La biografía prohibida de Adolf Hitler

RETAZOS 30 de enero de 2021 Por Exégesis Diario
Diseño sin título (1)

La biografía oficial de Hitler está repleta de puntos ciegos que no pueden explicar la ascensión meteórica que tuvo el joven Hitler como eximio orador y jefe de propaganda del Partido Obrero Alemán hasta convertirse en el "Führer und Reichskanzler" de Alemania. Sin embargo, esta información tan celosamente guardada por las agencias de inteligencia y las sociedades secretas, finalmente salen a luz del gran público. El economista, autor y periodista argentino, Walter Graziano, revela en su libro Nadie Vio Matrix flashes de la traumática vida del pequeño sociópata Adolf, a la vez que deja pequeñas migas en forma de pistas sobre el verdadero linaje sanguíneo de Hitler que lo exponen como un bastardo del clan Rothschild en Viena.

Un perfecto desconocido llamado Adolf Hitler

En años recientes apareció una biografía de Hitler que según sus propios editores y buena parte de la prensa es la "versión definitiva" de la vida del dictador nazi. Se trata de la obra en dos volúmenes de Ian Kershaw, editada en todo el mundo y vastamente publicitada en los medios de comunicación. ¿Por qué establecer una biografía "definitiva" de Hitler a casi sesenta años de su muerte? Ya hemos dicho que a la elite le conviene dar adecuada sepultura a sus enemigos, primero mediante la desinformación de la prensa, y posteriormente mediante la manipulación de la historia. Hay básicamente tres hechos de la vida de Hitler (aunque podríamos nombrar más) que conviene "enterrar" —y que aún no lo han sido en la medida suficiente—, porque podrían despertar todo tipo de suspicacias, controversias y acusaciones a la elite globalista que impera en Wall Street. Éstas son las siguientes:

  • Los fluidos lazos entre Wall Street, y muchas de las principales corporaciones anglo-norteamericanas (hay varias petroleras y bancos como Morgan, Chase, National City Bank, Brown Brothers & Harriman, la hoy Exxon, Texaco y Shell, IBM, Ford, General Electric, entre muchas otras), seriamente comprometidas en el ascenso de Hitler al poder, en su financiamiento una vez en el poder, y aun en su auxilio durante la guerra. Incluso el propio abuelo paterno de Bush fue uno de los financistas de Hitler. Estos puntos los hemos tocado con cierto detalle en el capítulo IV de Hitler ganó la guerra, así que no los volveremos a tratar aquí. El lector podrá acceder además a entretelones con mayor minuciosidad aún en las obras Wall Street and the Rise of Hitler (Wall Street y el Ascenso de Hitler) de Antony Sutton, y en la mejor obra sobre el padre de George W. Bush: George Bush: The Unauthorized Biography, de Webster Tarpley y Anton Chaitkin. Kershaw poco y nada habla de estos muy espinosos temas. La historia oficial debe enterrar esta cuestión no sólo para salvar el buen nombre de las actuales megacorporaciones, sino también el de Franklin Delano Roosevelt, quien estaba perfectamente al tanto de toda esta muy delicada situación debido, entre otros muchos factores, a los informes que le enviaba su embajada en Berlín antes y durante el inicio de la guerra.

  • El gran impulso que dio a la carrera de Hitler, quien tras la Primera Guerra Mundial era sólo un cabo retirado del ejército y un desocupado, su relación con las sociedades secretas alemanas y con el ocultismo, muy especialmente con la Sociedad Thule —emparentada con los Illuminati de Baviera— que le permitió una meteórica carrera desde su punto inicial de orador en mitines políticos del minúsculo Partido Obrero Alemán a nada menos que jefe y dictador de toda Alemania. Esa relación con la Thule Society y sus miembros más prominentes como Dietrich Eckhardt y el conde von Sebbotendorf le proporcionó el financiamiento inicial de los principales industriales alemanes a inicios de los años veinte, cuando su carrera política aún estaba en pañales. Por lo tanto, si es necesario "enterrar" las conexiones económicas y financieras entre el III Reich y Wall Street, también conviene sepultar para siempre un detenido examen de la relación de Hitler y las sociedades secretas, no sea que se destapen muchísimas otras relaciones entre los más importantes políticos y las sociedades secretas, y se descubra quiénes son los que realmente manejaron y manejan el poder político en el mundo. Obviamente, la biografía "definitiva" de Kershaw apenas hace mención de la Sociedad Thule, y ni siquiera la muestra acabadamente como una sociedad secreta, sino apenas como una especie de grupo nacionalista para nada secreto. Sobre este factor tampoco hablaremos ahora dado que lo hemos desarrollado en el capítulo VII de Hitler ganó la guerra.

  • El tercer punto que la historia oficial debe enterrar y olvidar definitivamente acerca de Hitler, son algunos de los aspectos de su vida privada, especialmente desde su origen hasta su cristalización como líder indiscutible de Alemania, dado que es otra cuestión espinosa que de revelarse no sólo mostraría el costado humano de lo que oficialmente conviene mostrar como un "monstruo", sino que además podría llegar a despertar algunas inquietudes que aún no se sabe a ciencia cierta adónde pueden conducir, ni derivar. De su vida privada, poco se ha dicho: se ha sugerido que era o bien homosexual, o que tenía al menos tendencias homosexuales, y que su relación con Eva Braun, su compañera una vez instalado como Führer alemán, pasaba más por lo "decorativo" que por lo que suelen ser —o deberían— las relaciones entre un hombre y una mujer. Respecto de ese punto no se sabe si es real. El de su homosexualidad en cambio, casi seguro es una fábula y la confusión puede provenir del hecho de que una vez convertido en dictador, Hitler casi dejó de tener vida privada. Toda su libido estaba concentrada en manejar Alemania y, posteriormente, en los intereses alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Así que en cuanto a esa época, poco y nada interesa de su vida personal. Es su origen, su infancia y su juventud lo que la historia oficial debe silenciar, la de Kershaw lo logra casi a la perfección. 

Vayamos entonces directamente a este último punto. Hacia 1930, Hitler ya estaba consolidado como político en Alemania y en Europa, pero aún estaba muy lejos de acceder al poder. En esa época uno de sus hermanastros lo extorsionó con la amenaza de difundir que el origen de su familia, austríaca, era judío. Hitler le confió el problema a Hans Frank, posteriormente gobernador de Polonia, acusado y sentenciado a muerte en Nüremberg. Durante su detención, Frank le narró la historia completa a Gustave Gilbert, psicólogo de las tropas aliadas encargado de atender a los prisioneros, quien posteriormente escribió una obra titulada Nüremberg Diaries (El Diario de Nüremberg), donde narra una buena parte de la historia, reflejada por otros historiadores y biógrafos de Hitler como Joachim Fest. Otra vertiente por medio de la cual se revela el propio origen de Hitler es la CIA, dado que su predecesora, la OSS (Overseas Secret Service), había elaborado un informe completo, posteriormente editado como libro de autoría de Walter Langer bajo el título de The Mind of Adolf Hider (La Mente de Adolf Hitler), en el que se va mucho más allá de las especulaciones sobre su sangre judía, y se lo emparenta con el clan Rothschild, dado que su abuela paterna, Maria Schickelgruber, trabajó como mucama en la mansión vienesa de la familia y allí habría quedado embarazada de uno de sus miembros. No lo decimos nosotros, lo dice la antecesora de la CIA en un libro que —si bien no se sabe si acertó en su origen— al menos sí se sabe que acertó en su destino, dado que anticipó que se suicidaría.

Ahora bien, pocos años antes de la anexión de Austria por parte de Alemania, el canciller austríaco Dollfuss realizó una investigación sobre el tema y descubrió que, efectivamente, el abuelo biológico paterno de Hitler no era otro que un miembro del clan Rothschild, lo que tendría que ver de manera determinante con el asesinato de Dollfuss por parte de las tropas alemanas inmediatamente después de su entrada en Austria. Pero, ¿cómo puede ser cierta esa historia? Pues bien, el padre de Hitler, de nombre Alois Hitler, pudo tener ese apellido cuando tenía 39 años de edad debido a que su madre, Maria Schickelgruber, contrajo matrimonio con un anciano al enviudar éste, de apellido Huttler. Pero Huttler sólo reconoció como hijo a Alois muchos años después de su matrimonio con Maria. Ese reconocimiento tardío, junto al sospechoso hecho de que el registro de nacimiento de Alois presenta señales de haber sido adulterado, indicarían que Huttler no era su padre biológico. La "adopción" habría servido a Alois, sin embargo, para dar impulso a su carrera administrativa dado que podía mostrar, con el cambio de apellido, que no era un bastardo de padre desconocido. La historia descubierta por Dollfuss y por la propia OSS a través de Langer era, si no cierta del todo, al menos muy bien fundamentada. 

Lo cierto, es que Hans Frank narró en Nüremberg a Gustave Gilbert, con lujo de detalles, su versión acerca de la historia de la vida privada y el origen del dictador, pero no lo hizo ante el tribunal, que jamás preguntó nada al respecto. Dado su rol de abogado personal de Hitler ante la extorsión de su hermanastro, conocía a fondo los pormenores del caso. 

Frank contó que descubrió, al comando de la investigación que el propio Hitler le encargó una vez anexionada Austria, que el verdadero padre biológico de Alois, y por lo tanto el real abuelo paterno de Adolf, era un miembro del clan judío Frankenberger, dado que Alois Schickelgruber—como se llamó hasta los 39 años— recibió sostén económico de esa familia hasta los catorce años, y existía documentación que demostraba la conexión entre Maria y los Frankenberger, dado que se carteaban con mucha frecuencia. Habría que preguntarse en este punto si la conexión "Hitler-Rothschild" y la conexión "Hitler-Frankenberger" son incompatibles entre sí o en realidad resultan, si se examina bien el caso, perfectamente compatibles entre ellas, dado que una cosa es la paternidad biológica, y otra el sostén financiero. Más aún, resulta natural preguntarse si los dos clanes judíos estaban en alguna medida relacionados entre sí. Este asunto, especialmente espinoso —no tanto por la sangre judía de Hitler, sino por su parentesco con los Rothschild o los Frankenberger— es urticante para la elite globalista y sus subordinados historiadores porque bien podría ocurrir que, si se investiga a fondo, la meteórica carrera al poder de Hitler y su posterior gobierno con mano de hierro en Alemania y Europa, adquieran una dimensión totalmente diferente.

Ahora bien, una vez enterado Hitler de su ascendencia judía, una de las primeras cosas que hizo fue ordenar a sus tropas que destruyeran por completo el cementerio en el que estaba enterrada su abuela paterna, cerca de la ciudad de Graz. Ya mostraba la hilacha: en el afán de profanar la tumba de su propia pobre abuela, terminó profanando las tumbas del cementerio entero con el pretexto de que algunas tropas alemanas debían establecerse allí. No se trata sólo de que Hitler había querido borrar lo más posible su origen judío, sino también del hecho de que habría profesado un odio —inconfesado y profundísimo— hacia su padre. Alois Hitler, su progenitor, se había casado en segundas nupcias con una mujer muchísimo más joven llamada Klara Polzl, la madre de Adolf. Era el tutor de ella cuando era una niña, y tuvieron cinco hijos. Tres murieron antes de que Hitler llegara al poder.

Las confesiones hechas por Hans Frank a Gustave Gilbert antes de morir ahorcado fueron más allá, son jugosísimas y permanecen completamente fuera del circuito de la historia oficial, que deja un gran vacío en la figura infantil y juvenil del dictador, por lo que no puede explicar el "fenómeno Hitler". Lo cierto es que Adolf era el preferido de la madre, pero también al que el padre trataba en forma más sádica. Desde muy pequeño habría observado escenas terribles, dado que las peleas conyugales alcanzaban niveles que dieron pie a que él mismo las llamara "batallas" en su obra Mein Kampf. En la misma obra las describe señalando que "eran de tal crudeza que no dejaban nada a la imaginación". Hitler habría observado, ya desde muy pequeño no sólo actos sexuales entre sus padres, sino verdaderas golpizas y violaciones, dado que Alois se alcoholizaba casi todos los días y era el pequeño Adolf el que debía ir a rescatarlo de las tabernas por las noches. De allí el odio profundo que tuvo siempre al alcohol y el tabaco. Jamás fumaba ni permitía fumar, ni bebía alcohol ni siquiera en los brindis, en los que rutinariamente, él celebraba con agua mineral. Es probable también que el pequeño Adolfo haya visto a la madre haciéndole durísimas recriminaciones al padre en el que los términos de "bastardo" y "judío" no estaban ausentes, según lo que relatan Roberto Merle y Raymond Saussure en su obra Psicoanálisis de Hitler, basada en la obra de Gilbert. Hay que tener en cuenta que la familia de Hitler se componía en su niñez de siete personas, dos adultos y cinco niños que vivían hacinados en dos habitaciones pequeñas.

Hitler tenía esos motivos para odiar en secreto a su padre, pero existía también la violencia que empleaba contra él mismo, ante la cual reaccionaba siempre igual: conteniendo el llanto y sin proferir una sola queja, cosa que había aprendido de un libro que había leído acerca del comportamiento de los indígenas. Éste es un asunto llamativo dado que de adulto lloraría con gran facilidad ante determinadas situaciones políticas, cuestión que marca hasta qué punto su situación infantil lo marcó, y hasta dónde los llantos y las quejas suprimidas en su niñez, tenían efectos en su comportamiento adulto, y en toda Alemania y el mundo. Incluso la elección de su primera carrera —pintor— habría sido justamente por rebeldía frente a los deseos de su padre, ex empleado aduanero, que deseaba que Adolf siguiera sus pasos en la administración pública, a la que luego volvería —paradójicamente— con consecuencias nefastas para el mundo. Si se mira bien el asunto, la situación en que se hallaba el joven Hitler no era muy diferente de la concepción que tenían muchísimos alemanes de la situación de su propio país. Hitler había padecido —ésa era su visión— en su casa la situación de una madre germana "profanada" por un padre sanguinario de raíz probablemente judía. Ello ocurría en el mismo momento en que muchos alemanes veían a su patria "profanada" por los comerciantes y banqueros judíos, dado que el antisemitismo de una buena parte del pueblo alemán no nació con el Tratado de Versalles de 1919 diseñado por unos pocos banqueros y políticos elitistas, sino de muchísimo tiempo antes. Es usual que muchas veces los pueblos de todo el mundo vean sus culpas, complejos y miserias como algo causado por un perseguidor, algo que los excede y que está fuera de ellos mismos. Esa correspondencia entre la situación familiar en la que creía que se hallaba Adolf Hitler, y la que creían en que se encontraban muchísimos alemanes de la época, favorecería muchos años más tarde el acceso de Hitler al poder. Éste, al no tener nadie en quién identificarse, se identificaba con el pueblo alemán en su conjunto y con la raza aria en su concepción idealizada de Alemania y del mundo. En los años treinta, y hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, esa mutua identificación "Hitler-pueblo alemán" y "pueblo alemán-Hitler" ayudó a resolver —mejor dicho, a mantener— el complejo de inferioridad que abarcaba a ambos frente a las situaciones que vivían, y que se habían transmutado, a raíz de esa fusión, en su contrario: complejo de superioridad y megalomanía, según Merle y Saussure.

Si Hitler puso toda su libido en su carrera política y en prepararse bélicamente para invadir países y hacer la guerra, es porque no podía ponerla en un objeto sexual determinado. Aunque la historia oficial lo acusa de tener tendencias homosexuales, en su juventud en Viena Hitler se enamoró perdidamente de una joven modelo que posaba para él y para su amigo Greiner. Llegó a tal punto que, recordando e intentando repetir las escenas sexuales entre su padre y su madre —después de todo era el único tipo de acto sexual que estaba habituado a visualizar—, lo que hizo fue lanzarse sobre la pobre modelo que huía espantada del atelier al mismo tiempo que su amigo Greiner llegaba al mismo. El sentimiento contenido de Hitler no acabó allí, sino que la persiguió por Viena incluso después de que la misma se comprometiera con un joven de sangre judía, factor que aumentó el odio que sentía por el pueblo judío. Adolf llegó a aparecerse en la iglesia donde se estaba realizando el casamiento entre su amada y el joven judío e intentó interrumpirlo a los gritos y gesticulando, de modo que la policía debió ingresar y desalojarlo a la fuerza para que el casamiento pudiera continuar. Quizás esta marca que dejó en el ánimo de Hitler la frustración de su amor con la modelo fue lo que años más tarde lo llevó a tener como pareja a Eva Braun, cuya profesión también era modelo.

Salvo este hecho con la modelo, hasta bien avanzados los años veinte no se le conocen amoríos previos a la irrupción, determinante también en su vida, de su sobrina Angela (Geli) Raubal. Adolf le llegó a decir a su amigo Greiner, uno de los pocos amigos (si se lo puede llamar así) que hizo en su infancia y juventud, y quien estaba sumamente intrigado por su falta de interés por las mujeres tras el asunto de la modelo, que "lucía demasiado tuberculoso como para atraer mujeres u hombres", lo que abre ciertas dudas —pero no más que eso— acerca de una ambivalencia sexual, pero ningún indicio existe de que tuviera tendencias homosexuales. En realidad, hasta 1934 toleraría sin problemas las actividades homosexuales de Ernst Roehm, uno de sus lugartenientes, y de algunos de los jefes de una de sus "fuerzas parapoliciales", las SD. Pero tras la purga de Roehm de su movimiento nazi, el odio de Hitler por los homosexuales se equipararía con el que sentía por los judíos: los mandaba rutinariamente a campos de concentración con la marca de un triángulo rosa en la espalda.

La segunda —y última— mujer que atraería poderosamente a Hitler fue, como dijimos, Geli Raubal, cuando su carrera política ya estaba avanzada, pero aún muy lejos de alcanzar el poder en Alemania. El futuro gobernante se convirtió en pareja inseparable de su sobrina, repitiendo, quizá sin saberlo, la historia de su propio padre con su madre, de la que había sido tutor. Pero Geli, una bella muchacha, al cabo de un tiempo comenzó a sentir una profunda repulsión por su tío, que según Merle y Saussure, se debía a algunas prácticas sexuales que la joven desaprobaba, pero jamás se pudo conocer si se trataban de alguna perversión o de algo sin importancia. Sea lo que haya sido, esto le causó un grave problema a Hitler, dado que la situación llegó a un punto de tirantez tal que Geli deseaba escapar de la casa y éste comenzó a encerrarla con frecuencia. Un día, según también le confesó Otto Strasser a Gilbert poco antes de recorrer el mismo camino que Hans Frank hacia la horca, su hermano Gregor le comentó que Hitler, en un momento de desesperación, le confesó que había matado a Geli en un arranque de furia con su pistola. Luego intentó suicidarse, cosa que Strasser tuvo que impedir en forma personal, porque estaba fuera de sí por el crimen que había cometido. El asunto Geli Raubal había llegado en forma fragmentaria a la prensa alemana de la época. Hitler estaba lejos aún de ser canciller de Alemania y había poderosos intereses políticos (el presidente Hindenburg y los comunistas, entre otros) que se oponían de plano a su ascenso que, no obstante, se intuía en el crecimiento indiscutible que se verificaba en la cantidad de bancas obtenidas por su partido (NSDAP) en el Congreso (Reichstag) cada vez que había elecciones parlamentarias.

Lo cierto es que todos aquellos que estuvieron en contacto con la verdad del tema Geli Raubal fueron convenientemente asesinados en las purgas del NSDAP de 1934, incluido Gregor Strasser, el periodista Gehrlich (que había filtrado la información del asesinato a un diario) y quien le dio las pruebas irrefutables al Partido Nazi (una carta de Hitler sobre el tema) para que las destruyera: el padre Semple.

Sólo uno de los personajes que lo sabían permanecía vivo y era cada vez más poderoso: Hermann Goering, quien le confesó en Nüremberg a Gilbert poco antes de morir que Hitler se hizo vegetariano al día siguiente de la muerte de su sobrina Geli, que para la justicia alemana quedó siempre como un suicidio efectuado con su pistola. Es lo único que Goering admitía del "asunto Geli" fuera de la verdad oficial, pero Gilbert se dio cuenta de que mentía porque habría sido precisamente él quien ayudó a Hitler a disfrazar la escena del crimen para que todo aparentara un suicidio. El psicólogo descubrió la mentira de Goering por una causa muy sencilla: admitió haber llegado a la casa donde vivía Geli a los pocos momentos de su muerte. Fue la primera persona que llegó a la escena del crimen, y si llegó allí no fue por casualidad sino porque lo había llamado el propio Hitler. Este hecho haría pensar que existía una especie de pacto secreto entre los dos, que Gilbert entrevió. Lo cierto es que Hitler no se desprendería jamás de Goering, quien alcanzaría a ser el máximo jefe de la Fuerza Aérea Alemana (Luftwaffe), y según muchos también uno de los principales responsables de que Alemania no ganara la Segunda Guerra Mundial, dado que habría sido la incompetencia de Goering la que habría impedido dar el paso que le faltó a Hitler para liquidar la confrontación antes de que la misma "recomenzara" con la invasión a la Unión Soviética. A Hitler sólo le faltó invadir Inglaterra, y en esa tarea la Fuerza Aérea era una pieza fundamental que aparentemente no estuvo a la altura de las necesidades, debido, entre otras causas, a Goering.

En síntesis, la vida privada de Adolfo Hitler tuvo una enorme influencia en su actividad política. La falta de libido que experimentaría por las mujeres tras la frustración con la modelo y la muerte de su sobrina Geli en 1931, y su falta de deseo sexual, según Merle y Saussure, acentuaron la carga libidinal que puso en su actividad política y militar, que llegó a límites febriles, a puntos que el mundo entero conoce muy bien. Pero, al mismo tiempo, su vida privada estuvo determinada por su infancia, y la misma por su posible origen judío. Si en realidad su origen paterno se remonta al clan Rothschild o al clan Frankenberger, podemos decir que en realidad desconocemos, casi seguro, la verdadera historia de su vertiginoso ascenso y su accionar, dado que todo a su alrededor bien podría implicar otra suerte de consideraciones, causas y consecuencias en las que no nos extenderemos aquí, pero que, repetimos, pueden llevar a tener que cambiar toda la historia, y no sólo la de Hitler.

Sólo aparentemente no relacionados con esto, hay, al menos cuatro "detalles" de la vida de Hitler que merecen una consideración especial. Hitler nace a la vida política pública a raíz del llamado "putsch" de Munich, cuando en 1923, desde una cervecería y en forma totalmente descabellada, intenta dar un golpe de Estado que termina con él y varios de sus compañeros en la prisión de Landsberg. En ese ridículo "putsch" del cual era líder participó nada menos que el mariscal Ludendorf, quien en la Primera Guerra Mundial había sido máximo comandante de las tropas nacionales y héroe de guerra junto a Hindenburg. Hitler en cambio apenas había llegado al rango de cabo. ¿Cómo es que en sólo 4 años Ludendorff se puso a las órdenes de Hitler, quien militaba en un minúsculo partido político, para realizar un acto que en la historia mundial es calificado de grotesco? Un verdadero misterio, pero que muestra a las claras que hay una buena parte de la historia que desconocemos.

El segundo "detalle" que la historia oficial también nombra, pero no se detiene a explicar en lo más mínimo, es por qué Hitler odiaba profundamente sobre todo a dos grupos: los judíos y los bolcheviques, como si fueran la misma cosa. En la historia oficial —la de Kershaw, por ejemplo, y en la anterior "historia oficial", la de William Shirer— no queda clara la causa, ni lo que intenta ocultarse tras esa identificación entre ambos grupos. Pero ahora se sabe que Hitler sabía de un hecho muy poco conocido: que más del 90% de la dirigencia bolchevique que lideró en Moscú y San Petersburgo la Revolución de 1917 era de sangre judía, y muy poco tenía que ver con la generalidad del pueblo ruso. Las excepciones, sólo relativas, eran Lenin y Stalin. Y decimos relativas porque Lenin era un verdadero crisol de razas. Al igual que Hitler, uno de sus abuelos era judío. En el caso de Stalin, en cambio, habiendo nacido en la caucásica república de Georgia, provenía de una familia que aunque no era judía, se apellidaba Djugashvilli, que significaría en georgiano nada menos que "hijo de judío" (el equivalente del inglés Jewison) lo que quizá puede indicar un origen, o no. Por estas cuestiones, que Hitler conocía y ahora nosotros conocemos, el dictador nazi, en su furia racista, identificaba como uno solo a ambos grupos. Obviamente, que el hecho tenga una explicación no significa en modo alguno que tenga justificación alguna.

El tercer "detalle" es un hecho curioso y aún inexplicado, si bien se pueden tejer varias conjeturas alrededor de éste. Hacia fines de 1940 Hitler tenía casi ganada la Segunda Guerra Mundial porque su único enemigo era Gran Bretaña. Todavía estaba vigente el tratado de paz con la Unión Soviética, y hasta le ofrecería a Stalin formar parte del Eje. Por lo tanto, cabe preguntarse por qué dejó partir desde Dunquerque 335.000 tropas británicas intactas que estaban estacionadas en Europa Occidental una vez que se hizo con el control de los Países Bajos y Francia. A esa altura, Gran Bretaña era su único "enemigo real vivo", y masacrar esas tropas que estaban al alcance de la mano hubiera sido muy fácil. Pero sorprendentemente las mismas pudieron partir sin acoso alguno ¿Por qué ayudaría Hitler a su enemigo? ¿Fue acaso un gesto de "buena voluntad" como presumen los pocos historiadores que realmente se ocupan del caso?

Finalmente, en cuanto al cuarto "detalle", diremos que Hitler era un fanático de los oráculos y que todo el Partido Nazi era adicto al ocultismo. A manera de ilustración, recordemos que el Partido Nazi contrató a Otto Rahn para que encontrara el Santo Grial en el sur de Francia. El propio Hitler parecía estar en ocasiones obsesionado por encontrar la "Lanza de Longinus", y en un verdadero extremo, Heinrich Himmler llegó a enviar una expedición de las SS a la zona del monte Himalaya en busca del yeti, por su supuesta relación con la raza aria. Como se ve, el grado de superstición era enorme en el entorno de Hitler, quien creía fervorosamente en todas esas cuestiones anecdóticas, al punto que el mismo tuvo varios oráculos. Uno de ellos, Eric Hanussen, tuvo especial influencia en predestinarle un rol mesiánico para Alemania. Lo convenció de eso entre 1930 y 1933. Hitler y Hanussen —famoso en aquellos años— se entrevistaron a solas una docena de veces en tres años. En 1932 Hanussen pronosticó que en solo un año Hitler llegaría al máximo cargo de Alemania: canciller. Entonces ello parecía completamente imposible, pero ocurrió con precisión milimétrica en el exacto momento que Hanussen predijo. Ahora bien, algo muy curioso sucedió en 1933. Hanussen dirigía un pequeño periódico y en el mismo pronosticó que el Reichstag (Parlamento) sería incendiado al día siguiente, cosa que en realidad también ocurrió, y que en la historia oficial figura como un autoatentado que Hitler realizó para culpar a los comunistas y acabar con la democracia. La gran pregunta permanece sin resolverse y es: ¿Cómo sabía Hanussen que ello ocurriría? Obviamente, no "veía el futuro", así que alguien se lo dijo. Puede ser cierto que el incendio del Reichstag fuera un autoatentado, cosa muy probable, pero lo único seguro es que no fue cometido por quienes fueron acusados: el Partido Comunista y sus agitadores. Por lo tanto, hay que especular que Hanussen obtuvo la información de alguien muy cercano a Hitler o a quienes planificaron el atentado directamente. Pero en tal caso, habría que ver hasta qué punto Hanussen vaticinaba lo que un pequeño núcleo secreto de gente le indicaba que le vaticinara. El punto es muy importante, porque Hitler estaba muy influenciado por el rol mesiánico que le pronosticaba Hanussen, lo que significaría, en última instancia, algo que a primera vista no puede pensarse cuando se lee o se ven películas, series o documentales en cine o televisión: que Hitler fue en cierta medida, al menos, manipulado, y que Hanussen fue utilizado con ese fin. Lo cierto es que en este tema estamos muy lejos de saber la verdad, dado que Hanussen fue asesinado en ese mismo año de 1933 por partidarios nazis. Si Hitler ordenó o no su muerte, no se sabe. Lo único que se sabe con certeza es que Hanussen era judío. ¿Cómo Hitler, que mandaba a investigar hasta a los abuelos de los alemanes para detectar sangre judía y catalogar como tales a quienes tuvieran un solo ancestro de esa sangre —al punto de convertir esa práctica en ley de Estado—, lo escuchaba, y se dejaba influir por él? Es un gran misterio. Pero recordemos que el propio "gran misterio" en torno de Hitler es su presunto origen judío, y su parentesco con los Rothschild o los Frankenberger. Lo único que estamos en condiciones de afirmar es que, aunque el mundo entero lo padeció, en el mejor de los casos Adolf Hitler fue y es, hasta el momento, un personaje desconocido.

Diseño sin título

Nadie Vio Matrix (PDF)

Exégesis Diario

Redacción de Exégesis Diario

Te puede interesar