1984 de George Orwell

RETAZOS 31 de julio de 2020 Por Exégesis Diario
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1984 El Gran Hermano

Gorge Orwell perteneció a La Sociedad Fabiana, que se fundó en 1884 en Londres, Inglaterra. Su obra maestra, 1984, fue escrita en conmemoración al siglo que cumpliría esta organización sincrética de la que era miembro. El logo de los fabianos es un lobo con piel de cordero, y su lema, que está representado por una tortuga, dice lo siguiente: “Cuando golpeo, golpeo fuerte”. La Sociedad Fabiana fue creada con el fin de instaurar un gobierno mundial bajo las garras de una dictadura socialista con tintes ilusiorios propio de las democracias. Como alto iniciado y conocedor de las ciencias ocultas, Orwell plasmó en su novela distópica gran parte del conocimiento heredado por la orden así como las claves que transformarían una sociedad de personas libres en una sociedad de esclavos. Además, dejó registro de cómo el régimen estaría bajo perpetua vigilancia del Gran Hermano.

Fragmento de la novela 1984 de George Orwell

"—Somos los sacerdotes del poder —dijo—. El poder es Dios. Pero ahora el poder es sólo una palabra en lo que a ti respecta. Y ya es hora de que tengas una idea de lo que el poder significa. Primero debes darte cuenta de que el poder es colectivo. El individuo sólo detenta poder en tanto deja de ser un individuo. Ya conoces la consigna del Partido: «La libertad es la esclavitud». ¿Se te ha ocurrido pensar que esta frase es reversible? Sí, la esclavitud es la libertad. El ser humano es derrotado siempre que está solo, siempre que es libre. Ha de ser así porque todo ser humano está condenado a morir irremisiblemente y la muerte es el mayor de todos los fracasos; pero si el hombre logra someterse plenamente, si puede escapar de su propia identidad, si es capaz de fundirse con el Partido de modo que él es el Partido, entonces será todopoderoso e inmortal. Lo segundo de que tienes que darte cuenta es que el poder es poder sobre seres humanos. Sobre el cuerpo, pero especialmente sobre el espíritu. El poder sobre la materia..., la realidad externa, como tú la llamarías..., carece de importancia. Nuestro control sobre la materia es, desde luego, absoluto.  


Durante unos momentos olvidó Winston la palanca. Hizo un violento esfuerzo para incorporarse y sólo consiguió causarse dolor.


—Pero, ¿cómo vais a controlar la materia? —exclamó sin poderse contener—. Ni siquiera conseguís controlar el clima y la ley de la gravedad. Además, existen la enfermedad, el dolor, la muerte...


O'Brien le hizo callar con un movimiento de la mano:


—Controlarnos la materia porque controlamos la mente. La realidad está dentro del cráneo. Irás aprendiéndolo poco a poco, Winston. No hay nada que no podamos conseguir: la invisibilidad, la levitación... absolutamente todo. Si quisiera, podría flotar ahora sobre el suelo como una pompa de jabón. No lo deseo porque el Partido no lo desea. Debes librarte de esas ideas decimonónicas sobre las leyes de la Naturaleza. Somos nosotros quienes dictamos las leyes de la Naturaleza.


—¡No las dictáis! Ni siquiera sois los dueños de este planeta. ¿Qué me dices de Eurasia y Asia Oriental? Todavía no las habéis conquistado.


—Eso no tiene importancia. Las conquistaremos cuando nos convenga. Y si no las conquistásemos nunca, ¿en qué puede influir eso? Podemos borrarlas de la existencia. Oceanía es el mundo entero.


—Es que el mismo mundo no es más que una pizca de polvo. Y el hombre es sólo una insignificancia. ¿Cuánto tiempo lleva existiendo? La Tierra estuvo deshabitado durante millones de años.


—¡Qué tontería! La Tierra tiene sólo nuestra edad. ¿Cómo va a ser más vieja? No existe sino lo que admite la conciencia humana.


—Pero las rocas están llenas de huesos de animales desaparecidos, mastodontes y enormes reptiles que vivieron en la Tierra muchísimo antes de que apareciera el primer hombre.


—¿Has visto alguna vez esos huesos, Winston? Claro que no. Los inventaron los biólogos del siglo XIX. Nada hubo antes del hombre. Y después del hombre, si éste desapareciera definitivamente de la Tierra, nada habría tampoco. Fuera del hombre no hay nada.


—Es que el universo entero está fuera de nosotros. ¡Piensa en las estrellas! Puedes verlas cuando quieras. Algunas de ellas están a un millón de años luz de distancia. Jamás podremos alcanzarlas.


—¿Qué son las estrellas? —dijo O'Brien con indiferencia—. Solamente unas bolas de fuego a unos kilómetros de distancia. Podríamos llegar a ellas si quisiéramos o hacerlas desaparcer, borrarlas de nuestra conciencia. La Tierra es el centro del universo. El sol y las estrellas giran en torno a ella.


Winston hizo otro movimiento convulsivo. Esta vez no dijo nada. O'Brien prosiguió, como si contestara a una objeción que le hubiera hecho Winston:


—Desde luego, para ciertos fines es eso verdad. Cuando navegamos por el océano o cuando predecimos un eclipse, nos puede resultar conveniente dar por cierto que la Tierra gira alrededor del sol y que las estrellas se encuentran a millones y millones de kilómetros de nosotros. Pero, ¿qué importa eso? ¿Crees que está fuera de nuestros medios un sistema dual de astronomía? Las estrellas pueden estar cerca o lejos según las necesitemos. ¿Crees que ésa es tarea difícil para nuestros matemáticos? ¿Has olvidado el doblepensar?


Winston se encogió en el lecho. Dijera lo que dijese, le venía encima la veloz respuesta como un porrazo, y, sin embargo, sabía —sabía— que llevaba razón. Seguramente había alguna manera de demostrar que la creencia de que nada existe fuera de nuestra mente es una absoluta falsedad. ¿No se había demostrado hace ya mucho tiempo que era una teoría indefendible? Incluso había un nombre para eso, aunque él lo había olvidado. Una fina sonrisa recorrió los labios de O'Brien, que lo estaba mirando.


—Te digo, Winston, que la metafísica no es tu fuerte. La palabra que tratas de encontrar es solipsismo. Pero estás equivocado. En este caso no hay solipsismo. En todo caso, habrá solipsismo colectivo, pero eso es muy diferente; es precisamente lo contrario. En fin, todo esto es una digresión —añadió con tono distinto—. El verdadero poder, el poder por el que tenemos que luchar día y noche, no es poder sobre las cosas, sino sobre los hombres. —Después de una pausa, asumió de nuevo su aire de maestro de escuela examinando a un discípulo prometedor—: Vamos a ver, Winston, ¿cómo afirma un hombre su poder sobre otro?


Winston pensó un poco y respondió:  —Haciéndole sufrir.

—Exactamente. Haciéndole sufrir. No basta con la obediencia. Si no sufre, ¿cómo vas a estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infligir dolor y humillación. El poder está en la facultad de hacer pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles nuevas formas elegidas por ti. ¿Empiezas a ver qué clase de mundo estamos creando? Es lo contrario, exactamente lo contrario de esas estúpidas utopías hedonistas que imaginaron los antiguos reformadores. Un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo de pisotear y ser pisoteado, un mundo que se hará cada día más despiadado. El progreso de nuestro mundo será la consecución de más dolor. Las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La nuestra se funda en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones que el miedo, la rabia, el triunfo y el autorebajamiento. Todo lo demás lo destruiremos, todo. Ya estamos aplastando los hábitos mentales que han sobrevivido de antes de la Revolución. Hemos cortado los vínculos que unían al hijo con el padre, al hombre con el hombre y al hombre con la mujer. Nadie se fía ya de su esposa, de su hijo ni de un amigo. Pero en el futuro no habrá ya ni esposas ni amigos. Los niños se les quitarán a las madres al nacer, como se les quitan los huevos a la gallina cuando los pone. El instinto sexual será extirpado donde persista. La procreación consistirá en una formalidad anual como la renovación de la cartilla de racionamiento. Aboliremos el orgasmo. Nuestros neurólogos trabajan en ello. No habrá lealtad; no existirá más fidelidad que la que se debe al Partido, ni más amor que el amor al Gran Hermano. No habrá risa, excepto la risa triunfal cuando se derrota a un enemigo. Cuando seamos todopoderosos, ya no necesitaremos la ciencia. No habrá ya distinción entre la belleza y la fealdad. Ya no habrá curiosidad, ni alegría de vivir. Todos los placeres de la emulación serán destruidos. Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre existirá el afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil. Siempre existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano... eternamente. Recuerda que será para siempre. Siempre estará ahí la cara que ha de ser pisoteada. El hereje, el enemigo de la sociedad, estarán siempre a mano para que puedan ser derrotados y humillados una y otra vez. Todo lo que tú has sufrido desde que estás en nuestras manos, todo eso continuará sin cesar. El espionaje, las traiciones, las torturas, las ejecuciones y las desapariciones se producirán continuamente. Será un mundo de terror a la vez que un mundo triunfal. Mientras más poderoso sea el Partido, menos tolerante será. A una oposición más débil corresponderá un despotismo más implacable… Cada día, a cada momento, serán derrotados, serán desacreditados, ridiculizados, les escupiremos encima, y, sin embargo, sobrevivirán siempre… siempre tendremos al hereje a nuestro albedrío, chillando de dolor, destrozado, despreciable, y, al final, totalmente arrepentido, salvado de sus errores y arrastrándose a nuestros pies por su propia voluntad. Ese es el mundo que estamos preparando”.

Entrevista de la BBC a George Orwell (El futuro de la humanidad)

1984 de George Orwell, libro en PDF

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Redacción de Exégesis Diario

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