Satanismo y contrainiciación en la era digital

ENSAYO 17 de agosto de 2021 Por Exégesis Diario
El hombre artificial

Por Ibn Asad (2011).

Parece que cuanto más desagradable e irresoluble se muestra un problema, menos osados van a atreverse a encararlo. Es comprensible que así sea; y nadie dijo (al menos, yo no) que un servidor sea uno de esos osados. Sin embargo, hay problemas que además de desagradables y enrevesados, hoy se muestran como nuevos, inéditos, sin precedentes en contenido, forma, magnitud y gravedad. Ese es el caso de la contrainiciación en el siglo XXI, que con la aparición de internet, la vida virtual y las redes sociales, amenaza al espíritu humano y su intelectualidad con una virulencia de la que es difícil resguardarse. Pues el mal, el satanismo, y los satanistas, son viejos como el mundo. Así es: este problema no es nuevo. Lo que es nuevo es que se presente una situación que permite a estas gentes jactarse de su infamia desde “medios de información” al servicio exclusivo del enemigo, del dajjal (falso mesías), de satán. Estas herramientas de información se han actualizado en la última década a través de una revolución tecnológica de la que nadie puede vaticinar su alcance: internet.

Resulta lógico rechazar la premisa de ver en internet una herramienta satánica. Al fin y al cabo, siempre se podrá argumentar aquello de “no es el objeto en sí, sino el uso que se haga de ese objeto". Nada que replicar a estos defensores de Internet; pero nos gustaría comprobar qué dirían si se entregara un Magnum 44 a cada niño y niña en todas las escuelas del mundo. “Un revolver no es malo en sí mismo, sino el uso que se haga de él". Eso dirían los profesores en las escuelas, vestidos -eso sí- con chalecos antibala.

Internet no es un arma de fuego, pero puede ser (y de hecho es) un arma aún más destructiva para con el ser humano. Y en lo que se refiere al ámbito espiritual, aquí nada importa el buen o mal uso que se haga de él. Pues Internet (tal y como lo fue la radio en su día, y después la televisión en la segunda mitad del siglo XX) siempre será un “medio de información”, y por lo tanto, algo completamente desvinculado de un conocimiento efectivo. En el mejor de los casos, Internet (como la TV o la prensa) nos puede “informar”. Ya se habló de la oposición existente entre “información” y “conocimiento” (La Danza Final de Kali, Cap XIII “La Información como ilusión de conocimiento”):

La información como ilusión de conocimiento

En esta “era de la información” ya presentada, se ve sin dificultad la escasa o nula importancia que tiene el conocimiento. La información reemplaza –a efectos prácticos- el tradicional papel del conocimiento (llamada gnosis o jñana), tanto en su enunciación teórica (la cual se ha vuelto ya incomprensible para los modernos), como su expresión simbólica (la cual ya ha sido invertida al servicio de la modernidad, tal y como se ha visto en capítulos anteriores). Condenado a la ignorancia en términos metafísicos, el hombre moderno aspira tan sólo a “estar informado”, y –como se verá- ni tan siquiera esta aspiración resultará beneficiosa para él mismo. La información ejercerá –con todo rigor- de “ilusión”, de pesadilla mediática, de percepción de segunda mano sobre lo que el moderno identifica con torpeza como “el mundo”. El papel tradicional que la “mitología” tenía para explicar el mundo bajo interpretación del criterio humano, ahora se invierte en una satánica red de proyección de figuras míticas (el massmedia) que impone una versión no interpretable de un mundo paupérrimo carente de realidad. La inversión luciferina se lleva hasta el máximo extremo concebible: si en el mundo humano “la verdad es”, en el Novus Ordo Seclorum la verdad ya no sólo “no es”, sino que “sucede”, y es valorada cuantitativamente mientras ésta es recogida por los medios de información. Desde este esquizofrénico punto de vista, lo que “no es noticia” ni existe ni es verdad; y lo que “es noticia” es mentira de la misma forma, pero la existencia que el massmedia le da, le otorgará una utilidad diabólica. La causalidad universal queda reducida intencionadamente a una deprimente “actualidad”, en la que agencias de información transnacionales determinarán qué, cómo, cuándo y por qué suceden las noticias. Como piezas del engranaje de esta maquinaria, se encuentran los periodistas, profesión liberal moderna por excelencia, actividad cuyo único requisito fundamental para ser ejercida es la ausencia absoluta de capacidad crítica sobre la estructura que da sentido a dicho trabajo. Un moderno periodista será un tipo con alguna que otra habilidad como escritor, más o menos locuaz, más o menos cretino, más o menos inconsciente de su papel de condicionado observador a sueldo... pero siempre será alguien con la certeza arrogante de que lo que está “reportando” es cierto. “Yo lo vi", “yo fui testigo”, “yo tengo fuentes de confianza”, “yo lo grabé”... Inconscientes de que es su misma actividad la que da existencia a los hechos, los periodistas van contando al hombrecito común la historia pseudo-mitológica que explica –con la mayor torpeza posible- lo que sucede en el mundo.

Y lo que sucede en este fragmentadísimo mundo no es sino una serie de datos estructurados en diferentes categorías de programación mental, las “secciones” periodísticas: “internacional”, “nacional”, “economía”, “deportes”, “sociedad”...

Así es como se le cuenta la nueva explicación de su situación esclava al “nuevo hombre”. Lo peor es que éste se cree el cuento sin rechistar, y agradece la información con audiencias televisivas, entradas a internet, o subscripciones a periódicos. Se comprobará que las categorías de la información ya expresan explícitamente la taxonomía del sucedáneo gnoseológico de la modernidad: la “información”. Tal y como se vio con las “confesiones religiosas” (Capítulo 8) o los “géneros cinematográficos” (Capítulo 12), la manipulación mental siempre se apoya en una clasificación tipológica de la estructura emocional humana a través de la cual el sujeto manipulado encuentra una identidad. En el caso de la “información”, esta ilusión tendrá como principio invertido, una unidad cuantitativa y mensurable. En la “era de la información”, la mercancía informativa (y su comercio) se registra a través de una unidad de medida: el dato.

El dato como unidad cuantitativa de información: Si preguntamos a un moderno: “¿Estás bien informado?”. Él –después de decir sí o no- argumentará su respuesta con una serie de datos. Por lo tanto, la información se configura con datos, unidades cuantitativas de información con los que trafica el massmedia.

Cuando el hombre moderno enciende la televisión o abre un periódico, lo que está haciendo es abrir el canal de transmisión de datos del Establishment directo hacia su cerebro, que será el responsable de tratar (o en un lenguaje informático, “procesar”) esos datos. La pregunta más natural y espontánea que se hará el ser humano al identificar esa unidad de información, será: ¿Esos datos son ciertos o son falsos? Sin embargo, resulta curioso comprobar que incluso esta cuestión resultaría irrelevante para la exitosa maquinaria informativa global. En principio, estos datos no tienen por qué ser falsos, de hecho, serán ciertos en la mayoría de las veces. Generalmente, los medios de información ya no necesitan modificar o trampear los datos (eso no quiere decir que en ocasiones determinadas, los modifiquen, los trampeen, o incluso los inventan). Existe la “desinformación”, sin duda, pero el Establishment recurre a ella con menos frecuencia de lo que podría parecer. Por norma general, los datos que circulan en la “red de la información” son ciertos, y no necesitan distorsionarse para cumplir su satánico cometido. Y siendo así, ¿Por qué esa sucesión de datos más o menos ciertos, no expresan de ninguna forma una verdad, sino más bien todo lo contrario, una pobre versión oficial de los hechos malintencionadamente trampeada? Todo responde a una esquizofrénica ley matemática exacta: datos ciertos, más otros datos ciertos, más otros datos ciertos; es igual a una verdad informativa. Cuantos más datos haya en la suma, más verdadera será la verdad.

Aunque la capacidad de procesar datos no pueda tratar semejante cantidad de datos, cuantos más datos, más irrefutable será una verdad. Y si dicha capacidad colapsa, entonces la verdad adquiere la categoría absoluta. Es así de enfermizo. ¿Hay que recordar que esa verdad informativa no supone ser una verdad de ninguna de sus formas?

Pongamos un ejemplo para hacer entender la maquinaria informativa global. A un europeo que nunca ha salido del interior de Europa, le enseñamos la foto de un ornitorrinco. Tras el dato visual, le decimos tres datos: a este bicho le gusta vivir en agua dulce, pone huevos, y tiene pico de pato. El europeo procesa la información, y dice: “Le gusta el agua, pone huevos... si tiene pico de pato es un pato, ¡Es un pato!”. Así, una completa falsedad se ha convertido en verdad informativa, sólo con una secuencia de datos ciertos. Mientras nos interese –como informadores- mantener en pie esa verdad, nosotros podemos reforzarla a través de más datos: este bicho nada muy bien, construye nidos, mide 40 centímetros... Sin embargo, el poder destructivo de la información no sólo permite mantener una falsedad como verdad a través de datos ciertos, sino que –en última instancia- permite destruir los principios cognitivos de verdadero y falso a través de una secuencia indefinida de datos. Ejemplo: tras ofrecer más datos sobre el ornitorrinco al europeo informado, le damos un dato clave: este animal es un mamífero. Tras escuchar el dato, el europeo se rasca la cabeza, y piensa: “Creo que los patos que conozco no hacen eso”; se vuelve a rascar la cabeza, y dice: “¡Es un pato un poco extraño!”. El europeo continúa escuchando fascinado datos, datos y más datos sobre el ornitorrinco. Tanto escucha sobre el ornitorrinco que son los propios patos europeos los que se han vuelto extraños; el ornitorrinco le es tan familiar que él define su nueva concepción de pato. Tras horas y horas de una continua secuencia de datos, el europeo sabe lo que ese bicho come, cuántas horas duerme, cuánto pesa, cuándo se aparea, cuántas crías tiene, cuántos años vive, cuáles son sus enemigos... y sin embargo, ¡no conoce nada al ornitorrinco! ¡Nada! No sólo eso: no conoce ni su nombre, ni el ser que ese animal es; y además lo confunde con un animal completamente diferente... ¡el pato! Si el informador quiere llegar a la última fase del proceso informativo de control mental, bombardeará la mente del pobre europeo con más y más datos (algunos ciertos, otros no tanto). La capacidad de procesar información encontrará su límite con cierto número de datos, y –entonces- la estructura mental del hombrecito colapsará de tal forma que nunca más podrá saber qué es qué, ni un pato, ni un ornitorrinco, ni otra cosa. Los datos seguirán en su memoria; ellos configurarán inútil información sobre una realidad que desconoce; él dirá “estar informado” con respecto a algún tema... y sin embargo, su capacidad cognitiva ha estallado en mil pedazos, y el control mental en manos del informador se habrá hecho ilimitado: si el informador da el dato de que ese bicho vuela, el europeo lo creerá; si le da el dato de que ese “pato extraño” es una amenaza para su seguridad, el europeo lo temerá; si le da el dato de que ese animal es un “enemigo público”, el europeo declarará la guerra a los ornitorrincos... ¡sin saber lo que son!. Así funciona -grosso modo- el proceso informativo que sufre todo hombre moderno, con su opinión pública, con sus preferencias periodísticas, con sus ofertas mediáticas de canales de televisión.

¿Qué es la información? Una larga secuencia de datos alrededor de un abismo de profunda ignorancia. ¿Qué es un medio de información? El traficante que comercia con esos datos de los que se sirve la plataforma de control mental informativa. ¿Y qué es un hombre informado? Un esclavo con la mente bajo total control de un poder intangible que no puede identificar: la mentira impuesta por sus amos.

Y sin embargo, aunque cueste trabajo digerirlo, todo esto no sería lo más terrible que los medios de información pueden perpetuar en el indefenso hombre moderno. Ya hemos sugerido que –en última instancia- la información aspiraría a colapsar la capacidad cognitiva del hombre, es decir, destruir intelectualmente al ser humano. Esa aspiración se ha convertido actualmente en realidad: ya podemos ver ejércitos de zombis sin ninguna (subrayamos: ninguna) manifestación de actividad intelectual. Este libro no trata de ciencia-ficción, ni es futurista; sólo invita al lector a abrir los ojos ante un siempre inmediato presente: muchos hombres y mujeres modernos (con apariencia “normal”, caminan por la calle, pagan sus impuestos...) fueron destruidos mentalmente por la maquinaria informativa global. Y nadie ha dicho nada.

El colapso mental a través de la información: Bombardear con datos una mente. ¿Qué importa que sean ciertos o falsos? Lo que se busca es que la mente se entregue a la fuerza manipuladora, que la inteligencia llegue a su mismo límite de autonomía, que el criterio se rinda arrojando la toalla. Un hombre moderno medio se expone cada día a una cantidad de información mediática que es incapaz de asimilar en términos psicofisiológicos: telediarios, periódicos, internet, radio, televisión, publicidad, pop... el hombre moderno es incapaz de integrar esos datos en su conciencia. ¿Por qué se coloca al hombre moderno en una situación que le resulta insoportable? Pues precisamente porque es insoportable: la mente se rinde a tal sobreestimulación, la capacidad cognitiva colapsa, y el runrún informativo se manifiesta triunfante como diabólico sustituto invertido del conocimiento. Así, el hombre moderno no sólo no conoce, sino que –lo que es peor- cree conocer a través de la información, y dicha información no es sino una programación, en el sentido “informático” del término. ¿Se trata por lo tanto de una “computarización” del intelecto humano? Eso es: exactamente eso. Para deshumanizar la mente humana basta con conseguir que dicha mente se identifique como computadora, basta con “programar” la mente con lenguaje informático. ¿Y qué es la informática? Etimológicamente, el mismo proceso de la información antes expuesto. Son datos (bytes) de información lo que sobreestimula la capacidad cognitiva del moderno hasta su colapso en el control mental del ciudadano zombi. ¿Por qué colapsa la mente humana con esos bytes? Porque la mente humana no opera bajo el dominio informático. La mente humana no sirve para “procesar información”, sino para “conocer”. La mente humana no es un ordenador aunque sea así tratada. No procesa sino conoce; no maneja datos, sino discierne la verdad. Sin embargo, la modernidad programa la mente del ser humano moderno a través de la imposición de un lenguaje informático, es decir, bytes de información. ¿Estamos diciendo que el massmedia global fuerza a la mente humana a una actividad que no le corresponde, con el fin de que ésta se autodestruya? Sí. Más claro no lo podemos decir: la información sirve de ilusión del conocimiento; la mente cree conocer mientras se autodestruye informatizándose; la deshumanización no es sino la mente hecha computadora. Esto resulta desconcertante porque este proceso sólo se acostumbra a identificar en el movimiento contrario: los científicos hablan de “inteligencia artificial”, de producir “un ordenador que piense por sí mismo”, de “hacer una máquina que piense como un humano”. Sin embargo, para llegar al fin de la deshumanización, los progresos a pasos agigantados vienen del lado opuesto: ya hay personas “informatizadas”, ya hay personas cuya conciencia es una programación informática, ya hay personas que operan como perfectas máquinas. Mientras el hombre moderno espera sentado la producción de “inteligencia artificial” de manos de sus admirados científicos, ignora que estos ya han hecho de él un “artificio inteligente”. El hombre moderno pregunta: “¿Es posible la inteligencia artificial?”. El científico responde: “¡Mírate en el espejo, hombrecito! ¿Y tú me lo preguntas? ¡Poesía eres tú!”.

¿Comenzamos a comprender qué se esconde detrás del “hombre moderno informado”? Cuando el massmedia informa a un hombre, está informatizando su mente, programando su conciencia, computarizando su alma. Nunca estuvo el ser humano tan lejos del conocimiento.

Conocimiento: en la antípoda cualitativa de la información: Pero si hablamos de la “era de la información”, e identificamos dicha información como la ilusión sustitutiva e invertida del conocimiento, habrá que definir dicho conocimiento, aunque sea de manera breve, y por muy despreciado que éste se encuentre en la actualidad. ¿Cómo se puede hacer una idea aproximada el hombre moderno de lo que es “conocimiento”? Pues imaginando todo lo que no es su querida “información”. La “información” es medida cuantitativamente a través de datos (bytes); el “conocimiento” es una cualidad no mensurable sin unidades fragmentadas (“se conoce” o “no se conoce”). La “información” circula gracias a medios que trafican con esos datos; el “conocimiento” se adquiere a través de la actividad intelectual del ser humano. La información se procesa a través de una ciencia moderna (la informática) apoyada en un lenguaje matemático (el binario); el “conocimiento” se transmite a través de la tradición que estaría siempre lejos de cualquier expresión científica moderna. La “información” es el dominio propio de la computadora; el “conocimiento” es la naturaleza propia de la mente humana. Si la “información” aspira a la deshumanización a través de una secuencia indefinida de datos, la cualidad humana es el mismo “conocimiento”, la cognición pura, la gnosis (lo que en sánscrito, se llama jñana)

Esa actividad propiamente humana es referida en la tradición india como samyana. Se trata de un mismo acto dividido en tres estadios correspondientes con los tres elementos que intervienen en la cognición: el conocedor, lo conocido, y el conocimiento que los une. El sujeto conocedor fija un objeto (en sánscrito, dharana), y se establece así un continuo entre sujeto y objeto (en sánscrito, dhyana), que culmina en la unión y asimilación entre el conocedor y lo conocido (en sánscrito, samadhi). Ese es el conocimiento expresado por todas (subrayamos sin miedo a equivocarnos: todas) las tradiciones: la “unión” entre el conocedor y lo conocido en un dominio cualitativo que puede llamarse –con todo rigor- el conocimiento. Este conocimiento es la actividad propia del ser humano, y su transmisión se ha garantizado gracias a las cadenas iniciáticas de las diferentes tradiciones. En los términos que aquí se han manejado (samyana; dharana-dhyana-samadhi), la codificación de esta transmisión se puede encontrar en la literatura vernácula indoaria, en el PatanjaliYogaSutra, y –con todo detalle- en el comentario escolástico que Vyasa hizo de esta obra compilatoria. Sin embargo, se encontrarán los mismos principios humanos en la tradición india drávida, en el budismo, en la Persia zoroastriana, en el sufismo... En verdad, se encontrará la actividad intelectual haya donde haya actividad humana. Se trata de una ecuación que no tenemos inconveniente en enunciar: allá donde haya seres humanos, hay conocimiento.

Y sin embargo, la modernidad se define a sí misma como la “era de la información”, olvidando y despreciando el principio gnoseológico humano. Es decir, la modernidad se define a sí misma como la amenaza del conocimiento. ¿Y qué amenaza es más letal que un sustituto paródico que aspira a reemplazar lo amenazado? El conocimiento se olvida con la sustitución que desempeña la información; la intelectualidad se destruye con el desarrollo de la informática; la gnosis desaparece con los procesadores de datos... y el ser humano muere para convertirse en ¡ciudadano informado!

Sin duda se trata de un proceso no concluido, pero al lector le resultará muy incómodo comprobar cuán avanzado se encuentra (en el momento en el que este libro fue escrito). El hombre moderno está escuchando cada día más y más comparaciones de su “cerebro” con una “computadora”, respaldadas con investigaciones científicas. En el futuro inmediato, tendrá que soportar más divulgación científica que asimila el cuerpo humano a una máquina, la mente a un ordenador, la memoria a un hard disk. Escuchará teorías científicas que hablarán de la “inteligencia” expresada en lenguaje matemático, incluso informático. Se familiarizará con términos como “biotecnología”, “cibernética”, “inteligencia artificial” o “realidad virtual”. Aunque estos términos sean explícitos sinsentidos y soberanas gilipolleces, aceptará este nuevo vocabulario, e –incluso- se verá fascinado por lo que él encierra. Se seguirá “estudiando” el cerebro en la dirección neurofisiológica que la ciencia moderna ya ha tomado: el pobre hombre moderno seguirá escuchando aquel atropello de que “sólo utiliza un x % de su capacidad cerebral”, como si el cerebro fuera una especie de armario ropero. La psicología moderna continuará con su disección del alma humana, mutilándola en compartimentos cuantitativos: se seguirá hablando de teorías como “inteligencias múltiples”, “evolución de la consciencia”, “tipologías comportamentales”... Los neoespiritualismos se apoyarán cada día con más confianza en estas teorías y aplicaciones científicas: ya asoma un nuevo y monstruoso paradigma de “espiritualidad” cimentado en las investigaciones científicas, el lenguaje informático, y el dogma evolucionista de un “nuevo hombre”, una “nueva era”, un “nuevo amanecer”. ¿Alguien o algo puede parar este proceso de aniquilación de la intelectualidad humana? Al menos nosotros no podemos responder positivamente a esta pregunta.

En cuanto se avanza con paso firme a esa destrucción de la intelectualidad, el hombre moderno continuará siendo “informado”, cada vez tendrá más “acceso a la información”, sabrá muchos datos de un mundo vaciado de realidad ontológica. En definitiva: el hombre moderno se afianza en la más abismal ignorancia, precisamente a través de la arrogante ilusión que le proporciona la “información”. Las nuevas revelaciones a la humanidad se llevan a cabo por televisión (CNN, BBC, Fox...), los nuevos profetas que ven a su Dios en una mata ardiendo ahora se esconden en las agencias de información (Reuters, AP...), la misma presencia mediática da veracidad a unos datos cualquiera. Todos los hombres modernos se uniformizan con una misma información, un pobre pensamiento único: un hombre puede disponer de más o menos información que otro, pero la información del uno y del otro es la misma, y sólo varía en grado cuantitativo. Los grandes conglomerados de comunicación transnacionales informan a un hombre moderno que ha delegado su responsabilidad humana (es decir, “conocer”) en los medios de información. Por supuesto, a este hombre sólo se le informará de lo que se está haciendo en el exterior, jamás sobre lo que se está perpetrando en su interior. En otras palabras: el estúpido moderno ve la televisión y se dice a sí mismo pestañeando: “El mundo ha cambiado mucho en los últimos cincuenta años". Él cree así que todo ha cambiado... Todo, salvo él mismo, que cree encontrarse en una privilegiada posición de protegido espectador pasivo. El hombre moderno dice: “Todo ha cambiado radicalmente... todo, salvo yo”. Sin embargo, no es así. Veamos –con brevedad máxima- qué trabajo interno se ha hecho en lo más profundo del hombre moderno.

 

La mente informatizada: A base de “informar” (es decir, bombardear con datos a una mente que no puede procesar bytes en un lenguaje que no le es propio), las secuelas sufridas hacen que esta mente se encuentre cada día menos reconocible. En otras palabras más claras: el ser humano es cada vez más estúpido. Esta estupidez con tendencia a la infrahumanidad se disimula a la perfección gracias a la ilusión de inteligencia mensurable a través de las nuevas aplicaciones científicas. Es decir, el hombre moderno puede tener un IC de 210, puede desarrollar ingenios tecnológicos que lleva a otros planetas, puede clonar ovejas, volar a velocidad sónica, o trasplantar corazones... y sin embargo, cada día es más estúpido. Es difícil asumir esto cuando desde el polo substancial y cuantitativo, todo parece seguir un “progreso” admirable. Es difícil de asumir esto cuando se está profundamente adoctrinado en una “evolución de la inteligencia”. Es difícil asumir esto cuando se confunde el ocaso de la cualidad humana con el glorioso punto álgido de una civilización. Es difícil asumir esto, y sin embargo, ello no impide exponerlo con total claridad: el hombre moderno resulta ser cada vez más idiota, es decir, cada vez menos inteligente, cada vez menos humano. Esto resulta comprensible cuando se interpreta el proceso de deshumanización en el que estamos involucrados: la fuerza infrahumana está interesada en hacer del hombre lo que efectivamente está haciendo. De esta forma, el moderno se siente orgulloso de su residual inteligencia capaz de desarrollar tecnología o aplicaciones informáticas... La infrahumanidad sonríe y se frota las manos ante este orgullo: ella se está saliendo con la suya, ella está ganando la partida, ella está cerca de culminar su proyecto.

Quizás el lector puede reflexionar sobre estas cuestiones a través de algunas preguntas. Si se ha cambiado el mundo en cincuenta años de tal forma que no lo conoce ni la madre que lo parió, ¿Cómo habrá cambiado mi interior, en qué grado y en qué profundidad? Si la informática aspira a crear inteligencia (A.I.), ¿No habrá sido sumamente más sencillo producir una programación informática aplicable a mi funcionamiento mental? Si el lenguaje informático crea una “realidad virtual”, ¿Será igualmente “virtual” la realidad que mi mente crea a través de ese mismo lenguaje impuesto en mi conciencia moderna? Si me he considerado siempre como un “ser inteligente”, ¿Por qué la expresión de esa inteligencia no tiene ni rastro de una mínima intelectualidad, sino más bien lo contrario?: una inerte tendencia a la sistematización, a la clasificación, a la taxonomía cuantitativa. Si siempre me han dicho que “los hombres están evolucionando” y yo me lo he creído, ¿Qué diablos es eso que camina encorvado por la calle, temeroso hasta de su sombra, coleccionador de síndromes y enfermedades, con corbata en el cuello, con un teléfono móvil en la oreja, con chip en su tarjeta de crédito, y con un calzoncillo de marca encorsetando un estéril y disfuncional sexo?

Respuesta a esta última pregunta: es el ser humano residual y superviviente a través de su utilidad en el Novus Ordo Seclorum. La fuerza infrahumana se refiere a él con sarcasmo como “el nuevo hombre”.

Pues sea como sea, no lo olvidemos: aun en el mejor de los casos donde internet es un medio de información más o menos válido, Internet fue, es y será siempre un medio propagandístico (Léase “Tecnocracia Global y Destrucción Familiar”).

Eso es Internet en líneas generales: un medio propagandístico que, eventualmente, puede ser un medio de información, y que jamás será una fuente de conocimiento metafísico. Por ello, todo tipo de espiritualidad queda vedada y abolida en la red. Y así, con una espiritualidad trampeada, un bombardeo propagandístico, y una información ilusoria que aspira a retener al “informado” en paradigmas mentales que después se verán, Internet deja las puertas abiertas a todo tipo de fuerzas contrainiciáticas organizadas en redes de individuos y colectivos que, irremediablemente, sólo pueden ser considerados como “satanistas”.

Internet, ¿instrumento del diablo? Dirán: vamos, señor, no bromee. Si leemos por internet, trabajamos por internet, compramos por internet, encontramos pareja por internet. ¡Internet tiene cosas buenas! Claro: imagínense que de Hiroshima sólo se hubiera extraído el infierno de una ciudad destruida y un ecosistema devastado por miles de años. No; hay que mostrar un señuelo: con la bomba atómica se mostró la energía nuclear, y con Internet, tu acceso libre a la información. ¿Pero hay que recordar que quienes desarrollaron la bomba atómica o Internet (por cierto, son los mismos) no tienen ningún interés en informarte y, muchísimo menos, en hacerte libre?

¿Es posible la contrainiciación digital?

Todo lo que se ha escrito sobre contrainiciación (su papel, su origen y su epidémica expansión) tiene como base la obra del autor más importante del mundo moderno, René Guénon. Para Guénon, la contrainiciación es una amenaza doble pues, no sólo adopta formas paródicas de una verdadera iniciación, sino que la contrainiciación dirige inexorablemente hacia su lugar opuesto e inferior: lo infrahumano, lo anti-espiritual, lo subintelectual; en definitiva, lo satánico. Para el mismo autor, la iniciación regular y verdadera va desapareciendo a medida que nos acerquemos al “fin de los tiempos”, lo que en absoluto es una opinión de Guénon, sino que así lo indican con unanimidad hadices islámicos o slokas hindúes. Cerca de la “Última Hora”, en el estado postrero de la “Edad de la Oscuridad”, las influencias espirituales van reduciéndose, ocultándose, retirándose, para finalmente desaparecer justo antes de yawm ad-dīn islámico o mahapralaya hindú.

¿Hemos llegado ya a ese momento? Esa es una cuestión complicada. Ni afirmamos ni negamos que aún existan posibilidades de iniciación verdadera, pues no tenemos competencia para hacerlo. Sin embargo, afirmamos rotundamente que, de existir esas posibilidades, obviamente no se encuentran ofertadas en Internet. Eso resulta indudable. Este hecho contrasta con una desagradable realidad: hoy en día se ofrecen en internet, cursos, grupos, asociaciones, talleres, cursillos, foros, comunidades, tiendas... que dicen tratar de “espiritualidad”, “religión”, “ciencias esotéricas”... ¿Qué es eso entonces? ¿Una parodia? Sí. Una parodia, pero no sólo una parodia.

En oposición a la iniciación normal, la contrainiciación busca la destrucción de la intelectualidad y la devastación del criterio humano individual. Un hombre o una mujer contrainiciados son sujetos controlados en cada aspecto de su ser, desde las ideas, las opiniones, los hábitos comportamentales, hasta su forma de hablar, su alimentación o su vestuario. En el último grado de la contrainiciación, nos encontramos a un ser humano sólo en apariencia, completamente controlado por fuerzas satánicas que lo mueven como una marioneta. Ese “control” sobre lo humano es el que buscan los individuos y las sectas contrainiciáticas, pues -esto es crucial- toda plataforma contrainiciática se sirve de la ambición económica del front-man sectario de turno. Sin venta de cacharros, sin cursos y talleres, sin reuniones o retiros turístico-espirituales, no existe plataforma contra iniciática. Aquí tienen una buena forma de identificar la contrainiciación: sin oferta mercachifle no hay plataforma contrainiciática posible. De la misma forma, sin prosélitos que den cuerpo a la secta destructiva, tampoco. No hay satanismos sin estafa económica, y no hay estafa económica sin control mental. Es necesaria una masa de seguidores más o menos numerosa. Por lo tanto no resulta difícil identificar estas hordas de zombis, más aún cuando su presencia está extendida a todos los dominios. Y esa es la cuestión: TODOS los dominios. Uno de ellos es Internet, pues el medio cibernético resulta idóneo para los intereses de estos sujetos y sus organizaciones. Parece demasiado idóneo para ser casual: Internet es una herramienta a medida de las fuerzas de destrucción de la espiritualidad. Veamos por qué.

Las sectas contrainiciáticas se organizan a través de fuerzas sutiles al servicio de la destrucción de la humanidad. Esas fuerzas enemigas en la tradición judeocristiana son referidas como Satán, en el Islam con el concepto escatológico del Dajjal, y en la tradición hindú como la fuerza de desintegración referida como tamas-guna. Por lo tanto, los aparentes “líderes” de las agrupaciones contrainiciáticas ni tan si quiera son líderes de nada, sino que son peleles utilizados a su vez por fuerzas de las que acostumbran a ignorar todo. El Enemigo coloca como front-man a un energúmeno más o menos charlatán, cegado por su ambición de poder económico y adiestrado en un proselitismo profesional siempre agresivo y no pocas veces, violento y criminal. Nada hay verdadero y real en la contrainiciación. El líder es una imagen, un mero administrador, un orador parlanchín, un publicista, un propagandista, un esbirro, un diseñador web. La intelectualidad es perseguida en la medida en la que puede suponer una amenaza a un cuestionamiento del fondo y los métodos de la empresa sectaria. Todos estos elementos hacen de Internet, el medio idóneo para el desarrollo de este negocio. Pues, antes de cualquier cosa, una secta satánica es un negocio lucrativo para sus organizadores: poco importa que sean cursos, talleres, conferencias, meditaciones, consultas terapéuticas, sesiones de timbales, cuencos, panderetas, teletiendas de aloe-vera, camisetas, gorras, cremas, inciensos... La contrainiciación es un producto comercial; la contrainiciación se vende. Por lo tanto, ¿es posible la contrainiciación a través de Internet? ¡Claro! Por Internet se oferta, se acepta, se anuncia, se publicita, se compra y se vende. ¡Bienvenidos al tenderete satánico! Se acepta VISA y MASTERCARD. Eso sí: está prohibido pensar.

Internet: puertas abiertas a las fuerzas de destrucción de la intelectualidad

Internet es -todo el mundo lo repite como si fuera un mantra- un “medio de información libre”. ¿Qué libertad es esa? La que permite que en un mismo medio se afirme la premisa A al mismo tiempo que se niega. En Internet, hay fuentes que indican que A+B=C, al mismo tiempo que se afirma que A+B no es igual a C, mientras afirman, niegan e invierten tanto A, como B como C. Ya no es el uso que se haga de él, el medio informativo de Internet es en sí mismo contradictorio, ilógico, esquizofrénico, tendencioso, anti-metafísico, sub-intelectual... en otras palabras: Internet es un medio idóneo para la contrainiciación.

Por ello, las agrupaciones contrainiciáticas siempre van a ondear dos banderas de la corrección política: una, la “libertad de expresión”; dos, la “finalidad informativa”. Por supuesto, en el caso de las sectas satánicas y contrainiciáticas, estas dos banderas son utilizadas como la piel de cordero tras la que se esconden los lobos del averno. En la contrainiciación, no sólo está perseguida toda libertad de expresión, sino también y sobre todo, la libertad de pensamiento. Cualquier individuo con atisbos de criterio es alguien sospechoso a eliminar. No hay ningún dilema moral para los miembros de este tipo de agrupaciones: mientras atacan cualquier intruso crítico y amenazante para su organización empresarial, alaban la “libertad de expresión” con la repetición de consignas propagandísticas como “Somos amor”, “Tú eres Dios”, “Piensa en positivo”, “Abre tu mente”, “Somos uno”, etc. Todo esto es algo más que una estupidez. El alcance destructivo de estas agrupaciones se ha catalizado en la última década gracias a Internet.

Los grupos contrainiciáticos tienen su origen en el S. XIX (léase “La Falacia Fenoménica y la Mentira Extraterrestre”), y se desarrollan a lo largo de todo el siglo XX como aquello que seconoce popularmente como “sectas”. Estas sectas se desarrollaron en contextos minoritarios y con un radio de captación marginal (lo que no quiere decir que su nefasta influencia fuera insignificante). No es hasta principio del S. XXI y la era digital, donde las sectas satánicas contrainiciáticas encuentran un trampolín para la expansión y ampliación de su ambición empresarial y su anhelo destructivo para con la intelectualidad: el Internet. Todo este maremágnum de fuerzas organizadas en sociedades, webs, blogs, agrupaciones, escuelas, grupos, redes sociales... se puede encuadrar en el ambiguo y equívoco término de “new age”; ambiguo porque debajo del mismo paraguas se resguardan grupos de los más variado: adventistas, ufológicos, pseudocientíficos, neo-chamánicos, espiritistas, terapeúticos...; y equívoco porque lo único “nuevo” en la new age es la epidémica expansión de las fuerzas contrainiciáticas apoyadas en las nuevas tecnologías. Por lo tanto, no es ningún exceso hablar de “ciber-sectas”. Estas sectas existen y son peligrosas en grados en los que es preferible no creer. Sin embargo, un servidor investigó a varias de estas sectas hasta el punto de poder afirmar con pruebas contundentes, que no estamos hablando de “libres asociaciones de personas con intereses comunes”. Diseccionemos a estas ciber-sectas: hablemos de su estructura, financiación, modus operandi... con el único fin de poder identificarlas, combatirlas y finalmente desarticularlas.

Las ciber-sectas

Según la academia española, “secta” en esta acepción no es otra cosa que “un conjunto de creyentes en una doctrina particular que el hablante considera falsa”. Esta definición se adapta al objeto que aquí tratamos -es decir, las ciber-sectas- con la peculiaridad que habría que añadir a estas: la agrupación se hace de manera no presencial por medio de “redes” internáuticas, o en otras palabras, “de forma virtual”. Con esta novedad, el radio de captación sectaria se amplía hasta límites que nadie conocía.

En “La Falacia Fenoménica y la Mentira Extraterrestre” ya hice público mi compromiso activo de combatir los horrores contra-intelectuales de forma no tan teórica como hasta la fecha se me había reprochado con razón. Ya expuse datos arrojados de mis investigaciones de campo, mis entrevistas, mis infiltraciones en grupos contra-intelectuales con el fin de delatar a delincuentes que están demasiado acostumbrados a la impunidad. En ese mismo artículo ya señalé el enemigo a batir y definí con rigor su origen, sus pretextos y sus objetivos. Este enemigo –lo repetiré hasta que sea necesario- es el neo-espiritualismo ufológico. Pues bien: toda ciber-secta new age tiene relación subsidiaria con ese neo-espiritualismo ufológico, ejerciendo de franquicias dentro de una red que sus miembros no advierten que existe.

De hecho, el símil de la franquicia de comida basura resulta adecuado. En un país (por ejemplo, España) hay abiertos cientos de restaurantes de la marca norteamericana X. Cada restaurante tiene un gerente que elige al personal contratado, los proveedores, las ofertas de sus productos... y ciertamente ese individuo es quien se lucra con el margen de beneficio del restaurante en particular. Los diferentes gerentes de la misma cadena de restaurantes basura rara vez se conocen entre ellos. Los gerentes bastante trabajo tienen con administrar su restaurante particular y vender el mayor número de hamburguesas.

Pues bien: los front-man de las ciber-sectas contrainiciáticas (al igual que los gerentes de McDonalds) no perciben (ni quieren percibir para no perder su empleo) que forman parte de una enorme red contrainiciática gestionada desde Los Angeles, New York o donde sea.

El Gran Master McDonalds está tan campante en su mansión con piscina, y jamás (¡JAMÁS!) visitará ni un solo restaurante abierto en España, Grecia o Turquía. Es más: ¡Es muy probable que ni tan si quiera coma sus propias hamburguesas porque él mejor que nadie sabe que están envenenadas!

Como este símil resulta idóneo, es posible estudiar a las ciber-sectas. Es decir: los diferentes restaurantes McDonalds abiertos por todo el mundo son diferentes en personal, ubicación, lengua manejada, etc. Sin embargo todos y cada uno de los restaurantes (no importa cuál) tienen un mismo logotipo, una misma imagen corporativa, y unos mismos productos (Big-Mac ́s). Y así es: los Big-Mac ́s de estas sectas, el ítem new age, el producto contrainiciático es destruir la intelectualidad del individuo humano y, de paso, sacarle los cuartos. A eso se dedican estas sectas, fácilmente identificables por su estructura, financiación y procedimientos.

Estructura: Cada franquicia contrainiciática necesita un front-man, un administrador, un líder de una manada particular de adeptos. La contrainiciación no necesita un individuo inteligente ni dotado para ejercer de líder. Al contrario: necesita un personaje manipulable y manipulador, estúpido y astuto, parlanchín e intelectualmente insustancial. En el caso particular de las ciber-sectas, habilidades en informática, hackeo, y diseño web son valorados en el perfil de estafador new age. Por todo este currículo demandado, entre los líderes de las ciber-sectas suelen abundar periodistas, publicistas, relaciones públicas... y demás profesiones en donde la “libertad informativa” se suele presentar como un becerro de oro que oculta una carencia intelectual aguda.

La base ideológica de estas ciber-sectas es o bien inexistente, o bien prestada de ideólogos new age afincados en California o UK, o bien autores ajenos que son usados como un cuerpo parasitado. En cualquier caso, en las ciber-sectas los libros son realidades secundarias, y muchas de las veces, completamente desconocidas. En el más privilegiado de los casos, los libros son sólo otro producto de consumo. El fundamento ideológico de las sectas new age es el vacío más aterrador, disfrazado -eso sí- con una macedonia de pseudo-ideas en forma de consignas desprovistas de poder efectivo. Tal es el vacío intelectual de las ciber-sectas contrainiciáticas, que actualmente muchas de ellas se forman en base sólo a una negación, por incapacidad manifiesta de poder afirmar una idea.

Así, no es raro encontrar ciber-sectas que se presentan como “Anti-Nuevo Orden Mundial”, “Anti-religiosas”, o “Anti-capitalistas”, sin que nadie advierta que antes de definirse a través de lo que están en contra, sería conveniente dejar claro con qué están a favor estos grupúsculos, si es que pueden.

No pueden. De hecho la impotencia resulta la carta de presentación de los movimientos anti-nwo en general y de las sectas new age en particular. Por supuesto, independientemente de en qué digan estar en contra, todo ese inmenso conjunto de asociaciones contrainiciáticas forman parte de ese Nuevo Orden Mundial, con un protagonismo y colaboracionismo más importante de lo que jamás reconocerán. No sólo eso: además participan activamente en la destrucción intelectual más violenta y fundamentalista, y -¡por supuesto!- dependen de ese mismo capitalismo a través de los mercados new-age, los cursillos, los talleres, las donaciones, las conferencias, los tele- tiendas, las estafas terapéuticas y el paypal. En el caso particular de las ciber-sectas new-age, reconozco que me encantaría analizar críticamente su fundamento intelectual. Sin embargo, no me es posible... ¡No tienen! Porque a efectos prácticos, todo en las ciber-sectas se reduce a captar atención a través de blogs, foros y webs. Cuantos más miembros tenga una comunidad, más valorada en el ignominioso ranking de los grupos new age. El front-man sectario se jacta del tráfico de visitas como un éxito para su empresa: acapara atención sobre un público potencial al que ofrecer sus productos fraudulentos y –lo que es más importante- vampiriza el poder crítico de un ser humano que, con la coartada de “ser informado”, es destruido intelectualmente a través de métodos elementales de propaganda, adoctrinamiento infantil y lavabo de cerebro. He ahí la verdadera naturaleza de los medios de información: los medios oficiales te engañan y te destruyen; los medios alternativos te engañan y te destruyen. Esa es la oferta: ¡Ahora escoge libremente!

Financiación: Aunque las fuerzas contrainiciáticas se organizan a través de mecanismos sutiles imposibles de describir en un artículo como este, habrá unos cuantos lectores sensatos que se pregunten: ¿Quién hace posible las ciber-sectas new age, al menos materialmente? Más directo: ¿Quién financia estas circenses asociaciones criminales?

Buena pregunta. He investigado a varios grupúsculos new age americanos y europeos, y resulta obvio que existen intereses económicos depositados en estas sectas por parte de corporaciones, empresuchas de productos más o menos fraudulentos y portales de internet informativos, comerciales, e incluso pornográficos. También se sospecha con fundamento que think-tanks políticos y servicios de inteligencia gubernamentales estén involucrados financieramente en todo esto. También resulta obvio. Sin embargo, aunque estas relaciones existen, hay que reconocer que el grueso de la financiación de las ciber-sectas new age se garantiza gracias a su cándida membresía, que antes de miembros son clientes y víctimas de estafa.

Existen circuitos internacionales de conferencias, cursos, seminarios, congresos, wokshops... que garantizan el flujo de dinero a todas estas ciber-sectas. Estos eventos mueven un capital más voluminoso de lo que puede parecer ateniéndose a la ínfima calidad de las ponencias. Por lo general, las entradas a estas reuniones son caras (todo lo caras que pueden serlo teniendo en cuenta que el cliente está controlado mentalmente y el producto ofrecido resulta ser sólo humo). Fíjense: un aluvión de eventos new age se ofertan cada año dando cabida a todo tipo de estafadores sectarios desvariando sobre cualquier tema: calentamiento global, salud, geopolítica, extraterrestres, medicina alternativa, ovnis, sida, patrañas espiritualistas, exopolítica, psicología de almacén.... Todo vale para pasar el cepillo entre farsa y farsa. Los front-men de las ciber-sectas viven de esto.

Hago un llamamiento a todos los hombres y mujeres de buena voluntad para que identifiquen y señalen a estos delincuentes en su entorno. Si en este mundo hubiera alguna justicia entre los hombres, esos sinvergüenzas acabarían en prisión. Sin embargo es conveniente no llevarse a engaño: hoy por hoy a las ciber-sectas les acompaña una impunidad que ofende a cualquier persona de bien. ¿Libertad de expresión? ¿Libertad de información? ¿Libertad de Mercado? No, sólo impunidad para todo tipo de criminal. Y esa es la cuestión más difícil de digerir en este tema: la contrainiciación no es sólo una treta picaresca para vender duros a cuatro pesetas. Hay algo más serio y más peligroso. En última instancia, los líderes new-age son sólo ambiciosos esbirros de fuerzas sutiles que no están tan interesadas en el dinero, sino en la destrucción de la intelectualidad, de la espiritualidad, del criterio humano. Esta amenaza sólo se puede evaluar investigando los procedimientos y métodos de las ciber-sectas.

Procedimientos: Toda ciber-secta capta atención a través de una web (blog, foro, lo que sea) que se excusa con los pretextos de la información alternativa o la espiritualidad new age. El miembro captado entra así –sin saberlo- en una inmensa base de datos confeccionada para optimizar el negocio sobre un público potencial controlado.

Entiéndase que la membresía en una ciber-secta no tiene que ver con una fe, una afinidad, una idea... sino exclusivamente en formar parte de una “red social”. ¿Y qué diantres es eso de una “red social”?

Muy sencillo: una base de datos personales con la que traficar. Ese tráfico de datos personales puede tener (y de hecho tiene) una finalidad comercial... o puede tener otras finalidades ciertamente más siniestras. Eso es una “red social” al fin y al cabo: control, poder, información sobre la población diseccionada como clientela potencial de las diferentes categorías comerciales: moda, música, turismo, educación... La Red Social sabe tu nombre, tu raza y tu dirección; también sabe qué música te gusta, qué destinos turísticos te gustan, qué programa de TV te gusta, etc. Cuando optimicen su funcionamiento, la Red Social no sólo sabrá qué te gusta, sino que ella misma determinará lo que te gusta, de una manera más precisa e inexorable de lo que podríamos imaginar en nuestras peores pesadillas. Ocurre una cosa: de todas las parcelas del ser humano clasificadas taxonómicamente con fines comerciales y de control, hay una ciertamente incómoda y rebelde para la ingeniería social global. ¿Cuál? Esa que se define como “espiritualidad”. Es fácil encasillar a los seres humanos por raza, renta o talla de ropa... pero hay una realidad en el hombre que hace rabiar a los tecnócratas: la realidad espiritual humana. Ahí es donde entran en acción las ciber-sectas new age: es necesario intentar hacer de la espiritualidad un producto de consumo, y si no fuera posible, los criminales new age intentarán matar ese mismo espíritu humano. (Eso sí; les advierto: no podrán; ni una cosa ni otra).

Esa es la función de las ciber-sectas new age: son los sicarios de la contra-intelectualidad. Pretenden monopolizar el pensamiento sin ningún tipo de pensamiento genuino, ni idea, ni ejercicio intelectual. Pretenden vender una ilusoria verdad dulce y pret-a-porter mientras encubren las atrocidades de sus patrones. Invocan un espectro y lo ofrecen a las masas como una impostora “espiritualidad”. Insultan cualquier valencia sagrada en el ser humano y sonríen impunes a la cámara.

El organigrama de estas ciber-sectas es rigurosamente satánico: jerarquía piramidal no organizada en función de la inteligencia, la cualificación o la pureza, sino en niveles de obediencia y falta de escrúpulos. Los datos personales son utilizados para controlar a la membresía. Si algo escapa al control del front-man new age, no se duda en usar los métodos propios de un sindicato del crimen: extorsión, chantaje, calumnias, amenazas, insultos, usurpación de identidad, difamación, crackeo informático, ataques, montajes fotográficos, difusión de datos personales, falsificación de documentos... y todo tipo de procedimientos mafiosos. Nadie puede entrar y salir de una secta a su antojo. Todo pensamiento disonante es silenciado. Todo atisbo de voluntad y criterio individual resulta sospechoso para la cohesión de la secta. Todo cuestionamiento de base está violentamente perseguido. Ese es el interior de la ciber-secta new age; mientras tanto exteriormente se lanzan mensajes de amor universal, de pensamiento positivo y evolución de la consciencia cósmica. Así es: por dentro revientan al ser humano; por fuera venden humo aceptando credit cards.

Si alguno de ustedes se pregunta: ¿Cómo conoce este señor la estructura de las sectas estas? Respondo: Yo las he investigado desde dentro. Tal y como dije en “La Falacia Fenoménica y la Mentira Extraterrestre” , hace más de un año que decidí entrar en contacto con grupos neo-espiritualistas new-age, infiltrarme en ellos, experimentar la catadura moral de sus cabecillas, y combatirlos desde su interior. Ya he terminado ese trabajo. He investigado directamente a las sectas new age más nefastas y destructivas de Estados Unidos, Brasil, Argentina y España; y hoy puedo afirmar todo lo expuesto en este artículo con un sólido fundamento de varios meses de trabajo de campo y una experiencia personal valiosísima. Resulta necesario bajar al ruedo para delatar a estas bandas criminales. Pues si alguno piensa que nuestro combate se reduce estrictamente al campo teórico de las ideas, se equivoca.

En este artículo se ha llevado a cabo una síntesis de la gestación, la finalidad, la estructura, la financiación y las herramientas de las ciber-sectas new age, grupúsculos que en los próximos años crecerán como setas y que ya hoy tienen una influencia destructiva más importante que la que advierte el ciudadano medio. Para preservarnos a nosotros mismos y a nuestras familias de estas gentes es necesario adelantarse a los acontecimientos: en 2011 ya se puede evaluar un estrago espiritual considerable; y el desarrollo actual de las redes sociales y la epidemia new age no pronostican un futuro muy halagüeño. Alguien dijo: “Son pocos y cobardes”. Estoy de acuerdo con que son cobardes, pero discrepo en la primera premisa: son muchos y cada día son más. Es un deber humano tratar estos temas, y no precisamente en Internet, sino en nuestras comunidades reales del día a día, no las virtuales: hay hordas contraintelectuales por doquier y su influencia –ya hoy- es nefasta para todos y muy especialmente para los más jóvenes. Se trata de la doctrina del Dajjal, la falsa religión global, la fe del Anticristo... llamémoslo como sea. El hecho es que las huestes de la barbarie ya están aquí.

Resta trabajar con dedicación y humildad para que el ser humano discierna y retome su centro espiritual por sí mismo. Sólo él mismo puede hacerlo, sin necesidad de mediadores. Todos nuestros esfuerzos deben dirigirse hacia ese trabajo personal, individual e intransferible desde el desapego y el desprendimiento absolutos. Ciertamente muy pocos los lograrán. Poquísimos individuos conseguirán emanciparse de esas estructuras parásitas y vivir con autonomía. Aun si sólo fuera uno el que lo lograra, ninguno de nuestros trabajos sería en vano.

ibn asad

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Redacción de Exégesis Diario

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