de las semillas de cereales modificadas genéticamente (principalmente, maíz y soja) que han tenido un crecimiento enorme en los últimos diez años. A través de Monsanto se comprueba la interconexión corporativista-industrial-farmacéutica-alimenticia-militar-política: Monsanto, de hecho, fue fundado por un industrial químico, John Francis Queeny (en el siglo XIX), y enseguida se especializó en la producción de sustancias pesticidas, herbicidas, insecticidas... ¡y también homicidas y genocidas! Monsanto participó junto a IG Farben en la Segunda Guerra Mundial, y en la guerra fría, fue la plataforma de investigación de guerra química del bloque occidental. Produjo un buen porcentaje del “agente naranja” que se usó en la guerra de Vietnam en la década de los 60 del siglo XX. En el siglo XXI, Monsanto se presentó ligada al laboratorio Pharmacia, el cual fue adquirido en 2003 por el grupo Pfizer, y ambos (Monsanto y Pfizer) estarían infectados de directivos involucrados en la industria bélica, así como en CFR, Comisión Trilateral, Bilderberg, Rockefeller Foundation, Bill & Melinda Gates Foundation... Actualmente, Monsanto está tan involucrada en la agricultura, que su éxito se traduce en ciertos monopolios en la producción de algunos cereales (como –por ejemplo- la soja y el maíz) que alimentan a un gran porcentaje del ganado de la industria cárnica.

Y ahí nos vamos a centrar, en la industria cárnica, pues la industria alimenticia entera merecería una obra monográfica. Limitémonos a comprender las consecuencias de la rama más cara, derrochadora, infame, devastadora, innecesaria, infrahumana y nefasta de la industria alimenticia.

Las nefastas consecuencias de la industria cárnica

Nos referimos aquí a la industria alimenticia que, al ser inabarcable en un sólo apartado, será reducida al aspecto quizá más pernicioso y brutal del mismo: la industria cárnica. Subrayamos entonces que lo que aquí nos concierne es un fenómeno muchísimo más nuevo de lo que comúnmente se piensa, y que resulta ser netamente moderno: la industrialización de animales para la producción de carne con vistas a su comercialización para el consumo humano. Decimos esto porque no estamos aquí abordando el consumo de carne en sí mismo, el cual nos podría parecer adecuado en condiciones normales (condiciones ya casi completamente inaccesibles para el contemporáneo). Respetamos profundamente a pueblos tradicionalmente cazadores o ganaderos, y nada tenemos en contra de un ser humano por el hecho de adoptar una dieta carnívora. Lo que aquí nos ocupa es muchísimo más importante que una elección dietética (sin quitar la importancia que esto último tiene): qué es la industria cárnica; y qué genera a un nivel sutil, el cual permanece inconsciente a la mayoría de los modernos. Ese aspecto sutil de la “acción” del sacrificio industrial de animales volcado hacia la cantidad productiva y su función en el nuevo paradigma sanitario, supone ser lo que aquí nos ocupa.

Si el consumo de carne como alimento humano es antiguo (quizá no tanto como vulgarmente se piensa), la industrialización de la carne resulta ser una actividad nueva, moderna, y bien localizada en sus orígenes, tanto en el tiempo como en el espacio. De nuevo, el origen de esta actividad se encuentra en las sociedades modernas, más concretamente en Estados Unidos y Reino Unido. Se puede identificar la industrialización cárnica como un proceso yuxtapuesto a la “producción en serie” industrial norteamericana de principios del siglo XX. A fin de cuentas, la industrialización cárnica es una producción estandarizada más. Así, fueron Gustavus Swift y Philip Armour quienes aplicaron estos métodos por primera vez a finales del siglo XIX. El mismo Ford reconoce en su autobiografía “My life and work” (1922) que su idea de la línea de montaje automovilística le vino tras una visita a un matadero en Chicago propiedad de sus colegas industriales. Desde entonces, la bien llamada “industria cárnica” se ha desarrollado al ritmo de una industria moderna más. Con las máximas explícitas de la producción y el beneficio económico, la industria cárnica se fue “optimizando” a lo largo del siglo XX con la química industrial, la manipulación genética de granos y animales, y las técnicas bioquímicas de hormonación. Así, desde que Swift y Armour crearon la primera línea carnicera industrial en su matadero, la producción de carne aumentó en los siguientes 80 años en porcentajes que se estiman del 1300%. Antes del siglo XIX, la carne sólo era utilizada en la cocina popular europea en pequeñas cantidades como sazón en sopas, pastas, arroces, patatas o leguminosas (reservándose los platos exclusivamente carnívoros para la élite, realeza y aristocracia europea adicta al adrenalcromo). Después de la “revolución industrial cárnica”, el acceso al subproducto cárnico por parte del europeo medio llegó a su éxtasis en la entrada del siglo XXI, donde se estima que un ciudadano de la UE comería 90 kgs. de carne al año (más que su propio peso). Aún hoy, de la lista de los 10 países más consumidores de carne per capita, 7 son europeos en una lista encabezada por Estados Unidos. La China comunista (la de los campos de amapolas de los ochenta) se desarrolló como un puntero productor de carne (especialmente, aviar), hasta el punto de ser el mayor productor y exportador de carne de pollo. Se estima que actualmente (2009) sólo la República Popular China es la responsable del 25% de una producción anual de 72 millones de toneladas de carne de pollo. Traducimos este frío número estadístico como el sacrificio anual aproximado de más de 20.000 millones de pollos (es decir, el equivalente cuantitativo del asesinato masivo de 3 poblaciones humanas mundiales cada año). Este tipo de carne es desproporcionadamente consumida por europeos y americanos, siendo su favorita después de la carne de cerdo, con un consumo per capita europeo de 40 kgs al año. Resulta curioso observar que estas dos industrias (la avícola y la porcina) sean las raíces oficiales de la supuesta crisis sanitaria de las diversas “gripes pandémicas” (siendo la tercera industria cárnica, la vacuna, el origen oficial de la otra gran crisis sanitaria europea, el Mal de las Vacas Locas). Sin embargo, no es necesario corroborar esta información oficial para calificar la industria cárnica de insalubre: piensos manipulados genéticamente, animales que jamás pisarán la tierra ni verán la luz del sol, hormonación química que hace aumentar el tamaño natural de un ser tres veces, crianza infame, transporte de hacinamiento, sacrificio ignominioso, polifosfatos, maquillaje químico para aparentar frescura y ternura... tampoco nos parece oportuno profundizar en los tétricos detalles de estos procesos; basta con ser consciente del carácter fordiano de una línea de producción en la que no hay ni puede haber salud; sólo su sucedáneo moderno de la esterilización artificial y las técnicas plastificadoras que intentan encubrir semejante podredumbre.

Ante la oferta cárnica, el hombre moderno acostumbra a aceptar encantado la carroña que esta industria le brinda, alegando simplemente que “está bueno” o que “le gusta”. Recordemos que la sociedad de consumo busca infantilizar al hombre, y precisamente sólo un niño (por lo demás, “mal criado”) es incapaz de discernir entre algo que “está bueno” con algo que “parece bueno” y algo que efectivamente “es bueno”. Que algo guste al paladar no garantiza que no sea veneno. En el caso de la carne industrial, incluso estudios médicos modernos la desaconsejan. Despreciamos explícitamente los datos sobre “salud” de organismos oficiales, pero resulta cuanto menos significativo que reconozcan que el consumo de carne industrial está relacionado con las enfermedades cardiovasculares, diferentes tipos de cáncer, desórdenes intestinales, la obesidad, infartos, y ciertos síndromes neurológicos. Resulta obvio que esta relación es más estrecha y dramática de lo que osan admitir. Sin embargo, si el consumo de carne industrial no generara estas enfermedades y los nutricionistas modernos la recomendaran (como, de hecho, algunos hacen), la carne industrial sería igualmente perniciosa a un nivel sutil que es el que aquí nos incumbe.

Para comprender este nivel, se puede observar que otro argumento habitual que el moderno alega para el consumo de carne industrial, es que “el animal no tiene alma”. Teniendo en cuenta que quien argumenta esto es siempre un moderno de mentalidad de inercia judeocristiana, sería interesante preguntarse qué quiere decir este sujeto con “alma” (si es que simplemente no repite las palabras como lo hace un loro). Efectivamente, si el animal industrializado no tiene “alma”, es porque alguien se la ha quitado. Este acto de “desalmar” es -con rigor- lo que genera la industrialización cárnica. Explicamos esto a continuación.

Desde una perspectiva primordial, toda actividad cotidiana del ser humano es sagrada, y muy especialmente, el comer y todo lo relacionado con el alimento. A lo largo de su historia, el hombre se ha ido alejando de ese estado primordial, sufriendo una consecuente desacralización de su alimentación. Sin embargo, en el mundo moderno, el hombre ya no sólo se conforma con alejarse de esa sacralización cósmica, sino que propone una inversión anómala y monstruosa que él llama Novus Ordo Seclorum.

Si desde un punto de vista tradicional, la alimentación es sagrada, en una contra-tradición (como la que vivimos) la producción y el consumo de la comida será un proceso de profanación. En el caso de la industria cárnica, el proceso que va desde el nacimiento del animal hasta el consumo de la carne por parte del cliente, está estructurado en etapas al modo industrial que Ford concibió para producir sus coches. Se trata de producir animales en serie para comer. Sobra decir que una de esas etapas sea “matar” a ese animal. (Decimos esto porque nos consta que muchos consumidores de carne industrial dicen ser incapaces de matar aquello que están comiendo en una abyecta confesión de cobardía). También puede parecer perogrullada decir que “matar” no es otra cosa que “quitar la vida”, destruir el principio animador de un ser. Este principio animador es llamado en sánscrito, “taijasa”, y -como indica su misma etimología; tejâs, “fuego”- estaría relacionado con el elemento ígneo. Ese fuego vital, al polarizarse, se manifestaría como “luz” y “calor”. De hecho, resulta significativo que en algunas lenguas semíticas, “luz” y “calor” tengan la misma raíz, como las voces árabes “nûr” y “nâr”. Ese fuego manifestado como “luz” y “calor” se expresa en el cuerpo del ser como “mirada” y “sangre”. Algunas expresiones comunes a las más diversas lenguas nos dan muestra de ello: cuando un ser indica estar vivo se dice de él que “tiene un brillo en la mirada”, o cuando otro ser carece de vitalidad se dice de él que “no tiene sangre en las venas”. Esa “sangre” como manifestación del calor de principio animador, es el elemento utilizado en despreciables prácticas, muchas veces subversivas, y siempre de un orden muy inferior de naturaleza “mágica”. Aunque existen excepciones en contextos normales en los que el hombre come en armonía animales que caza, el hombre moderno estaría muy lejos de participar de esa normalidad, y su relación con el sacrificio sangriento sólo puede ser a través de una ritualística de “magia negra”, muchas de las veces completamente inconsciente. Esta “magia negra” sería especialmente oscura, inferior y destructiva precisamente por esa inconsciencia, por esa producción cuantitativa, y por ese consumo de masas. El hecho de que ignoremos una ley, no nos exime de su aplicación: ignorar la ley de la gravedad no hará volar a alguien que salte desde un séptimo piso. La industria cárnica es un inmenso ritual de sacrificio llevado a cabo de la forma más oscura e invertida: desde la inconsciencia, desde la torpeza, desde la infamia. Si somos inconscientes de esto, también seremos inconscientes de sus horribles consecuencias (aunque estas se sufran en un inmenso dolor). Todo esto se puede entender mejor en el momento del año en el que todas estas oscuras fuerzas están en su momento álgido: aquel que las sociedades modernas llaman Navidad.

En una celebración tradicional cualquiera, existen dos actitudes frente a la comida. Una sería “no comer” (es decir, ayunar; como por ejemplo el ramadán musulmán); y otra sería comer un alimento especial y sacralizado, que generalmente es identificado por analogía al cuerpo de un “dios” o “héroe”. Fuera de esas actitudes, jamás se encontrará una fiesta ritual que consista en devorar inconscientemente comida putrefacta, carroña animal hormonada y alimentos industrializados edulcorados con químicos.

Este tipo de banquete se reserva para lo que ha devenido ser la Navidad: la inversión misma de una celebración ritual, la parodia moderna de una fiesta tradicional, el más multitudinario ejercicio de “magia negra” en nombre de una festividad global. Hasta tal punto llega esa “globalidad”, que los centros comerciales del trópico de Capricornio decoran sus estantes con nieve y trineos para recibir el verano tropical, lugares en los que nunca se ha visto ni se verá ni abetos ni acebos, son decorados con vegetación de plástico ad hoc, y papas-noel en latitudes ecuatoriales tienen que vestir con ropas apropiadas para el ártico. Una grotesca orgía de esperpento se impone a través de los medios de comunicación, la publicidad comercial, y la histeria de masas. El consumo aumenta un 800%, la sobrealimentación y el embotamiento se garantiza en siete días para los siguientes doce meses, la hipocresía se refina hasta límites intolerables: es el mejor momento para la obscenidad filantrópica y la pornografía caritativa. Toda una locura global que usa la vaga terminología de lo que quizás alguna vez pudo ser una fiesta tradicional cristiana. En cualquier caso, hoy nada tiene más contenido que el más puro e inconsciente vacío: chinos comunistas produciendo regalos navideños en sus fábricas, japoneses de familia sintoísta comprando compulsivamente en centros comerciales, anglicanos de piel rosa atiborrándose a pavo, españoles de confesión católica esnifando cocaína por Navidad, norteamericanos protestantes regalándose telefonía móvil y gadgets electrónicos de última tecnología. La Navidad se presenta como la celebración inerte (es decir, sin vida, movida por la inercia) de la civilización que desempeña la función de imponer la contra-tradición que dará fin al actual manvantara. Esta civilización (y su fiesta) han adoptado el cristianismo, no ya como “religión”, sino como el vago lenguaje lleno de sentimentalismo que utiliza para expresar su doctrina esquizofrénica. No estamos dudando aquí de que el cristianismo y su Navidad pudieran haber sido alguna otra cosa en el pasado; estamos diciendo lo que el uno y la otra son hoy. De hecho, resulta significativo que lo único que comparten las diversas dispersiones cristianas de protestantes, católicos, anglicanos, evangélicos, espíritas, testigos de Jehová, y demás grupúsculos, sea una celebración navideña alrededor del consumo de productos corporativos y alimentos industriales.

Durante este inconsciente festín contra-iniciático, nunca falta carne industrial en cantidades aún mayores que las del consumo cotidiano. Christmas Eve, Nochebuena, Notte di Natale... en todas las “noches de paz” de los “países desarrollados” se podrá encontrar carne de una media de cinco especies animales diferentes, todos nacidos, cebados y asesinados para la producción cárnica: pavos con piel venenosa de la acumulación tóxica, patés de hígados inflados artificialmente trece veces su tamaño, salchichas en cada una de las cuales se puede distinguir carne de más de un centenar de cerdos diferentes, pescados ultracongelados de frescura maquillada producidos en piscifactorías, vacas alimentadas con una dieta caníbal, “fiambres” conservados con químicos que consiguen un efecto similar a la momificación, pollos químicos, corderos coloreados, huevos de gallinas-robot... Todo esto y muchas otras delicias industriales (no necesariamente cárnicas) no pueden faltar en la mesa de una cena de celebración navideña. Sólo desde la más absoluta inconsciencia (o bien desde una monstruosa hipocresía) se puede celebrar un supuesto nacimiento divino ante semejante altar. Sin embargo, en última instancia, nadie está celebrando nada. Precisamente sus mismos participantes suponen ser la ofrenda sacrificial de unas fuerzas inferiores que, ya no sólo son ignoradas, sino que son invocadas irreflexivamente a través de la inercia de una vacía ritualística recalcitrada.

Además, el ciudadano moderno sólo concibe celebrar lo que sea a través de la comida. Por lo tanto, todo el calendario festivo será aprovechado por las industrias alimenticias (la cárnica, entre ellas) y la industria farmacéutica para su lucro y para la destrucción sanitaria. Después de las navidades, las vacaciones, las pascuas, las semanas santas, las noches de acción de gracias, las fiestas de Halloween, las fiestas patronales, las vírgenes, los santos, los viajes a la playa, los almuerzos de trabajo, las cenas de empresa, las despedidas de soltero, los banquetes de boda de los vecinos, y los aniversarios varios, el hombre y la mujer modernos se miran al espejo y se ven gordos y feos (Ahí entran de nuevo la industria farmacéutica, la medicina moderna y el massmedia con el fin de lucrarse con la “perdida de peso”). Si el moderno se siente feo y gordo, es debido a que –efectivamente- está feo y gordo (en todos los dominios, y no sólo el que refleja el espejo). Esta evidencia nos lleva a la culminación del proceso de la gran salud de la modernidad que aquí se ha tratado: el veneno como alimento.

El sobrepeso y el veneno como alimento

Estamos en un mundo en el que el mismo infame organismo que “organiza” la “salud mundial” o la “alimentación” (ONU; OMS, FAO), reconoce que al menos 35 millones de seres humanos mueren por desnutrición cada año. Y aún así, lo que hace a esta fría cifra repugnante e insoportable es el hecho de que los registradores de estas estadísticas vivan en sociedades en donde la causa primera de problemas de salud venga de una reconocida “sobrealimentación”. ¿Cuáles son actualmente los medicamentos estrella de los llamados “países desarrollados”? Fármacos quema grasas, drogas adelgazantes, inhibidores del apetito, medicamentos “contra el colesterol” acumulado por décadas de gula, medicamentos para una “presión arterial” puesta a prueba con una masiva ingestión diaria de grasas, medicamentos contra la “acidez”, laxantes para estreñidos con el intestino embotado, antidepresivos para gente descontenta con su “imagen”, fármacos psiquiátricos para nuevas enfermedades relacionadas con el desorden alimenticio (anorexia, bulimia...). El moderno que está fuera de las estadísticas de la FAO sobre el hambre, reconoce –a través de su consumo- tener un problema: la “sobrealimentación”.

Sin embargo, esta “sobrealimentación” resulta ser un eufemismo de algo menos digerible que la copiosa dieta moderna. La preocupación reflejada por la mayoría de estos medicamentos best-sellers no estaría ni mucho menos en la “salud” (independientemente de lo que quieran entender por “salud” y cómo la definan); la preocupación (más aún, la histeria) del moderno estaría más en su “sobrepeso” que identifica con respecto a unos patrones impuestos por otros científicos modernos: los nutricionistas. ¿Qué es la nutrición moderna? Pues el estudio de los nutrición sobre el dominio de la cantidad y la mensurabilidad de los nutrientes. ¿Qué aplicación tendría la nutrición moderna sin sus gramos, sus calorías, sus kilos, sus índices, sus medias, sus porcentajes...? Ninguna. Así, el moderno evalúa la presunta causa de su insalubridad (a saber, la eufemística “sobrealimentación”) a través del “peso”. De nuevo las estadísticas hacen su trabajo: si salen los números (peso, niveles de grasa, índice de colesterol...), el moderno está “sano”; si los números no se alcanzan o se rebasan, el moderno compra una droga, se opera, va al médico, al psicólogo, o al cirujano plástico.

Y he aquí la parte dura: la “gran salud” moderna no sólo se mide, se vende y se compra, sino que se refleja en un espejo que distorsiona una imagen, ya de por sí ilusoria, superficial e irrelevante. La “forma” adquiere una falsa categoría esencial; la “imagen” se hace algo objetivo a través de falaces patrones cuantitativos de belleza. Así, la belleza inherente y cualitativa en todo ser humano se borra para que éste refleje la “gran salud” de la modernidad, los signos del “nuevo hombre”, los mensurables cánones del ideal eugenista.

Por lo tanto, el “sobrepeso” de ricos y pobres sólo supone ser la manifestación más formal, tosca y mensurable de una enfermedad de raíces profundas. De la misma manera, la “desnutrición” y la “sobrealimentación” se dan la mano en la obscenidad que comparten: unos mueren por no alimentarse, otros sobreviven por conseguir alimentarse de veneno. La “sobrealimentación” moderna no es tal; es una “sobretoxicidad”, con la que el organismo humano ha aprendido a operar en una vibración vital sumamente baja. Al hacer del veneno su alimento, la vida del “nuevo hombre” de la modernidad no sería tanto una vida, sino más una “enfermedad crónica” que alimenta –ésta sí- al Establishment y al entramado “sanitario” que se ha visto en este capítulo.

Así, vacunado, debilitado por la histeria de la higiene, alérgico a la vitalidad, mermado por “deficiencias inmunitarias”, bombardeado por sustancias y ondas cancerígenas, afiliado a la compra periódica de medicamentos, abonado a servicios médicos y chequeos anuales, adicto a sustancias que destruyen la vida, idiotizado por el timerosal, encerrado en una diversión, una curación y una alimentación que dependen de la farmacología, los “nuevos hombres” que anunciara el europeo Friedrich Nietzsche (“los nuevos”, "partos prematuros de un futuro no verificado todavía”) toman la cucharada de venero que precipitará su nacimiento. El veneno como alimento de la enfermedad perpetuada; he aquí la “gran salud” de la modernidad.

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Exégesis Diario

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