La fábrica de crisis: La ilustración

LA MADRIGUERA 19 de junio de 2020 Por Germán Lev
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Culto al sol negro La ilustración

Los medios de comunicación se incrementaron en paralelo con la industrialización, y su fin último —y primero— fue coercionar a las masas que llegaban de los campos a los conglomerados para que éstas se sincronicen al vigor de época de cambio que se estaba atravesando: el de una revolución industrial que dejaba atrás el viejo paradigma de las monarquías absolutistas para dar forma al nuevo embrión; una sinarquía cuyo propósito sería alienar el inconsciente colectivo de las civilizaciones profanas a los dogmas de las sociedades iniciáticas duras. 

Fue el siglo de las luces, de la manifestación disciplinaria y pluralista del positivismo. Pero, sobre todo, fue el tiempo de una batalla declarada (en el epicentro del obscenario ritualístico de los adoradores de Saturno) por la mente y espíritu de la nueva granja humana que había brotado en los jardines de hormigón que se levantaban, y que, por supuesto, se habían dispuesto para su posterior profanación.

Revueltas que dieron lugar a la sublevación de la plebe francesa contra el poder autocrático del reinado borbónico

Cuando el príncipe Luis Felipe XVI (de 16 años) se casó con María Antonieta de Austria (14), Francia ya estaba atravesando una insondable crisis que estuvo a punto de agotar sus recursos económicos. Una década antes, Luis XV había entrado en una guerra de siete años con Gran Bretaña por el control de América del Norte. Trofeo con el que se quedaría el país inglés. Desde entonces la población francesa aumentaría día tras día tan vertiginosamente como se perdería el prestigio del reinado de la dinastía borbónica. Cuatro años más tarde, en 1774, muere Luis XV producto de una viruela negra y su nieto debe sucederle en el trono. A diecinueve kilómetros del majestuoso Palacio de Versalles, producto de malas cosechas, el hambre asolaba las calles de París mientras que las ideas de la ilustración eran propagadas por la más reciente clase social que había germinando: la burguesía. Toda esta situación sumada al incremento de impuestos, cereales y del pan, fue sembrando un caldo de cultivo que no tardaría en convertirse en revueltas sociales.

El 14 de julio de 1789, cerca de un millar de franceses se alzan contra la Bastilla del medio evo que se yergue en los barrios del este de París, y que representa ante los ojos de la plebe, el antiguo símbolo del régimen. El castillo de piedra fue la prisión donde la monarquía y el clero llevaban de manera arbitraria a los individuos que consideraban peligrosos para su autoridad, una vez allí los presidiarios eran torturados y en muchos casos, desaparecidos. Entre sus célebres presos estuvieron: el misterioso personaje de la máscara de hierro, el marqués de Sade y el literato y filósofo Voltaire. La antigua prisión —que ya no tenía uso militar— estaba custodiada por treinta y dos granaderos, pero ante el grave panorama que se avecinaba, pronto llegaron cerca de un centenar de refuerzos. El fuego cruzado comenzó y las luchas se intensificaron dentro de la bastilla, que se asemejaba a un dédalo. La guarnición que custodiaba la bastilla no tenía ninguna oportunidad, pronto fueron asediados y sobrepasados en número por la violenta muchedumbre. La batalla dejó alrededor de cien víctimas. Dentro se encontraba la pólvora y la munición que los sediciosos necesitaban para cerca de los treinta mil mosquetes que habían robado horas más temprano del Hotel de los inválidos, un hospital militar. El acontecimiento dio comienzo a la revolución. 

 Toma de Bastilla en París, Francia (1789)Toma de la bastilla: Revolución francesa, 1789.

El periódico de la revolución y su relación con las masacres que acontecieron en Francia

Fue en este contexto, gracias a personalidades como la de Robespierre, que exigió incansablemente una prensa libre, sin censura, que surgió el pérfido periódico “El amigo del pueblo”; fundado y dirigido por Jean-Paul Marat, un médico insatisfecho, venido a menos que vio en el naciente levantamiento un medio para propagar sus ideas de izquierda, en la línea ideológica de los radicales jacobinos, y saciar así su sed de venganza contra la aristocracia de su país que continuamente lo había degradado. El diario era seguido por las clases más bajas, los denominados san-culottes; compuestos en su mayoría por campesinos, artesanos y vendedores quienes veían en El amigo del pueblo un medio que apoyaba y justificaba la emancipación del pueblo francés del reinado borbónico.

Mientras toda la estructura social y política francesa es modificada y se instaura La Asamblea Nacional Constituyente, donde es suprimido el régimen feudal y se declara que todos los hombres son iguales ante la ley y por lo tanto las distinciones de clases son abolidas, Marat se encargó de hacer listas negras y de perseguir a todos cuanto tenían una posición de poder. Estos “enemigos del pueblo” eran constantemente sospechados de conspiración y hostigados con mano dura hasta que pudieran demostrar su inocencia. Caso contrario eran encerrados, o incluso, puestos a disposición de la nueva máquina que se había creado para que todos experimentaran la misma justicia piadosa: la guillotina, conocida también como la cuchilla nacional. De esta manera, los terribles tormentos y muertes propias de la alta edad media que se utilizaban contra las clases más desprotegidas, quedaban en el pasado. 

Más tarde, después de haber pasado varias temporadas en el exilio, Marat regresó a Francia puesto que fue convocado para tomar un asiento en La Comuna de París, en donde de inmediato, fiel a su carácter radical, pidió que se ejecutara al matrimonio real por haber traicionado el pacto constituyente y haber intentado huir del país. Al no verse concretado sus deseos, furibundo, el filósofo devenido en periodista, incitó a que se perpetrara el asesinato de todos los presos políticos que se encontraban en la prisión de Châtelet, alegando —con razón— los peligros de que cayeran en manos del enemigo y fueran puestos en libertad. Los ejércitos de Austria —país de la familia de María Antonieta— y Prusia iban camino a terminar con las revueltas y a restaurar el reinado de Luis Felipe XVI, que se encontraba en ese momento prisionero junto a su familia. Las matanzas se perpetraron durante cuatro días, en el año de 1792 y fueron conocidas como Las masacres de septiembre; las mujeres fueron mutiladas y violadas, las cabezas de altos funcionarios fueron cortadas y sus cuerpos desmembrados y las entrañas de los sacerdotes extraídas aún con sus cuerpos retorciéndose. Cerca de mil cuatrocientos presos fueron masacrados luego de juicios abreviados en esos días negros en París.

Cuando Francia fue declarada una república, Morat se apresuró a cambiar el nombre de su periódico. Ahora pasaría a llamarse “El diario de la República Francesa”. En la mañana del 21 de enero de 1793, un día después de ser declarado culpable de traicionar y conspirar contra Francia, el antiguo rey fue puesto en el púlpito de una plaza pública y su cabeza rodó. Sus últimas palabras fueron: “Pueblo, muero inocente. Soy inocente de todo lo que se me acusa. Deseo que mi sangre pueda cimentar la felicidad de los franceses”. Luego de todos estos extraordinarios acontecimientos, el periodista, embebido en su propia fiebre agitadora, sediento de hacer correr más sangre, dispuso todas sus energías en combatir a la alta burguesía especulativa, los denominados girondinos moderados, a quines acusaba abiertamente de confabuladores hacia la causa revolucionaria. La persecución y eliminación de las tropas girondinas fue la última victoria del llamado La ira del pueblo. Marat fue asesinado poco tiempo después de una apuñalada en el pecho mientras manipulaba correspondencia y se daba un baño caliente en la bañera (sufría de una enfermedad en la piel que le causaba terribles dolores). Su victimaria, Charlotte Corday, era una simpatizante girondina. Con Marat se iba la historia del primer periódico célebre nativo de la revolución francesa.

Las cabezas de miles de víctimas fueron arrancadas de cuajo por la cuchilla nacional, entre ellas, la de María Antonieta y de revolucionarios como Danton o la del pragmático masón Robespierre. Otros tantos grandes hombres fueron confinados y sus voces silenciadas por décadas, como la de Auguste Blanqui, que se ganaría el apodo de el encerrado tras pasar, entre entradas y salidas de prisión, más de treinta años recluido. Sin embargo, otros presuntos libertarios que se opondrían en principio a la corona correrían con mejor suerte, o quizá sea más correcto decir, apoyo. Como el general Napoleón. Que no sólo contaría con la garantía de la logia masónica (que estuvo conspirando desde el principio para que Francia se emancipara de la monarquía y de ahí el lema de los revolucionarios: libertad, igual y fraternidad que coincide con los de la francmasonería) sino que además tendría una suntuosa fortuna a su disposición para engordar, fortalecer, vestir, armar, establecer y trasladar a sus tropas en las distintas batallas que librarían por todo el continente y que, lógicamente, un país en bancarrota como Francia jamás hubiese podido costear en ese período de entreguerras y conflictos civiles. Crédito sin límite que sería proporcionado en gran parte por la familia de banqueros ocultistas y expansionistas del escudo rojo: los Rothschild. Aunque más tarde —luego de sufrir una aplastante derrota en el sobrecogedor invierno ruso de Waterloo— el general padecería en carne propia el desabastecimiento hacia sus tropas y la conspiración de los banqueros que, viendo frustrados sus planes tras la derrota, dejaron el exterminio de la dinastía de los zares rusos para un siglo más adelante.

La muerte de MaratMuerte de Marat (Jean-Louis David)

La astucia de la serpiente y la trampa de la ilustración

La ilustración fue un movimiento intelectual, ideológico, político, científico y cultural que dominó, sobre todo, Francia, Inglaterra y Alemania a mediadios del siglo XVIII y que perduró hasta los albores del siglo XIX. Esta corriente fue difundida por los intelectuales de su tiempo y según sus mayores representantes (entre los que se encontraban Descartes, Voltaire, Rousseau o Montesquieu) la ilustración se caracterizaba por su aspiración de disipar las tinieblas de la ignorancia en el ser humano y el misticismo que todavía reinaba en la época mediante la luz del conocimiento y la razón. El enciclopedismo fue una de las herramientas de transmisión del conocimiento que comenzó a circular de manera masiva por las manos de intelectuales burgueses y agitadores, sobre todo en las ciudades más convulsas de Europa. El movimiento sobrevino en el marco de revoluciones, de cambios sociales y de paradigmas, y fue a causa de toda esta mixtura que la ciencia empírica logró emerger, gracias al empeño dispuesto por los positivistas, como fuente irrefutable de todo saber y raciocinio. Poniéndole de esta manera fin a todo régimen oscurantista y renacentista; marcando a paso de plomo el designio de lo que se denominó Tiempos modernos.

Con los tiempos modernos se dejaban atrás milenios bajo regímenes monárquicos y se comenzaba a experimentar la fiebre de la libertad que la construcción de los estados nacionales parecía ofrendar a todo ciudadano de ideales republicano. La educación dejó de ser un privilegio de la aristócrata y el sacerdocio y empezó a formar parte de la vida cotidiana del ciudadano promedio a la vez que el misticismo era borrado por la luminiscencia de la razón que traía consigo el nuevo paradigma científico. El mundo conocido dejó de apuntar el faro hacia Roma y Grecia y lo redirigió hacia la figura del hombre mismo. De esta manera fueron que las tinieblas del paganismo y los cultos politeístas terminaron de disiparse con la magnificencia del antropocentrismo; el hombre, de ahora en más, sería el centro de todo constructo y cosmovisión. No habría preguntas a las que la ciencia no pudiera responder o contradecir, no había idilios de la imaginación que la empresa humana no pudiese llevar adelante; habían comenzado los tiempos del relativismo, de la ruptura pretérita con el clasicismo, pero también, de la pérdida identitaria del ser humano con su propio espíritu.

Con el surgimiento de la sociología y de la psicología sucederían dos acontecimientos que alterarían para siempre el modo de comprender y experimentar la realidad. La primera se encargaría de estudiar los fenómenos sociales que se daban entre las comunidades y su entorno. A raíz de los grandes conglomerados de individuos que convivían y se relacionaban en las ciudades hicieron falta métodos multidisciplinarios que unieran fuerzas y se encargaran del análisis y monitoreo constante de todo lo que estuviera relacionado con la conducta del individuo y el entorno social, con el fin último de buscar maneras efectivas de control de la población así como de predicción del comportamiento de masas ante eventuales acontecimientos como podrían ser crisis económicas o catástrofes. La sociología, a través de distintas metodologías, recolectó, agrupó y analizó un sinfín de micro y macro datos (big data) que más tarde se emplearían en distintas estrategias y artimañas para sugestionar, modificar y manipular las conductas de las masas para que éstas encajen en el marco y el modelo deseado por los prestidigitadores (leer el documento Armas silenciosas para guerras secretas). La segunda sería la encargada de suprimir el cordón umbilical del ser humano con lo divino. Con la psicología, a través de lacayos como Freud, se pondría ―capciosamente― de manifiesto que toda entelequia en la aventura de los hombres se podía explicar estudiando la mente. La palabra psique proviene del griego psyché, y significa espíritu o alma. De modo que la correcta definición de psicología no es ciencia que se encarga del estudio de la mente sino estudio del espíritu. Las trampas lingüísticas sirven para confundir, adoctrinar y aprisionar la consciencia del profano. La programación neurolingüística ha demostrado ser una de las herramientas más efectivas para la manipulación de la conducta y del pensamiento. Con este sencillo cambio de paradigma dialéctico la psicología borró de un plumazo la noción metafísica de espíritu y, en un esfuerzo y trabajo conjunto con los seudocientíficos que daban crédito a la teoría del origen de las especies de Darwin (otro alto iniciado masónico), se pondría de manifiesto un adoctrinamiento colectivo en todo lo referente al origen de la especie humana. Con la hipótesis de que el hombre compartía un antepasado común con el mono, y de que los mitos teológicos tenían una perfecta explicación positivista, se comenzó a negar la noción de una divinidad creadora y se colocó al hombre ―implícitamente― como fuente dirigente de toda cosmogonía manifestada. Este principio no tardó en popularizarse mediante la propaganda y en modificar el comportamiento de los ciudadanos que, arrastrados por la paranoia en que los sumía el ritmo de las nuevas ciudades y obligados a largas jornadas laborales en fábricas por sueldos que apenas si alcanzaban para cubrir necesidades básicas, fueron incapaces de protegerse de las múltiples operaciones que se ejercían en su contra y cuyo objetivo era transformarlos definitivamente en seres infrahumanos, auténticos esclavos mentales. Una idea que los evolucionistas promulgaron con éxito fue el concepto de la capacidad adaptativa y de transformación del hombre hacia el medio y contexto que lo rodeaba, además de insistir en que la selección natural se debía a la supervivencia del más apto; es decir, que había ciertos rasgos genéticos en las especies que transcendían a las siguientes generaciones mientras que había otros que estaban destinados a desaparecer puesto que no eran capaces de adaptarse al medio circundante. Esta perversa corriente ideológica (propia de luciferinos y satanistas) sería la base sobre la que se fundaría el nuevo mundo. Una enorme maquinaria destinada a la modificación de la conducta de masas y operaciones de ingeniería social se pusieron en marcha por múltiples y diversos flancos, dejando millones de seres humanos marginados fuera del nuevo sistema globalista puesto que, según los protocolos del emergente régimen, cargaban rasgos genéticos destinados a desaparecer ―o esclavizarse―.

Las tres grandes líneas de tiempo en que se tiende a dividir la historia reciente de la humanidad previos a los tiempos modernos son: edad oscura, renacimiento y finalmente ilustración. Esto coincide con el camino iniciático en el que el discípulo o aspirante a la gnosis (conocimiento elevado) debe transitar; primero, el neófito debe atravesar el infierno de las pasiones, entenderlas para posteriormente dominarlas. En este primer período el aprendiz conoce y se enfrenta a la sombra interna; paso inicial que coincide, casualmente, con la edad oscura. El siguiente sendero lleva al aprendiz hacia la muerte (en sentido alquímico) para después nacer una segunda vez, es decir, renacer. Esta vez con el amparo de la luz de la gnosis que de ahora en más guiará el camino del iniciado. Este período concuerda con el tiempo del renacimiento, donde las grandes obras de la antigüedad son reveladas y divulgadas a la gran masa y, en donde además, hay grandes avances en lo relativo a materia tecnológica y de conocimiento. Finalmente, después de un proceso de purificación donde el animus (arquetipo de lo masculino en el inconsciente colectivo de la mujer) y anima (aspecto femenino interno en el varón), hombre y mujer se funden en un solo cuerpo alquímico o alma, los opuestos quedan unidos y se llega así a la iluminación, al cristo interior; período iniciático representado pérfidamente por la ilustración. Todos estos arquetipos en el sendero del iniciado, que están representados en las líneas históricas de tiempos de la civilización, han sido volteados y degenerados por los grandes magos cabalistas que controlan las palancas del sistema para que el profano jamás encuentre la salida del laberinto interno y llegue a comprender el mundo contingente que lo rodea. Con la ilustración todos los paradigmas relacionados con la forma de experimentar la realidad del ser humano se modificaron y migraron en dirección contraria a la corriente renacentista, la cual fue considerada un movimiento peligroso para el establishment debido a que hacía énfasis en alcanzar una ética y una moral superior, además de promulgar la labor espiritual y una armoniosa relación con la naturaleza. Con el nuevo estado los conocimientos trascendentes propios de la ciencia hermética volvieron al sincretismo de las escuelas de misterio y la ciencia vulgar y materialista se elevó hasta ocupar un altar religioso en la sociedad global; donde los métodos de inducción de análisis científicos y el análisis crítico son ilusiones elaboradas por los magos titiriteros para entretener con engaños a una humanidad infantilizada y lobotomizada. Las versiones históricas y científicas transmitidas por los medios de comunicación en colaboración con el oficialismo del gobierno diligente de turno al Estado Profundo comenzaron a ser suficientes parámetros para la comunidad global como para discernir con claridad entre lo verdadero y lo artificioso. En la antesala de la llamada modernidad todo comenzó a ser relativo, y de un momento a otro, ya no había verdades rígidas y universales a las que aferrarse. A partir de la Ilustración la humanidad fue conducida a vivir a la deriva en un naufragio perpetuo. Naufragio que persiste hasta nuestros días.

Germán Lev

Editor, redactor y narrador. Más en www.germanlev.net

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